CAPÍTULO 16 · La Ley y sus guardianes
La Ley y sus guardianes
· del rollo de Eliav ·
Quiero dejar bien escrito, porque es lo que más se va a torcer cuando yo falte, que él era de los nuestros.
Judío de Galilea, hijo de judíos, criado en la Ley y en los profetas, fiel a su modo a todo aquello.
No vino a romper con lo de sus padres.
Vino a discutir, dentro de casa, cómo se cumplía lo de sus padres.
Y eso, que parece poco, era el centro de todo, y es lo que ya empiezo a ver que los de fuera no entienden ni les conviene entender.
Guardaba el sábado, iba a la sinagoga el día de reposo, subía a las fiestas a Jerusalén como cualquier galileo piadoso, sabía la Ley y los profetas de memoria y los citaba con la soltura del que se ha criado con esas palabras en la boca.
Lo que hacía no era saltarse la Ley, sino discutir su sentido, y discutía como discuten entre sí los maestros de Israel, a voces, con citas, con réplicas afiladas, que entre nosotros discutir la Ley no es faltarle, es honrarla.
El que no discute la Ley es que no le importa.
Discutía sobre todo con los fariseos, y de esto tengo que escribir con cuidado, porque he oído ya cómo se cuenta y se cuenta mal.
Los fariseos no eran los malvados que algunos empiezan a pintar.
Eran gente seria, piadosa, de las más respetadas, hombres que se tomaban a Dios tan en serio que querían cumplir la Ley hasta en el último detalle, en la cocina, en el campo, en la cama, en cada hora del día.
Eso es respetable.
Eso es de admirar.
Si discutía tanto con ellos no era porque fueran sus enemigos, sino al revés: porque eran los más cercanos, los que jugaban su mismo juego, los que de verdad podían entenderlo.
Con los saduceos del Templo, ricos y arreglados con Roma, apenas hablaba; eran otro mundo.
Con los fariseos se peleaba como se pelea en familia, que es la peor de las peleas porque es entre los que se parecen.
¿Y de qué discutían?
De lo de siempre, de cómo ser fieles.
Del sábado, por ejemplo.
Un día sus discípulos, con hambre, arrancaron unas espigas al pasar por un sembrado en sábado, y los fariseos lo afearon: eso es trabajar, está prohibido.
Y él respondió que el sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado, que es de las cosas más hondas que le oí, y que daba para pensar un mes.
No decía: tirad el sábado.
Decía: acordaos de para qué es el sábado.
De la pureza discutían también.
Los fariseos cuidaban mucho de lavarse antes de comer, no por suciedad, por un sentido de limpieza ante Dios, y a él le reprochaban que sus discípulos comieran sin ese lavado.
Y él dijo aquello que escandalizó a más de uno: que no es lo que entra por la boca lo que mancha al hombre, sino lo que sale de dentro, del corazón, las maldades que uno trama.
No abolía la pureza; la metía para dentro, la hacía más difícil, porque es más fácil lavarse las manos que lavarse la intención.
Tenía razón muchas veces, y el que tiene razón delante del que no quiere oírla se gana un enemigo cada vez.
Así fue juntando enemigos, no de golpe, poco a poco, una discusión tras otra, un maestro humillado en público tras otro.
Y empezaron a vigilarlo.
Esto lo vi yo, y lo escribo porque luego pesó: empezaron a venir a oírlo hombres que no venían a aprender.
Se les notaba.
Se quedaban atrás, como yo, pero no con mi cara de querer entender, sino con otra, la del que toma nota para usarlo después.
Mandaban gente a escucharlo, no para seguirlo, sino para cazarlo, en una palabra, para tener con qué acusarlo el día que hiciera falta.
Venían de las sinagogas, y más adelante, decían, del propio Templo de Jerusalén, que ya había puesto el oído en aquel galileo que alborotaba a las multitudes.
Y queda una cosa que tengo que dejar clara sobre a quién mandó y a quién no, porque también esto lo están cambiando.
Su misión era para Israel.
Para los nuestros.
Cuando mandó a los suyos de dos en dos por las aldeas a anunciar que el Reino estaba cerca, les dijo que no fueran por camino de gentiles ni entraran en ciudad de samaritanos, sino que fueran a las ovejas perdidas de la casa de Israel.
A los de casa.
No anduvo predicando a los romanos ni a los griegos ni montó misión para los pueblos de fuera; eso ha llegado después, con otros, y es otra historia que no es la suya.
Lo vi una vez con una mujer extranjera, de la región de Tiro, una pagana que le vino detrás suplicando por una hija enferma.
Y al principio no le hizo caso, y cuando ella insistió le dijo una cosa dura, que no estaba bien quitarles el pan a los hijos para echárselo a los perrillos, queriendo decir que su pan era para Israel primero.
Y la mujer, que era lista y estaba desesperada, que es una mezcla temible, le respondió que también los perrillos comen las migajas que caen de la mesa de los hijos. Y a él le gustó la respuesta, se le iluminó la cara, y le concedió lo que pedía y alabó su fe.
Yo me quedé pensando en aquello mucho tiempo.
Porque vi las dos cosas a la vez: que su mesa era para Israel, los hijos, y que cuando un extranjero llamaba con fe, no cerraba la puerta, dejaba caer las migajas.
La puerta a los de fuera la dejó entornada, no abierta de par en par.
Abrirla de par en par, tirar la mesa entera y sentar a todos los pueblos como si fueran hijos, ha empezado a hacerlo después otro que nunca lo conoció.