El evangelio prohibido de Eliav (Los manuscritos prohibidos 1) CAPÍTULO 15 · El hermano que no creía
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CAPÍTULO 15 · El hermano que no creía

El hermano que no creía

· del rollo de Eliav ·

No todos los de su sangre lo seguían.

Lo escribo porque es importante, más importante de lo que parece, y porque sé que también esto lo van a maquillar los que vengan detrás, que ya están maquillando otras cosas.

Tenía hermanos.

Cuatro al menos que yo supiera, porque los oí nombrar más de una vez: Santiago, José, Judas y Simón.

Y tenía hermanas, dos por lo menos, cuyos nombres no retuve, y de eso me arrepiento ahora, viejo, porque he aprendido tarde que los nombres que uno no apunta son los primeros que el mundo borra, y a las mujeres se les borra el nombre con una facilidad que da vergüenza.

Era, pues, de una familia numerosa de artesanos de Nazaret, un pueblo pequeño y sin importancia de la Galilea de arriba, tan sin importancia que la gente se reía cuando se nombraba: ¿de Nazaret puede salir algo bueno?, decían.

De allí salió él.

Y de allí salieron también sus hermanos, que la mayor parte del tiempo que yo caminé detrás de él no estuvieron con nosotros, porque no creían en él.

Lo escribo así de claro porque es la verdad y porque la verdad aquí importa: los suyos, su propia familia, pensaban que se había extraviado.

Que andaba por los caminos de aldea en aldea diciendo cosas que avergonzaban a la familia, dejándose seguir por gentuza, comiendo con impuros, hablando de Dios como nadie de bien hablaba de Dios.

En el pueblo se murmuraba.

Y a una familia de artesanos que vive de que la respeten, que el hijo mayor ande de profeta callejero rodeado de publicanos y mujeres no le hacía ninguna gracia, le hacía daño, le quitaba clientes y honra.

Hubo un día que no he olvidado.

Estábamos en una casa, en Cafarnaúm creo, con tanta gente apretada dentro y en la puerta que no se podía ni comer, y él enseñaba.

Y llegó recado de fuera: tu madre y tus hermanos están ahí, te buscan, quieren hablarte.

Habían venido desde Nazaret, varias jornadas de camino, y según supe después no venían a escucharlo: venían a llevárselo a casa, a recogerlo, porque hasta el pueblo había llegado el rumor de que el hombre había perdido el juicio, y la familia quería meterlo en casa antes de que el escándalo fuera a más.

Estaban fuera, en el camino, sin poder entrar por el gentío, esperando que él saliera. Y mandaron el recado. Y todos nos volvimos a mirarlo, a ver qué hacía, porque a una madre no se la deja en el camino.

Y él no salió.

Miró a la gente que tenía sentada alrededor, a aquella chusma de pescadores y publicanos y mujeres y gente de nada como yo, y dijo: ¿quiénes son mi madre y mis hermanos?

Y respondió él mismo, señalándonos a los que estábamos allí sentados en el suelo: estos. El que hace la voluntad de Dios, ese es mi hermano, y mi hermana, y mi madre.

Y siguió enseñando.

No salió.

Yo lo oí y me dolió, lo confieso, me dolió por la mujer que esperaba fuera.

Salí un momento, con la disculpa de buscar agua, y la vi.

Estaba en el camino, un poco apartada, con sus hijos alrededor, la madre, esperando a un hijo que había decidido que su familia eran otros.

No lloraba.

Tenía la cara quieta de las mujeres que ya han llorado todo lo que tenían que llorar y guardan el resto para cuando nadie mira.

Me miró sin verme, como se mira a un desconocido, y finalmente se volvió hacia Nazaret con los suyos.

No me corresponde juzgar lo que él hizo aquel día.

Solo lo escribo.

Vi a una madre volverse sola por el camino.

Eso vi.

De los hermanos, el que se me quedó grabado fue Santiago, aunque entonces apenas crucé con él dos palabras.

Era el segundo, un hombre serio, de pocas risas, observante de la Ley hasta el escrúpulo, de los que cumplen cada precepto al detalle y rezan las horas y miran con desconfianza honda a quien estruja la Ley como la estrujaba su hermano.

Lo recuerdo otro día, de pie, apartado del grupo, con los brazos cruzados, escuchando a su hermano hablar del Reino y de los pájaros que no siembran y del padre que perdona al hijo manirroto.

Y la cara de Santiago no era de burla, no se reía como se reían otros.

Era de preocupación.

La cara exacta del hermano mayor —aunque fuera el menor de edad, era mayor de carácter— que ve al otro meterse en un lío del que sabe que no va a poder sacarlo, que ve venir la desgracia y no puede hacer nada porque el otro no escucha.

Lo miré y pensé: ese hombre quiere a su hermano y no lo entiende, y sufre por los dos.

Este Santiago, este hermano que durante la vida de su hermano no creyó en él, que lo tuvo por un extraviado, que vino a llevárselo a casa por loco... este mismo hombre, cuando mataron a su hermano, se puso al frente de los suyos en Jerusalén.

Él, el que no había creído.

Guardó la Ley con el mismo rigor de siempre, fue llamado el Justo por su santidad reconocida hasta por sus enemigos, y mantuvo viva la manera judía, la nuestra, la de Galilea, de entender todo aquello, frente a otros que empezaron pronto a entenderlo de maneras nuevas y extrañas, venidas de fuera, de lengua griega, de hombres que nunca lo habían visto comer.

El que no creyó en vida fue el que guardó la herencia después de la muerte.

Y el que la guardó como él la habría querido guardada, judía, fiel, de la casa.

Y luego estaba Cefas, al que también llamaban Pedro, que quiere decir la roca, aunque de roca tenía poco en aquellos días, más bien de oleaje.

Pescador del lago, grande de manos y de voz, el primero en hablar siempre y el primero en meter la pata, valiente y cobarde en la misma tarde, capaz de jurar que moriría por él y de negarlo tres veces antes de que cantara un gallo, como negó, que eso también lo sé.

Yo lo miraba y me veía a mí mismo puesto del revés, como en el reflejo del agua quieta: él actuaba sin pensar, yo pensaba sin actuar; él hablaba de más, yo callaba de más; él se metía en medio de todo, yo me quedaba en el rincón mirándolo todo.

Éramos los dos extremos de una misma cobardía y de un mismo amor, él por exceso y yo por defecto.

Lo querían todos, porque era imposible no quererlo, con el corazón a la vista y los arrepentimientos a gritos, llorando como un niño cuando se equivocaba, que era a menudo.

Después, me han contado, fue cabeza también del movimiento, y anduvo a vueltas con la gente de Santiago por quién mandaba y por qué camino se iba, si el de la Ley de siempre o el nuevo de los gentiles.

De esas peleas yo me marché antes de que estallaran del todo, harto y triste.

Pero las vi nacer.

Las vi nacer en las discusiones tontas del camino, en quién se sentaba a su derecha y quién a su izquierda, en la madre de dos de ellos que vino un día a pedir para sus hijos los primeros puestos del Reino como quien pide un buen sitio en una boda.

Las vi nacer cuando él todavía estaba vivo y caminaba delante de nosotros: ya nos disputábamos, a su espalda, la herencia de un hombre que aún no se había muerto.

Esa es, quizá, la cosa más triste que vi en aquellos meses, más triste que la madre en el camino.

Que empezamos a repartirnos lo suyo antes de perderlo.

Y él lo sabía.

Y nos miraba repartirnos, y callaba, con esa tristeza que le venía a los ojos cuando entendía algo que nosotros no.