CAPÍTULO 10 · La euforia
La euforia
Rafael traducía catorce horas al día y se sentía, por primera vez en su vida adulta, completamente en su sitio.
Había convertido el cuarto del fondo de la Casa de Santiago en un scriptorium de campaña que habría escandalizado a sus maestros por el desorden y los habría enorgullecido por la intensidad.
Dos pantallas con las imágenes multiespectrales, encendidas día y noche.
Los léxicos de arameo abiertos en abanico sobre la mesa y sobre el suelo, marcados con tiras de papel.
Sus propios cuadernos, que se llenaban de una letra cada vez más rápida y fea, la letra de un hombre que escribe para no perder una idea y no para que otro la lea.
Comía de pie, cuando se acordaba de comer.
Olvidaba beber agua, que en el desierto es una forma lenta de suicidio, hasta que Tamar empezó a dejarle botellas en el borde de la mesa sin decir palabra, como se le deja el pienso a un animal de tiro al que se aprecia y del que no se espera conversación.
Dormía poco y mal, y cuando dormía soñaba en arameo, lo cual le parecía una bendición y era, en realidad, el primer síntoma de que el texto había dejado de ser un objeto de estudio para convertirse en un habitante de su cabeza.
Se despertaba con una lectura nueva para una laguna que llevaba días resistiéndosele, se levantaba a oscuras, la anotaba, y a veces acertaba.
El oficio, que durante años había sido para él una disciplina, se había vuelto una pasión, y no distinguía ya dónde acababa el rigor y empezaba el deseo, que es exactamente el punto donde un estudioso deja de estar a salvo.
Porque lo que salía de la piel le confirmaba algo hondo, o eso creyó durante aquellas semanas felices.
Allí estaba Jesús.
No el de los manuales de seminario, no el reconstruido a fuerza de hipótesis y contrahipótesis por generaciones de profesores alemanes que nunca habían pisado Galilea, sino uno anterior a todo eso, vivo, sentado en una barca varada y hablando bajo para obligar a callar a la gente.
Allí estaba la lengua que de verdad había hablado, no el griego pulido de los evangelistas sino el arameo de la casa y del mercado.
Allí estaba el Reino, el amor al prójimo, la misericordia con los descartados, la mesa abierta a los impuros.
Rafael leía y se decía, con el corazón acelerado: esto es mío, esto es de los míos, esto sostiene todo lo que creo, esto es la viga maestra que llevo toda la vida queriendo tocar con las manos.
Y por las noches le mandaba a Amor, a Roma, resúmenes eufóricos, largos, encendidos, donde volcaba cada hallazgo como un niño que enseña lo que ha encontrado en la playa.
Amor, al principio, le contestaba con párrafos.
Después con frases.
Después con monosílabos. «Sigue.» «Con cuidado.» «Cuándo vienes.»
Rafael, en su fiebre, leía aquella concisión creciente como prudencia de viejo o como falta de tiempo, y no como lo que era: un hombre que recibía, noche tras noche, la confirmación de lo que más temía, y que no encontraba palabras porque las palabras se le habían quedado todas en la garganta.
Una noche releyó la cadena entera de respuestas de Amor, una tras otra, y le dio un escalofrío que apartó enseguida: vista de corrido, la conversación parecía la de un hombre eufórico hablándole a una pared cada vez más fría.
Pero apartó el escalofrío.
Tenía demasiado trabajo y demasiada dicha para detenerse en el tono de unos correos.
***
Una de aquellas noches, en lugar de escribir, Amor lo llamó.
La voz del viejo llegó por el teléfono con un eco de larga distancia y de algo más, una cautela que no era solo de la línea.
—He leído tus resúmenes —dijo—. Todos. Dos veces.
—¿Y? —Rafael esperaba el entusiasmo compartido, la celebración del maestro ante el hallazgo del discípulo.
—Y estás traduciendo muy bien. Mejor que bien. —Una pausa—. ¿Has llegado ya a la pasión?
—Todavía no. Voy por Galilea. Por el Reino, las parábolas, las curaciones. Es deslumbrante, es…
—Lo sé. Lo he leído. —Otra pausa, más larga—. Cuando llegues a la pasión, llámame. No me escribas. Llámame. A cualquier hora.
—¿Por qué a la pasión?
—Porque un relato se entiende por cómo termina, Rafael, no por cómo empieza.
Cualquier maestro de Galilea pudo predicar el Reino y curar a algún enfermo; el mundo antiguo estaba lleno de ellos, sanadores, exorcistas, profetas de aldea.
Lo que hizo distinto a este hombre no fue cómo vivió.
Fue cómo murió, y sobre todo lo que la gente dijo que pasó después de que muriera.
Ahí está todo. Ahí está lo único que de verdad importa.
—La voz se le había puesto grave—. Así que no te emborraches con Galilea.
Galilea es la parte fácil, la parte hermosa, la que confirma lo que ya quieres creer.
Resérvate. Lee el final con la cabeza fría.
Y llámame antes de sacar ninguna conclusión.
Colgaron, y Rafael se quedó mirando el teléfono con una sensación rara.
El viejo no había dicho nada alarmante.
Pero había algo en su insistencia —léelo frío, resérvate, llámame antes— que no era prudencia metodológica, que era otra cosa, una cosa que se parecía al miedo de quien ya sabe lo que el otro va a encontrar y no se atreve a decírselo, prefiriendo que lo encuentre solo.
Rafael no supo leerlo así entonces.
Lo leyó como exceso de celo de un maestro mayor.
Volvió al trabajo.
***
—Te brillan los ojos como a un converso —le dijo Tamar una tarde, apoyada en el marco de la puerta con los brazos cruzados—. Y eso, en un hombre que se supone que ya estaba convertido, es lo más sospechoso que he visto en mucho tiempo.
—Es que es magnífico, Tamar. —Rafael giró en la silla, incapaz de contenerse—. Escucha esto. Escucha.
Y le leyó, traduciendo sobre la marcha, con la voz tomada por algo que no era solo el cansancio, el pasaje de los jornaleros de la viña, los que llegaron a última hora y cobraron lo mismo que los del alba.
Ella escuchó hasta el final.
No era insensible al texto; simplemente lo escuchaba con otro oído, un oído que no buscaba consuelo.
—Bonito —concedió cuando él terminó—. De verdad. ¿Y qué te dice a ti? No como cura. Como historiador.
—Que es auténtico. Que nadie inventa una voz así.
—Rafael hablaba deprisa, seguro—. Las falsificaciones siempre dicen de más, Tamar, siempre se delatan por exceso: el falsario quiere convencer y carga la mano, mete profecías que se cumplen, milagros redondos, frases para la posteridad.
Esta voz hace lo contrario. Dice de menos.
Se calla donde le convendría hablar. Confiesa que no entiende.
Eso no se finge. La modestia es lo único que no se puede falsificar, porque va contra el instinto del que miente.
—Vale. Eso lo comparto entero. —Tamar descruzó los brazos—.
Es lo más auténtico que he visto salir de un agujero en veinte años, y mi padre sacó cosas notables.
Pero, padre, te has saltado mi pregunta, y te la has saltado a propósito, que es lo que me interesa.
No te he preguntado si es auténtico. Eso ya lo sé.
Te he preguntado qué te dice. Y llevas tres semanas leyéndome, una tarde tras otra, solo los pasajes que confirman lo tuyo.
El Reino, el amor, la misericordia. Todo lo que ya creías.
—Hizo una pausa, y bajó la voz, no por suavizarla sino por afilarla—.
¿Y lo que no aparece? ¿Eso no te dice nada?
Rafael frunció el ceño, con la incomodidad del que oye, lejana todavía, una palabra que lleva días esquivando.
—¿Lo que no aparece?
—Eres tú el experto, no yo. —Se encogió de hombros—.
Yo solo cavo agujeros y los relleno de fichas.
Pero llevo toda la vida en esto, y hay una cosa que aprendí antes que ninguna otra, una que mi padre repetía como un rezo: en un texto antiguo, lo que falta grita más que lo que sobra.
Un silencio en el sitio donde esperabas una palabra dice más que mil palabras donde no esperabas ninguna.
—Se apoyó en el quicio para irse—. Tú estás tan ocupado celebrando todo lo que hay, que todavía no te has sentado a hacer la lista de lo que no hay.
Y un filólogo que no hace esa lista no es un filólogo, padre.
Es un creyente con un buen diccionario. —En el umbral se volvió una última vez—.
Hazla. Esta noche. La lista de lo que falta.
Antes de seguir enamorándote, porque después ya no podrás.
Y se fue, dejándolo solo con las dos pantallas encendidas y un silencio nuevo en el cuarto.
Por orgullo, por llevarle la contraria, por demostrarse que su euforia resistía cualquier examen, Rafael cogió un cuaderno limpio, escribió en lo alto de la página «lo que no está», y empezó a pensar.
Repasó mentalmente las dieciséis columnas que llevaba traducidas, y las que había leído en bruto más adelante, y fue anotando.
Tardó mucho menos de lo que habría querido.
La pluma se le fue parando sola.
Cuando levantó la vista de la página, había anotado apenas media docena de líneas, pero cada una pesaba como una losa, y la euforia de las últimas semanas se le enfrió en el estómago despacio, como se enfría y se endurece la cera cuando se apaga la llama que la tenía líquida.
Cerró el cuaderno.
No volvió a leerle a Tamar ningún pasaje aquella noche, ni le enseñó la lista.
Tampoco se la mandó a Amor.
La guardó en el cajón, bajo los léxicos, como se guarda algo de lo que uno aún no quiere hablar ni consigo mismo, y volvió a la columna que estaba traduciendo, y descubrió que ya no la leía igual.
Algo se le había metido en el ojo y no se le iba a salir.