El evangelio prohibido de Eliav (Los manuscritos prohibidos 1) CAPÍTULO 11 · Lo que no sé explicar
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CAPÍTULO 11 · Lo que no sé explicar

Lo que no sé explicar

· del rollo de Eliav ·

Sanaba.

Lo escribo así, sin adornarlo y sin quitarle nada, porque adornarlo y quitarlo serían las dos maneras de mentir, y yo me prometí no hacer ni una ni otra.

He oído a hombres instruidos, de los de la ciudad, decir que aquello no pudo ser.

Que la gente sencilla del campo ve lo que necesita ver.

Que un enfermo que se convence de que ha sanado anda mejor dos días por el ánimo y a la tercera recae.

No soy médico ni soy juez de estas cosas.

Soy solo el que estaba en el rincón, mirando, y lo que vi con estos ojos lo pongo, y el que venga después que lo explique como pueda o que lo deje sin explicar, como hago yo.

Había junto a nosotros, durante un tiempo, una mujer que llevaba doce años perdiendo sangre.

Doce años.

Quien no sea de los nuestros no entenderá lo que eso significaba: no era solo la enfermedad y la debilidad, era la impureza, la de no poder tocar a nadie sin mancharlo, la de quedar apartada de la mesa y del lecho y del Templo, doce años de ser, a los ojos de la Ley, un foco de contagio andante.

Había gastado en médicos cuanto tenía y estaba peor que al principio.

Aquel día había un gentío tremendo apretándose alrededor de él, y la mujer no se atrevió a pedirle nada de frente, porque pedir en voz alta habría sido confesar delante de todos su mal y su impureza.

Se acercó por detrás, entre la multitud, agachada, y le tocó solo el borde del manto, pensando, según contó después, que con tocar la orla le bastaría y nadie se enteraría.

Y se sintió curada de golpe, lo supo en el cuerpo. Y entonces pasó lo que no olvido: él se paró en seco, en medio del gentío que lo aplastaba, y preguntó quién lo había tocado.

Los que iban con él se rieron casi: maestro, te aprieta una multitud entera, ¿y preguntas quién te ha tocado?

Pero él seguía buscando con los ojos, no con enfado, con otra cosa.

Y la mujer, temblando, sabiéndose descubierta, se echó a sus pies y lo confesó todo delante de todo el mundo, que era justo lo que había querido evitar.

Yo esperé el reproche por haberlo tocado impura.

No llegó.

Le dijo «hija» —le dijo hija, a una desconocida— y le dijo que su fe la había salvado, y que se fuera en paz. No «yo te he salvado». Tu fe.

Y la dejó marchar erguida, mirada por primera vez en doce años como se mira a una persona y no a una impura.

Me fijé en eso, en el «tu fe te ha salvado», porque lo repetía y porque va contra lo que haría cualquiera que quisiera quedarse la gloria de la curación.

Devolvía el milagro al que lo recibía.

Como si él fuera solo el sitio donde algo pasaba y no el dueño de lo que pasaba.

Yo, que soy de fijarme en los detalles pequeños porque desde joven sospeché que tendría que escribir todo esto y no me fiaba de mi memoria para lo grande, anoté aquello en la cera aquella misma noche: tu fe, no yo.

Unas palabras que dicen más de él que todos los prodigios juntos.

Vi otras cosas.

Vi a un hombre con el brazo seco desde niño, una rama muerta pegada al costado, extenderlo sano un día de reposo en la sinagoga, y lo que armó escándalo no fue el brazo, fue el día, porque había quien sostenía que curar en sábado era trabajar y por tanto quebrantar la Ley.

Discutió con ellos.

Les preguntó si en sábado no sacarían a una oveja caída en un pozo, y si un hombre no vale más que una oveja.

Tenía razón y se ganó un enemigo, que es lo que pasa casi siempre cuando uno tiene razón delante de quien no quiere oírla.

Vi también a hombres que gritaban y se herían a sí mismos, que tenían dentro un espíritu inmundo, hombres a los que sus propias familias ataban por la noche, quedarse de pronto quietos y mansos cuando él les hablaba, y volver a casa, y sentarse a comer como personas, y llorar de alivio sus madres.

No sé qué eran aquellos males ni qué los curaba.

Pongo lo que vi.

No usaba fórmulas de mago.

Esto quiero dejarlo claro, porque había muchos por los caminos que sí las usaban, y yo las he oído: largas retahílas de nombres secretos, de poderes y de ángeles, para forzar a las fuerzas a obedecer.

Él no decía nada de eso.

A veces tocaba, ponía las manos encima, untaba barro o saliva, cosas de la tierra.

A veces solo decía una palabra, en nuestra lengua de casa, corta: «levántate», «ábrete», «vete».

A veces, y esto me parecía lo más raro, preguntaba primero: «¿qué quieres que haga por ti?», como si la voluntad del enfermo fuera la mitad del remedio, como si no quisiera curar a nadie por encima de su deseo.

Y muchas veces, después, le pedía al sanado que no lo contara a nadie, cosa que no le hicieron caso jamás, porque dígame usted cómo va a callar un hombre que ha recobrado el brazo o la vista.

Yo nunca entendí por qué pedía silencio.

Ahora, de viejo, sospecho que ya temía que las curaciones taparan lo que de verdad había venido a decir, que la gente se iba a quedar con el prodigio y a tirar el mensaje.

Ahora bien, no todos sanaban.

Hubo enfermos que se quedaron como estaban.

En su propia aldea, entre los que lo habían visto crecer, cuentan que casi nada pudo hacer, y él mismo dijo aquello de que ningún profeta vale en su tierra.

No era una fuente que manara para todo el que se acercaba con un cántaro.

Había algo, en los que sanaban, que tenía que ver con ellos tanto como con él, y por eso, creo, repetía lo de «tu fe».

Quiero dejar escrito lo que vi: que sanó a algunos, que a otros no, que a los que sanó les devolvía el mérito, y que a él, las curaciones, más que alegrarlo, parecían pesarle.

Porque el gentío venía por eso.

Esa es la verdad más incómoda de todas y la dejo escrita para que conste.

La mayoría no venía por el Reino, ni por el amor al prójimo, ni por sentarse a una mesa con los descartados.

Venía por el brazo seco, por la fiebre del hijo, por el espíritu malo del hermano.

Venía a buscar al sanador como se busca un pozo en la sequía, no como se busca a un maestro.

Y cuando él se apartaba a un monte a estar solo, que lo hacía a menudo, de madrugada, antes de que nadie despertara, la gente lo rastreaba y lo cercaba en cuanto reaparecía, no para oírlo, para que les tocara a los suyos.

A él le pesaba; lo noté muchas veces, esa manera de mirar a la multitud con algo que no era desprecio pero tampoco era contento, la cara del que ve que lo quieren por lo que da y no por lo que es.

Sanaba y se entristecía a la vez.

Ese don que arrastraba a las gentes, fue el motor de todo lo que pasó: lo que lo levantó hasta las multitudes y lo que, sospecho, terminó de perderlo.

Porque la gente que sigue a un hombre por los prodigios es la primera, la primerísima, que grita contra él el día que los prodigios se acaban y solo queda un hombre atado y en silencio.

Eso también lo vi.

Pero todavía no toca.