El evangelio prohibido de Eliav (Los manuscritos prohibidos 1) CAPÍTULO 13 · Las mujeres del lago
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CAPÍTULO 13 · Las mujeres del lago

Las mujeres del lago

· del rollo de Eliav ·

Quiero escribir ahora de las mujeres, y quiero hacerlo despacio y con cuidado, porque me temo que las dejen fuera o las pongan de adorno, y yo las vi, y vi lo que hacían.

La que más recuerdo, y la que más me costó entender, es María, la de Magdala, el pueblo de las salazones en la orilla del lago, donde se salan los peces que luego comen en Jerusalén los que nunca han visto el lago.

La gente que no la conoció ha empezado ya a inventarla, que es lo que se hace siempre con los muertos y con los ausentes.

Hace poco oí a uno, uno que no estuvo, contar muy seguro que María había sido una mujer de la calle, una pecadora pública a la que él sacó de la vida mala y perdonó.

Me callé, porque ¿quién soy yo para corregir a los que hablan alto?

, pero lo escribo aquí, que es donde puedo: no fue eso lo que yo vi.

Eso es una confusión, o algo peor que una confusión, porque conviene. Conviene rebajar a una mujer fuerte convirtiéndola en una mujer perdonada; el favor que se le hace tapa el sitio que se le quita.

Lo que yo vi fue una mujer con bienes propios.

Tenía casa, tenía parte en una red de pesca y en el salado, tenía con qué, y era de las que sostenían al grupo con su dinero, porque conviene que alguien lo diga claro de una vez: un grupo de cincuenta personas que ha dejado sus oficios y anda por los caminos detrás de un maestro come todos los días, y el pan no cae del cielo por mucho Reino que se predique.

Lo pagaban ellas.

Varias mujeres con medios, y María a la cabeza, llevaban la bolsa común y decidían en qué se gastaba, y María llevaba esas cuentas con una cabeza que ya hubieran querido tener algunos de los Doce, que para los números eran un desastre y para la humildad, peor.

Era firme. Organizaba sin levantar la voz, que es la única manera de organizar que dura. Decidía dónde parábamos a dormir, cómo se repartía lo poco que había cuando había poco, a quién se atendía primero cuando llegaba un enfermo y una madre con un niño a la vez.

Y los hombres, que para todo lo demás eran muy hombres y andaban midiéndose entre ellos a ver quién mandaba más, en aquello le hacían caso sin rechistar, porque la experiencia les había enseñado, a base de equivocarse cuando no le hacían caso, que ella no se equivocaba casi nunca.

Mandar sin que parezca que mandas, que obedezcan los que creen que no obedecen a una mujer: eso hacía María, y lo hacía tan bien que ni ellos se daban cuenta.

Pero lo que de verdad me costó aceptar, y lo escribo porque es la pura verdad y porque ya que confieso, confieso entero, es que de todos nosotros ella era la que parecía entenderlo mejor a él.

No preguntaba las tonterías que preguntábamos los hombres, que si quién sería el primero en el Reino, que si habría tronos y a la derecha quién. Esas preguntas las hacíamos, y él nos miraba como se mira a un niño que no ha entendido nada del cuento y pregunta por el caballo.

Ella no. Ella se callaba y miraba, como yo me callaba y miraba, pero con una hondura que a mí me faltaba; yo registraba lo que veía, como un escriba, y ella parecía entenderlo, que es otra cosa y es más.

Una vez, una sola, le oí hacerle una pregunta, en voz baja, junto al fuego, y no diré aquí cuál fue porque no me corresponde a mí repetir lo que era de los dos; solo diré que él se quedó callado un rato largo antes de responderle, que es lo que se hace ante una buena pregunta y no ante una tonta.

Él la trataba con un respeto que en aquella tierra y en aquellos años no era cosa corriente, y lo digo sabiendo bien lo que digo y lo que arriesgo diciéndolo. No la mandaba callar cuando hablaba, como se manda callar a las mujeres. Le hablaba como se le habla a alguien que está a tu altura.

Dejaba que ellas caminaran con nosotros, que se sentaran a escuchar a los pies del maestro igual que se sentaban los hombres a aprender, lo cual, para algunos parecerá justo y para nosotros era casi un escándalo.

Pero —y esto también lo escribo, para no mentir tampoco por el lado bonito, que es el lado por el que más fácil se miente— no salió por las aldeas proclamando que hombres y mujeres eran lo mismo, que habría sido predicar en el desierto y que lo habrían apedreado antes de tiempo.

Caminaba por el borde mismo de lo permitido sin caerse fuera, como quien ensancha un sendero a fuerza de pisarlo, sin abrir una carretera.

Cuando todo terminó mal, y terminó del peor modo, los hombres huimos.

Lo escribo con la vergüenza pegada a la caña, porque es verdad: huimos, nos escondimos en cuartos cerrados con miedo de que llamaran a la puerta, y hubo quien negó tres veces, delante de una criada, haberlo conocido siquiera.

Ellas no huyeron. Ellas se quedaron. A una distancia prudente, porque más cerca las habrían echado los soldados a empujones, pero se quedaron, y vieron con los ojos abiertos lo que nosotros no tuvimos el valor de mirar, y fueron las primeras en volver cuando todo hubo pasado, cuando volver ya no servía para nada y solo lo hace el amor, que es el que va a los sitios donde ya no hay nada que ganar.

María, la de Magdala, fue la primera de todas.

Eso lo sé de cierto, no porque lo viera yo, que no lo vi, sino porque me lo contó ella misma, años después, una tarde, y lo que me contó es justo el sitio donde este relato mío se va a parar en seco más adelante, porque hay un punto al que llegué escribiendo y del que no pude pasar, y ya diré por qué cuando llegue, si es que llego.

De los que ahora mandan, de los que organizan y deciden y también de aquellos otros que envían cartas a las comunidades de lejos, ninguno la nombra.

He sabido que cuando hacen la lista de los que vieron, de los testigos que dan autoridad, ponen primero a Cefas, y después a los Doce, y después a otros muchos, hasta a quinientos de una vez, dicen.

Y a ella no la ponen.

La han dejado fuera de la lista, como si lo que ella vio no contara, como si su testimonio pesara menos por salir de boca de mujer. Y sin embargo, ella fue la primera en volver.

Yo no tengo poder para cambiar sus listas ni para enmendar sus cartas.

Pero tengo esta caña y esta piel, y aquí lo dejo escrito para quien algún día lo lea: la primera fue ella.

Que conste.

La primera fue ella.