El evangelio prohibido de Eliav (Los manuscritos prohibidos 1) CAPÍTULO 17 · Se filtra
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CAPÍTULO 17 · Se filtra

Se filtra

La primera señal de que el secreto se había roto llegó por correo electrónico, lo cual, a Rafael, en su agotamiento, le pareció una profanación menor pero real: que algo guardado durante dos mil años en una tinaja de brea y descubierto en el silencio absoluto del desierto empezara a deshacerse por culpa de unos cuantos bytes viajando por un cable.

Era un mensaje de un colega de la Universidad Hebrea, un epigrafista con el que Rafael había coincidido en un congreso en Viena y al que apenas conocía.

El tono era casual, demasiado casual, esa clase de naturalidad estudiada que delata lo contrario de lo que finge: «Querido Rafael, espero que el desierto te trate bien.

Por cierto, corre el rumor de que en tu excavación ha salido algo interesante en arameo.

¿Hay algo de cierto? Pregunto por pura curiosidad. »

Rafael leyó la última frase tres veces.

Nadie pregunta por pura curiosidad en aquel gremio.

Las preguntas por curiosidad son sondas, tanteos, anzuelos con cebo de cortesía.

Alguien había hablado.

Y alguien había escuchado lo bastante para saber que merecía la pena tirar del hilo.

No contestó.

Pero la membrana, una vez rasgada, no se cierra.

Esa misma semana llegaron dos correos más.

Uno, de la editora de una revista de Cambridge, ofreciéndose con mucha elegancia a «acompañar el proceso de publicación cuando llegue el momento», como el buitre que sobrevuela educadamente.

Otro, sin el menor preámbulo, de un periodista que escribía para el suplemento dominical de un diario y que proponía sin rodeos «una conversación en exclusiva sobre lo que están encontrando ahí abajo».

El desierto, que parecía el lugar más aislado del planeta, resultó tener tantas fugas como una cañería vieja: por la junta del laboratorio, por el becario que escribió a su novia, por el funcionario que lo comentó en una comida.

Daba igual por dónde.

El agua, una vez encuentra una grieta, ya no deja de buscar salida.

Amor lo convocó en su despacho.

Aquel cuarto encalado que Rafael conocía de memoria —el crucifijo de madera oscura, la fotografía amarilleando de un Papa ya muerto, la estantería de comentarios bíblicos en cinco lenguas ordenados por el viejo con una pulcritud de relojero— le pareció de pronto distinto, más cerrado, y tardó un momento en entender que lo distinto no era el cuarto, era la cara de su maestro.

La curiosidad afilada de las primeras semanas se había transformado en otra cosa. En vigilancia.

—Me ha llamado Roma —dijo Amor, sin rodeos, en cuanto Rafael cerró la puerta—.

No la Congregación, no por el cauce oficial.

Más arriba y más informal a la vez, que es siempre peor, porque lo que no se escribe no se puede luego desmentir.

Hay interés. Hay, sobre todo, preocupación.

Quieren saber qué tenemos exactamente. Y quieren saberlo ellos antes de que lo sepa nadie más.

—Lo que tenemos —dijo Rafael, y oyó la terquedad en su propia voz— es el testimonio cristiano más antiguo del mundo. Un testigo ocular. La voz de antes.

—Lo que tenemos —corrigió Amor, y la voz que usó ya no era la del erudito que discute, sino la del pastor que decide, una voz más grave— es un texto que, mal entendido por la gente que no tiene tu formación para encajarlo, puede hacer mucho daño.

Mucho daño a mucha gente sencilla y buena, Rafael, gente que reza con lo que tiene y que no necesita que un filólogo le desmonte el consuelo.

Y mal traducido, mal divulgado, en manos de un periodista con prisa o de un enemigo de la Iglesia con ganas, haría todavía más.

Por eso voy a pedirte una cosa, y te la pido como director y como algo más que director.

—Dígame.

—Que a partir de hoy todo lo que traduzcas pase por mí antes de salir de esta casa.

Todo. Cada columna, cada borrador, cada nota.

No por desconfianza, que Dios me libre de desconfiar de ti.

Por prudencia, y porque la responsabilidad última es mía.

—Sonrió, y la sonrisa quiso ser cálida y le salió fatigada, vieja—.

Déjame cargar yo con el peso. Soy tu maestro. Para eso estoy.

Rafael dijo que sí, porque ¿cómo se le dice que no a quien te lo ha dado todo, y además te lo pide con cara de quererte? Pero salió del despacho con una incomodidad sin nombre clavada en algún sitio, y no le puso nombre hasta esa misma noche, traduciendo a solas.

Llegó a un pasaje en el que Eliav contaba cómo las autoridades habían empezado a mandar hombres a escuchar a Jesús, no para aprender de él, sino para cazarlo en una palabra que pudieran usar como acusación.

«Mandaban a oírlo a los que no querían oírlo», había escrito el galileo, «y el que escucha buscando una falta, siempre la encuentra, aunque tenga que fabricarla. »

Rafael se quedó mirando aquella frase, vertida al castellano con su propia letra, y sintió un frío que no venía del aire acondicionado de la sala.

Dos mil años separaban las dos escenas, y eran la misma.

A un lado del tiempo, los hombres del Templo mandados a vigilar a un predicador incómodo.

Al otro, un maestro de melena blanca pidiéndole, con todo el cariño del mundo, que dejara pasar por sus manos cada palabra antes de que viera la luz.

No quiso pensar más lo que estaba pensando.

Cerró el cuaderno.

***

Se lo contó a Tamar al día siguiente, en la sala de conservación, mientras ella catalogaba fragmentos con su frialdad de costumbre.

Y Tamar fue brutal, como solo ella sabía serlo, que era su forma particular del afecto: no te endulzo nada porque te respeto demasiado para mentirte.

—Bienvenido al mundo, padre. —Dejó las pinzas y apoyó las dos manos en la mesa de acero—.

Hasta ayer tenías un texto. Desde hoy tienes un problema.

Y conviene que aprendas rápido la diferencia, porque los textos los resuelve el que sabe leer, pero los problemas, en esta tierra y en todas, no los resuelve el que tiene razón.

Los resuelve el que tiene jurisdicción. —Se irguió y se cruzó de brazos—.

Tu maestro acaba de pedirte que todo pase por sus manos.

Roma quiere saberlo antes que nadie. ¿Y sabes qué tienen en común esas dos cosas?

Que ninguna de las dos habla de la verdad del rollo.

Hablan de quién lo controla. Has dejado de estar en un seminario, padre.

Estás en una pelea. —Bajó un poco la voz, y por un momento la dureza dejó pasar algo parecido a la advertencia de un amigo—.

Y por si lo habías olvidado en medio de tu romance con el arameo, la jurisdicción, la de verdad, la legal, la que pesa, no la tiene ni tu maestro ni su Roma.

La tiene mi gente. La Autoridad. La tengo yo.

Así que antes de que nadie decida en un despacho lejano el destino de mi rollo —y recalcó el «mi» sin que sonara del todo a broma—, tú y yo vamos a hablar mucho. Mucho. Empezando ahora.