CAPÍTULO 12 · Juan, el del río
Juan, el del río
· del rollo de Eliav ·
Antes del lago, hubo un río.
Y antes del maestro que yo seguí, hubo otro, y es de justicia que escriba de él, porque buena parte de los que caminábamos detrás del de Galilea habíamos pasado antes por las aguas del de Judea, y porque sin contar al del río no se entiende al del lago, ni se entiende lo que a los dos les hicieron.
Al del río lo llamaban Juan.
Yo no lo traté; cuando él bautizaba, yo todavía hacía cuentas en mi aldea sin saber que existía.
Pero lo conocí de oídas mucho antes de conocer al otro, porque su nombre corría por toda la tierra como corre el fuego por el rastrojo seco.
Vivía en el desierto, junto al Jordán, vestido con pelos de animal atados a la cintura, y comía lo que da el desierto, que es poco: langostas y miel silvestre, decían los que volvían de verlo, y lo decían con un respeto asustado, como se habla de los hombres que han renunciado a todo lo que los demás no sabemos renunciar.
Bautizaba.
Metía a la gente en el agua del río, los hundía y los sacaba, y aquello quería decir que salías limpio, no de la suciedad del cuerpo, sino de lo otro, de lo de dentro, y que empezabas de nuevo.
Llamaba a la gente a volverse, a enderezar la vida, a preparar el camino, porque algo grande estaba a punto de llegar.
Y no lo decía con dulzura.
Lo decía con una dureza que cortaba: que el hacha estaba ya puesta a la raíz de los árboles, que el árbol que no diera buen fruto sería cortado y echado al fuego, que no bastaba con ser hijos de Abrahán para librarse.
Hablaba de fuego, de juicio, de uno que venía detrás de él, más fuerte, al que no era digno ni de desatarle la sandalia, y que separaría el grano de la paja y quemaría la paja.
Era un hombre de fuego, el del río.
Iba a verlo gente de todas partes, de Jerusalén, de toda Judea, de la ribera entera.
Y no solo los piadosos.
Bajaban soldados, bajaban publicanos de los que cobraban impuestos, gente de mal vivir, todos a preguntarle lo mismo: ¿y nosotros qué hacemos?
Y a cada uno le respondía con cosas concretas, no con sermones: al que tenía dos túnicas, que diera una; al recaudador, que no cobrara más de lo justo; al soldado, que no abusara ni denunciara en falso y que se contentara con su paga.
Cosas pequeñas, de andar por casa, como las que diría después el otro.
En eso se parecían: los dos ponían el Reino en lo que haces con el de al lado, no en lo que rezas mirando al cielo.
Dos de los que luego fueron de los Doce habían sido antes discípulos suyos, gente de Juan que dejó a Juan para seguir al de Galilea, y por ellos supe muchas de estas cosas, junto al fuego, en las noches del camino.
Contaban que el propio maestro mío había bajado al río, al principio de todo, antes de Galilea, y que Juan lo había metido en el agua como a uno más.
Yo no lo vi; lo pongo como me lo contaron los que sí estaban, y ellos contaban cosas raras de aquel día, un cielo que se abría, una voz, una paloma, y yo no sé qué hay de visto y qué de añadido después, porque esas son justamente las cosas que la memoria agranda, y prefiero dejarlo en que se bautizó y callar lo que no me consta.
Lo que sí parece cierto es que, después de aquello, cada uno tiró por su camino.
Juan se quedó en su río con su fuego y su desierto; el otro subió a Galilea y se puso a comer con publicanos y a contar historias de sembradores.
Y la gente, que es maliciosa, lo notó y se rió de los dos a la vez: de Juan, que ni comía pan ni bebía vino, decían que estaba endemoniado de tanto ayuno; y del de Galilea, que comía y bebía con cualquiera, decían mirad, un comilón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores.
A uno por demasiado seco y al otro por demasiado húmedo.
Así es la gente.
No se desentendieron el uno del otro, sin embargo.
Cuando a Juan lo encerraron, mandó desde la cárcel a unos suyos a preguntarle al de Galilea una cosa que a mí me dejó pensando muchos días: si era él el que tenía que venir, o si había que esperar a otro.
Lo escribo porque dice mucho.
Ni siquiera Juan, el del fuego, el que lo había bautizado, estaba seguro.
También él dudaba, encerrado, esperando una espada que no tardó.
Si dudó Juan, ¿quién soy yo para no dudar?
Eso me consoló entonces y me consuela ahora.
Porque a Juan lo encerraron y luego lo mataron, y eso fue, creo yo, la primera sombra de muerte que cruzó sobre nosotros, aunque pocos la quisimos ver.
Lo encerró Herodes, el que mandaba en Galilea por gracia de Roma, un zorro que se hacía llamar rey sin serlo.
Lo encerró porque Juan le había echado en cara, a la cara, que se había tomado por mujer a la de su propio hermano, y a los que mandan no hay nada que les arda más que un hombre del desierto que les dice en voz alta lo que todos callan.
Lo tuvo preso en una fortaleza al otro lado del mar de sal, en lo alto de unos riscos, un sitio del que no se sale.
Y allí lo mató, y lo mató del modo más sucio, que por eso se contó tanto.
Así corrió la historia, y la pongo como corrió, sin jurar por ella: que en un banquete del rey, con vino y convidados, bailó una muchacha de la casa, y le gustó tanto al rey borracho que le juró darle lo que pidiera, hasta la mitad del reino.
Y la muchacha, aconsejada por su madre, que era la mujer ofendida por Juan, no pidió oro ni tierras.
Pidió la cabeza de Juan en una bandeja.
Y el rey, por no quedar mal delante de sus convidados, que es la razón más estúpida por la que ha muerto nunca un hombre justo, mandó cortarla.
Y trajeron la cabeza del que bautizaba en una fuente, como se trae un plato más, en mitad de la fiesta.
Así dicen que acabó el del río.
Por un baile, por un juramento de borracho, por no quedar mal
.
Cuando le llegó la noticia al de Galilea, lo vi cambiar.
No dijo gran cosa; nunca decía gran cosa de lo que le dolía de verdad.
Pero se apartó.
Cogió la barca y se fue solo a un lugar despoblado, y estuvo fuera, y volvió más callado.
Yo creo que aquel día entendió algo que los demás tardamos en entender, o que no quisimos entender hasta que ya no hubo más remedio: que al que dice en voz alta lo que los poderosos quieren callar, antes o después le preparan una bandeja.
Lo había visto con su pariente, con su precursor, con el del río.
Y siguió hablando igual.
Esa es la parte que no me cabe en la cabeza y que sin embargo vi: que supo lo que le costaba decir lo que decía, lo vio en la cabeza cortada de Juan, y no bajó la voz.
Por eso escribo de Juan antes de seguir.
Porque el río vino antes que el lago, y la cabeza de Juan en la bandeja vino antes que el madero, y el que quiera entender cómo terminó la historia que mire cómo había empezado, con un hombre de fuego degollado en una fiesta por decir la verdad a un rey.
La sombra ya estaba ahí, sobre el agua, desde el principio. Solo que el sol de Galilea, aquellos meses, era tan fuerte que casi no la dejaba ver.