CAPÍTULO 14 · La lista de lo que falta
La lista de lo que falta
La lista de Rafael tenía cuatro entradas, y cada una pesaba como una losa puesta sobre el pecho de un hombre.
La había escrito en una noche y había tardado semanas en atreverse a mirarla de frente, porque una cosa es anotar un dato y otra muy distinta dejar que el dato te mire a ti.
Cuatro líneas en un cuaderno barato, con su letra de filólogo apurado.
Cuatro ausencias.
Y el problema no era que faltara algo: en cualquier texto antiguo faltan cosas, hay lagunas, hay columnas perdidas, hay lo que el azar de la conservación se llevó.
El problema era qué faltaba.
Porque lo que faltaba no eran detalles.
Eran, exactamente, las cuatro vigas maestras del edificio sobre el que Rafael había construido su vida entera.
La primera entrada decía, sin más: no hay eucaristía.
En todo lo que llevaba traducido, en dieciséis columnas de relato y en las que había sondeado más adelante, aquel Jesús comía sin parar.
El manuscrito estaba lleno de comidas: comía con publicanos, comía con pecadores, daba de comer a multitudes en la ladera de un monte, partía el pan y lo bendecía a la manera de cualquier judío observante en cualquier mesa de Galilea.
Pero el gesto, el gesto fundador, no estaba.
No estaba la escena de una última cena en la que aquel hombre tomara el pan y dijera esto es mi cuerpo, ni tomara la copa y dijera esta es mi sangre, sangre del pacto nuevo, derramada por muchos.
No estaba.
No había aparecido aún.
Y Rafael había repetido ese gesto, con esas palabras exactas, cada mañana de los quince años que llevaba siendo sacerdote.
Lo comprendió del todo, no con la cabeza sino con el cuerpo, una madrugada en que se levantó a decir misa, como hacía siempre, en el rincón de la sala común que había habilitado con un mantel limpio y un crucifijo de viaje.
Estaba solo. Llegó al centro del rito, al corazón de todo, tomó el pan ácimo entre los dedos y empezó a pronunciar las palabras que había pronunciado miles de veces sin pensarlas, porque la costumbre las había gastado hasta volverlas automáticas: esto es mi cuerpo, que será entregado por vosotros. Y por primera vez en su vida las oyó.
Las oyó como las habría oído un filólogo que las encontrara en un texto: ¿de dónde salen estas palabras? ¿Quién las dijo primero, y cuándo, y en qué lengua?
Y la respuesta que le devolvió su propia erudición, fría, exacta, implacable, fue que las primeras veces que esas palabras aparecen por escrito no es en boca de ningún testigo de Galilea, sino en una carta griega de Pablo de Tarso a los corintios, escrita veinte años después de los hechos por un hombre que nunca se sentó a aquella mesa.
Le temblaron las manos.
Terminó la misa porque un sacerdote no deja una misa a medias, pero la terminó como un actor que ha olvidado de pronto que cree en su papel, diciendo el texto sin habitarlo, y al guardar el cáliz tenía la frente fría de sudor.
La segunda entrada decía: no hay cruz redentora.
Y Rafael fue el primero en ponerle pegas a su propia lista, porque el manuscrito no escondía la muerte: la veía venir.
Eliav contaba a un hombre que sabía que subir a Jerusalén era meterse en la boca del lobo y que subió el primero, delante de todos, sin volver la cara. Conciencia había. Coraje sobraba.
Lo que no había era teología.
Porque entre saber que te van a matar y morir por los pecados del mundo media exactamente la distancia entre un hombre y un dogma.
En las cartas de Pablo la muerte de Jesús es el centro del universo: murió por nuestros pecados, según las Escrituras; un sacrificio que rescata a la humanidad entera, una transacción entre el cielo y la tierra escrita con sangre.
En Eliav, la muerte que se acercaba era una desgracia que su maestro no quiso esquivar: la ejecución de un hombre bueno por los poderes de este mundo, padecida con los ojos abiertos.
Pero nadie en aquellas columnas decía que aquella sangre pagara nada, ni lavara nada, ni se derramara por nadie.
No un precio que se cobra el cielo. Una injusticia que se sufre en la tierra.
Entre las dos cosas no había matiz: había un abismo.
La tercera entrada decía: no hay gentiles.
La misión que el manuscrito describía iba a Israel, y solo a Israel.
A las aldeas judías de Galilea, a las sinagogas, a las ovejas perdidas de la casa de Israel.
No aparecía por ningún lado el programa universal, el id por todo el mundo y haced discípulos a todas las naciones, el evangelio ofrecido a los pueblos sin pedirles que se hicieran antes judíos, que sería la obra inmensa y revolucionaria de Pablo, la que sacó a aquel movimiento de una comarca perdida y lo lanzó a conquistar un imperio.
Aquel Jesús de Eliav era un judío que hablaba a judíos de cómo ser mejores judíos. Si abría alguna rendija a los de fuera, la abría como excepción y casi a regañadientes.
El cristianismo universal, el de Roma, el del pueblo de Salamanca donde Rafael había dicho su primera misa, no estaba de momento en aquella piel. Estaba en lo que vino después. Estaba en Pablo.
La cuarta entrada no se atrevió a escribirla entera.
Puso solo: ¿resurrección?
Con el signo de interrogación, que en su letra apretada parecía un anzuelo.
Había, anunciada en lo que había leído por encima, una mujer que iría a un sepulcro al amanecer.
Pero el tono de Eliav, su negativa terca a interpretar nada, su costumbre de pararse justo donde haría falta una explicación, le hacían temer —y temer era ya, para sus adentros, la palabra exacta— que el relato no fuera a desembocar en un ángel y un «no está aquí, ha resucitado» triunfal, sino en algo mucho más difícil.
No lo sabía aún. Pero lo temía, y el temor tenía forma de sepulcro.
Cuatro ausencias.
Y cuando las puso en fila y las miró juntas, Rafael, que era ante todo un hombre de método, vio con una claridad que le heló la sangre lo que tenían en común.
No eran cuatro huecos al azar.
Eran, una por una, las cuatro columnas sobre las que Pablo de Tarso había levantado el cristianismo: la eucaristía, la cruz que salva, la apertura a los gentiles, la resurrección como fundamento de la fe.
Los cuatro pilares.
Todo lo que sostenía el alzacuello que Rafael llevaba bajo la camisa, el altar donde celebraba, el credo que recitaba, el edificio entero.
Y ninguno de los cuatro aparecían de momento en el testigo más antiguo.
Estaban todos en el hombre que vino después y que nunca lo conoció.
***
Una noche, incapaz de seguir cargándola solo, le leyó la lista a Tamar en el porche.
Ella escuchó las cuatro entradas sin interrumpir. Y cuando Rafael terminó, no se sorprendió.
Si algo le confirmó que no estaba exagerando, que aquello no era el delirio de un filólogo agotado, fue que ella — la empírica, la que nunca se mojaba — no se sorprendiera lo más mínimo.
—Lo vi venir hace tres semanas —dijo, sin asomo de triunfo, casi con cuidado, como se le da una noticia a un enfermo—.
La tarde que me leías solo los pasajes bonitos.
Por eso te pedí que hicieras tú la lista, con tu letra, y no te la dije yo.
Hay cosas que, si te las dice otro, las discutes. Y si las escribes tú, ya no.
—Puede ser una casualidad de la conservación —dijo Rafael, y oyó lo débil que sonaba su propia voz—. Faltan columnas. Puede que la pasión cambie todo. Puede que…
—Puede. —Tamar no se lo discutió, que fue peor que si lo hubiera hecho—.
Tú eres el experto, no yo. Pero deja que te diga lo que ve una arqueóloga, que es lo único que sé hacer.
Cuando excavas un estrato y encuentras que falta, sistemáticamente, todo lo que caracteriza a una época posterior, la conclusión más sencilla no es que se haya perdido por casualidad justo eso.
La conclusión más sencilla es que ese estrato es anterior a esa época.
—Se volvió hacia él en la penumbra—. No tienes un evangelio que confirma el tuyo, padre.
Tienes un evangelio de antes del tuyo. De antes de que el tuyo existiera.
Y los dos por ahora no se parecen. Esa es la cosa.
No es que el rollo esté incompleto. Es que el tuyo es posterior.
Rafael no dijo nada.
No había nada que decir que no fuera rendirse o mentir, y no sabía hacer ninguna de las dos.
Fuera, el viento del desierto raspaba el cañizo del porche con la paciencia infinita con que el tiempo lo raspa todo, las rocas, las certezas, los hombres.
Pensó, sin querer pensarlo, en la frase que Tamar le había dicho semanas atrás, la noche en que decidió traducir: ¿lo quieres tal como es, o solo quieres que te confirme lo que ya decidiste querer? Había jurado que su fe no le tenía miedo a un hecho.
Ahora tenía cuatro hechos sobre la mesa, en su propia letra, y descubría con espanto que no sabía si su fe seguía en pie o si solo seguía en pie su costumbre de tenerla.
Aquella noche no rezó.
No fue que las palabras le salieran huecas, como otras veces. Fue que no las buscó.
Se quedó sentado en el catre, a oscuras, mirando la lista de cuatro líneas, hasta que el cuaderno se le borró en la mano.