CAPÍTULO 18 · El bando que perdió
El bando que perdió
El giro no le llegó a Rafael como una revelación, con relámpago y voz del cielo, sino como una suma, que es como llegan las verdades a los hombres de método.
La había ido reuniendo pieza a pieza durante semanas, negándose con todas sus fuerzas a colocar la última, dejándola aparte sobre la mesa como se deja una carta que uno sabe que trae una mala noticia.
Hasta que una madrugada de finales de agosto, agotado, sin defensas, la colocó. Y ya no pudo descolocarla nunca más.
Estaba traduciendo el pasaje en que Eliav, interrumpiendo su relato, explicaba por fin por qué escribía.
Y lo que escribía el galileo era esto: que el movimiento se estaba fracturando, que corrían ya copias de cartas de un tal Pablo, un fariseo de Tarso «que nunca lo conoció, que nunca pisó Galilea con él», y que en esas cartas el maestro que Eliav había visto comer lentejas y bendecir el pan a la manera de su pueblo se había convertido en otra cosa, en algo extraño: en un redentor venido del cielo, en una sangre que lavaba los pecados del mundo entero, en un Cristo que abría la salvación a pueblos que jamás habían oído hablar de la Ley de Moisés.
Eliav escribía contra eso.
Mojaba la caña y escribía, viejo y temblando, para dejar constancia del Jesús de antes frente al Cristo que según él estaban construyendo encima, como quien rescata un nombre verdadero de debajo de una estatua de oro.
Y entonces Rafael lo entendió del todo, y el entendimiento le entró en el cuerpo como entra el agua fría en un pulmón: de golpe, sin aire, con pánico.
No tenía entre las manos un evangelio más, un quinto evangelio para sumar a los cuatro. Tenía la voz del bando que perdió.
Porque había habido, en aquel primer siglo, una guerra. No de espadas: de relatos, que son las que de verdad deciden quiénes seremos los que vengamos después.
De un lado, Jerusalén: el hermano Santiago, la madre, los que lo habían conocido en carne y hueso, los que siguieron siendo judíos y observando la Ley, convencidos de que aquel hombre había sido un maestro del Reino enviado a Israel y para Israel.
Del otro lado, lejos, en las ciudades griegas, la diáspora, los conversos venidos del paganismo, y por encima de todos Pablo, el que nunca lo trató personalmente, construyendo un Cristo universal, muerto por los pecados, resucitado y glorioso, que borraba la diferencia entre el judío y el griego y franqueaba la salvación a cualquiera sin pasar por la circuncisión ni por la mesa kosher ni por nada de lo que aquel Jesús de Galilea había considerado sagrado toda su vida.
Y ganó Pablo.
Ganó tan rotunda, tan completa, tan definitivamente, que dos mil años más tarde un cura de un pueblo de Salamanca se levantaba cada mañana a celebrar la victoria de Pablo creyendo que celebraba el cristianismo entero, el único, el de siempre, sin sospechar siquiera que debajo había habido otra cosa, anterior, distinta, que el vencedor había recubierto pacientemente de oro y de dogma y de concilios hasta hacerla desaparecer del todo.
El rollo de Eliav era esa cosa de debajo. Era la Jerusalén derrotada tomando la palabra con dos mil años de retraso, desde una tinaja sellada con brea.
Era el hermano, no el converso.
Era el testigo de a pie al que la historia oficial de los vencedores había tachado de la lista, exactamente con la misma tinta y por la misma razón con que había tachado a María de Magdala: porque su testimonio estorbaba al relato que ganó.
Rafael se levantó de la silla despacio, como un anciano.
El cuarto del fondo, su scriptorium, el lugar donde había sido tan feliz unas semanas atrás, le pareció de pronto el sitio más peligroso de la tierra.
Lo que había deseado con toda su alma —que la evidencia, la prueba dura, la roca, confirmara por fin su fe— se le había concedido, sí, pero al revés, con la crueldad puntual con que se cumplen los deseos en las tragedias griegas, donde el oráculo siempre dice verdad y siempre engaña.
La evidencia había hablado.
Y lo que había dicho era que la fe de Rafael estaba edificada, piedra sobre piedra, sobre la voz que había enterrado a esta otra voz. Que era hijo del vencedor. Que cada misa suya era, sin él saberlo, una pequeña celebración del olvido de Eliav.
Salió al porche en plena noche.
Tamar no estaba; era tarde hasta para ella.
Estaba solo bajo el cielo del desierto, esos miles de estrellas que a Eliav le parecieron de Dios y a Tamar le parecían de nadie y a él, aquella noche, le parecieron simplemente indiferentes, frías, ocupadas en sus órbitas, sin opinión sobre los hombres que se rompen debajo.
Se quedó allí casi una hora. No rezó. No supo a quién habría rezado.
***
En el rollo, aquella misma noche, la línea antigua doblaba también su camino.
Porque Rafael, antes de levantarse, había alcanzado a traducir las primeras líneas de un pasaje nuevo, y eran estas: que un día, terminada la siega, el maestro reunió a los suyos y les dijo que subían a Jerusalén.
A Jerusalén, dijo Eliav, y lo escribió con un temblor que se notaba hasta en el trazo, porque subir a Jerusalén para la fiesta era lo natural y lo piadoso, pero subir así, con aquella cara, con aquel silencio, era otra cosa.
«Nos lo dijo y a mí se me cerró el estómago», había escrito el galileo, «porque Galilea era nuestra y allí lo querían, y Jerusalén era de los otros, de los del Templo, de los que ya mandaban a oírlo para perderlo.
Subir a Jerusalén era meternos en la boca del lobo, y él lo sabía, y subió el primero, delante de todos, sin volver la cara, como el que ya ha decidido que va a pasar lo que tiene que pasar. »
Ahí cortaba la columna.
El viraje estaba dado.
La historia, en las dos orillas del tiempo, había empezado a bajar hacia su final.
***
A la mañana siguiente, el equipo de la Autoridad confirmó lo inevitable: un fragmento de los informes de datación se había filtrado a una revista científica, con fecha, con laboratorio, con un titular prudente que cualquiera del gremio sabría leer.
El secreto se había roto del todo, ya sin remedio.
El mundo sabía ahora que en Qumrán había aparecido algo muy antiguo y anómalo, y pronto querría saber qué, y la maquinaria entera —Roma, la academia internacional, la Autoridad de Antigüedades, los periodistas, los creyentes, los enemigos de los creyentes, los vendedores de certezas de toda especie— se puso en marcha, no para disputarse el rollo, que al fin y al cabo era una piel vieja, sino para disputarse algo mucho más valioso: el derecho a contar qué decía.
Rafael, que aquella mañana no pudo decir misa —y era la primera vez en nueve años que un día amanecía sin que él subiera al altar, y lo notó como se nota la falta de un diente con la lengua—, comprendió que la pregunta había cambiado de forma.
Ya no era si terminaría de traducir el manuscrito; lo terminaría, no sabía hacer otra cosa, era lo único que era.
La pregunta, ahora, la única que importaba, era qué quedaría de él cuando lo hiciera.