El evangelio prohibido de Eliav (Los manuscritos prohibidos 1) CAPÍTULO 19 · La coartada del pastor
59%

CAPÍTULO 19 · La coartada del pastor

La coartada del pastor

—No te pido que mientas —dijo Amor—. Te pido que matices. Hay un abismo entre las dos cosas, y un hombre de tu inteligencia debería saber verlo.

Septiembre había entrado sin rebajar el calor ni un grado.

En el despacho encalado, el padre Amor servía café de una cafetera italiana que cuidaba con un esmero de viudo, y Rafael notaba, con una lucidez nueva y dolorosa, que cada gesto de cortesía de su maestro —la taza tendida con las dos manos, el azúcar ofrecido, la silla acercada— era ahora el envoltorio cálido de una petición fría.

—Matizar —repitió Rafael, dejando la taza sin tocar—. Explíqueme cómo se matiza un texto que dice exactamente lo que dice.

—Se contextualiza, que no es lo mismo que se tergiversa.

—Amor se sirvió el suyo y lo removió despacio—.

Tú lo sabes mejor que yo, me lo enseñaste tú a mí casi: un testimonio único no es un consenso.

¿Qué tenemos, en rigor, con el método en la mano y el corazón a un lado?

Tenemos un autor, Eliav, del que no sabemos absolutamente nada salvo lo que él dice de sí mismo, que podría ser todo cierto o todo inventado.

Un hombre que confiesa él mismo que escribe de memoria, décadas después de los hechos, y que reconoce, con sus propias palabras, que la memoria con los años «miente más».

Un testigo periférico, no uno de los Doce, por su propia boca: uno de los muchos, el de atrás.

¿Y vamos a permitir que un solo rollo, de un solo hombre del montón, contra cuatro evangelios canónicos y veinte siglos de tradición y de santos y de mártires, dicte el titular de los periódicos del mundo?

¿Eso es rigor, Rafael, o es la borrachera del que ha encontrado un tesoro y quiere que sea todavía más grande de lo que es?

—No es contra los evangelios —dijo Rafael—. Es anterior a los evangelios. Y usted lo sabe. Esa es justo la cuestión, y por eso le quita el sueño igual que a mí.

—Esa es justo la cuestión que la gente sencilla no va a saber sostener.

—Amor se sentó por fin, frente a él, y por un momento pareció mucho más viejo de lo que era, vencido hacia delante—.

Anterior. Tú dices anterior y oyes «más auténtico».

Pero la gente, ahí fuera, oirá «el verdadero», y dirá: nos han mentido.

Nos han mentido durante dos mil años. Y a partir de ahí ya no escucharán matices, ni dataciones, ni la diferencia entre lo que un testigo no menciona y lo que un testigo niega.

—Se inclinó sobre la mesa—. Rafael, llevo cuarenta años con estos textos.

Cuarenta. He leído todo lo que tú has leído y mucho de lo que aún no has tenido tiempo de leer.

¿De verdad crees que no sé lo que tenemos entre manos?

Lo sé mejor que tú, porque hace cuarenta años que convivo con la sospecha de que algo así podía aparecer cualquier día.

Y precisamente porque lo sé, te digo una cosa que tú aún eres demasiado joven para creer: hay verdades que corroen más de lo que liberan.

Hizo una pausa, y lo que dijo después lo dijo despacio, eligiendo cada palabra, porque sabía que era su mejor golpe.

—Imagina a una mujer de tu pueblo. Una de esas que tú conoces, que yo conozco.

Ha enterrado a un hijo. Lo único que la sostiene, lo único que le permite levantarse cada mañana y seguir viviendo, es la certeza absoluta de que volverá a verlo, de que su hijo resucitó con Cristo y ella resucitará con su hijo.

Imagina que esa mujer abre un día el periódico y lee, en grandes titulares, que el cristiano más antiguo del mundo, el testigo más cercano a Jesús no creía en la resurrección.

¿Qué le has dado, Rafael? ¿Le has dado la verdad?

Le has quitado a su hijo por segunda vez.

Le has quitado lo único que le quedaba de él.

Dime, con la mano en el pecho: ¿eso es amor al prójimo, que es lo que ese rollo tanto predica, o es vanidad de filólogo disfrazada de honradez?

Era un golpe certero, y Amor sabía dónde pegaba, porque la mujer del ejemplo no era una abstracción: era la madre de Rafael, eran las viudas de negro de la iglesia de su pueblo, eran las manos gastadas que él había visto agarrarse al rosario en los entierros de su infancia.

Rafael se quedó callado, con la garganta cerrada, porque aquella imagen le dolía de verdad y porque la peor clase de argumento es el que es a la vez injusto y verdadero.

—La Iglesia —siguió Amor, ya muy suave, viendo que había hecho diana— es un vaso de barro que lleva dentro un bien inmenso.

El vaso es imperfecto, claro que lo es. Está amasado con victorias discutibles, con relatos que ganaron y relatos que perdieron, con concilios y con política y con todo lo turbio de lo humano, como todo lo que los hombres tocan.

Yo he dedicado la vida entera a estudiar el barro de ese vaso, sus grietas, sus remiendos, de qué arcilla está hecho.

Lo conozco mejor que nadie. Y precisamente por eso, porque sé que es de barro, no voy a ser yo quien lo estrelle contra el suelo para enseñarle a la gente que era de barro y no de oro.

El bien que lleva dentro es real, Rafael, aunque el vaso no lo sea.

Y yo elijo el bien. Cada día de mi vida elijo el bien por encima del barro.

Rafael lo miró largamente. Y lo peor, lo que lo dejaba sin defensa, era que veía en aquel hombre una sinceridad absoluta, sin un gramo de cinismo.

Amor no estaba defendiendo su carrera, ni su comodidad, ni un poder.

Amor creía, con toda su alma vieja y cansada, cada palabra de lo que decía.

Y eso lo hacía infinitamente más difícil de combatir que cualquier villano, porque a un villano se le desenmascara, y a un hombre bueno que se equivoca solo se le puede desobedecer, que duele mucho más.

—¿Y la verdad? —preguntó Rafael, en voz muy baja, casi sin voz—. La verdad sin más, la del texto, la de Eliav, que también es un prójimo y que escribió justamente para que no se la borraran. ¿Esa no cuenta?

—La verdad es de Dios —dijo Amor, y apuró su café—.

El daño es nuestro. Yo prefiero, el día que comparezca, responder ante Dios por haber callado una verdad suya que ante esa madre por haberle robado su esperanza.

Tú, hoy, crees que la verdad y el bien son siempre la misma cosa, que van siempre de la mano.

Es una creencia hermosa. Es una creencia de hombre que aún no ha tenido que elegir.

—Se levantó, dando por terminada la audiencia—.

Piénsalo. Y mientras lo piensas, recuerda lo que te pedí: nada sale de esta casa sin pasar por mí.

Roma quiere una propuesta de cómo gestionar esto antes de fin de mes.

Voy a redactarla contigo o sin ti, pero preferiría, de corazón, que fuera contigo.

Que no tuviéramos que estar en bandos distintos tú y yo. Eso sí que me partiría.

Rafael salió al sol blanco de mediodía con la sensación exacta, y nueva, de haber sido querido y manejado a la vez por las mismas manos, las mismas que años atrás le habían abierto todas las puertas, y de no saber ya, por primera vez en su vida, dónde terminaba en aquel hombre el amor y dónde empezaba el cálculo.

Sospechó, con tristeza, que ni el propio Amor lo sabía.

Que llevaban tanto tiempo trenzados que ya no se podían separar.