El evangelio prohibido de Eliav (Los manuscritos prohibidos 1) CAPÍTULO 9 · El Reino en parábolas
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CAPÍTULO 9 · El Reino en parábolas

El Reino en parábolas

· del rollo de Eliav ·

La gente quería señales y él daba historias, y eso desconcertaba a casi todos menos a los niños, que eran los únicos que escuchaban un cuento sin exigirle primero las credenciales.

Yo tardé en entender por qué no hablaba claro.

Al principio me irritaba, lo confieso.

Uno baja al lago, deja el trabajo, camina dos jornadas con los pies llagados, y espera que el maestro le diga de una vez qué hay que hacer, en qué creer, contra quién luchar, cuando llega el Reino y cómo se reconoce.

Y en vez de eso el hombre se sienta y cuenta que un labrador salió a sembrar.

Un labrador.

Como si no hubiéramos visto sembrar a nuestros padres y a los padres de nuestros padres desde que el mundo es mundo.

Tardé en comprender que esa era justamente la astucia: que el que quería una consigna se iba con las manos vacías, y el que se quedaba con la historia se la llevaba dentro y la historia seguía trabajando en él de noche, como la levadura en la masa, que es otra de las que contaba.

La del sembrador la oí más de una vez, y cada vez me removía la misma cuenta mal hecha.

Contaba que un hombre salió a sembrar y fue echando la simiente, y una parte cayó en el camino y se la comieron los pájaros, y otra entre las piedras y nació sin raíz y se secó, y otra entre los espinos que la ahogaron, y solo una parte cayó en tierra buena y dio grano.

Yo, que he llevado cuentas toda mi vida, escuchaba aquello y pensaba: pero qué labrador es este que desperdicia tres partes de cuatro, que tira el grano al camino y a las piedras como si le sobrara, que no mira dónde siembra.

Ningún campesino de mi aldea habría durado dos cosechas sembrando así.

Y un día entendí, o creí entender, que el manirroto era a propósito, que el asunto de la historia no era el sembrador prudente que yo habría querido, sino un sembrador que echa la simiente a voleo, sobre todos, sobre el camino y las piedras y los espinos, sin reservarse, sin calcular quién la merece.

Dios, venía a decir, no es un administrador que mide el grano. Es un derrochador.

Y a mí, que medía el grano, eso me ofendía y me atraía a partes iguales, que es como atrae lo verdadero.

Contaba también de una mujer que tenía diez monedas y perdió una, y encendió la lámpara —que consumía aceite, y el aceite costaba— y barrió toda la casa y buscó hasta dar con ella, y cuando la encontró llamó a las vecinas para que se alegraran con ella.

Y yo otra vez con mi cuenta: la fiesta con las vecinas le costaría más que la moneda perdida, está perdiendo dinero, esta mujer no sabe lo que hace.

Y otra vez la historia me daba en la cara con lo mismo: que la alegría del Reino no lleva nuestras cuentas, que hay un gozo que se gasta más de lo que vale el motivo, porque el motivo no es la moneda, es el haber recuperado lo que se daba por perdido.

Decía que así se alegraba el cielo por uno solo de los perdidos que vuelve.

Uno solo.

Más que por noventa y nueve que nunca se torcieron.

Eso, a los justos de toda la vida, los que nunca se habían torcido, no les hacía ninguna gracia, y se les notaba en la cara, y yo creo que él lo contaba mirándolos a ellos.

La que más me dolió, y todavía me duele al escribirla con la mano que ya me tiembla, fue la del hijo que se fue.

Un hombre tenía dos hijos, y el menor le pidió su parte de la herencia en vida, que es como decirle a un padre ojalá te murieras ya, y el padre se la dio, y el muchacho se fue lejos y lo malgastó todo en lo que se malgasta a esa edad, y acabó cuidando cerdos, que para nosotros es tocar el fondo del fondo, y muerto de hambre pensó en volver a casa, aunque solo fuera como jornalero de su padre.

Y aquí está lo que me partió.

Contaba que, cuando el hijo todavía venía lejos por el camino, sucio y arruinado, el padre lo vio —lo cual quiere decir que el padre miraba el camino, que llevaba quizá años mirando el camino— y echó a correr.

Un hombre mayor, un padre con su dignidad, recogiéndose la túnica y corriendo delante de todo el pueblo como un chiquillo, para abrazar al hijo que lo había deshonrado, sin dejarle siquiera terminar el discurso de arrepentimiento que el muchacho traía preparado.

Y hacía fiesta.

Y el hijo mayor, el que se había quedado, el cumplidor, el que yo habría sido, se enfadaba justamente, con toda la razón del mundo, y se quedaba fuera.

Yo, cuando oí esa historia, me quedé fuera con el hermano mayor, porque era de los míos, era el que cumple y no recibe fiesta.

Y tardé años en entender que la historia me estaba ofreciendo entrar, y que el que se quedaba fuera no era el padre injusto, sino yo, con mi contabilidad de méritos.

Esto no lo entendí entonces.

Lo escribo ahora y sigo sin entenderlo del todo.

Pero lo vi contar, y vi llorar a hombres duros cuando lo contaba, y eso no se inventa.

Hablaba siempre de cosas de la tierra, porque la tierra era lo único que la gente tenía de sobra: higueras que no daban fruto, levadura escondida en la masa, una semilla de mostaza, la más pequeña de todas, que se hace arbusto donde anidan los pájaros.

El Reino, decía, es así: pequeño, escondido, casi invisible, y crece sin que se note, no con ejércitos ni con trompetas, sino como crece lo que crece de verdad, por debajo, en silencio, hasta que un día está ahí y ya no se puede arrancar.

A los que esperábamos trompetas, aquello nos sonaba a poco.

Ahora, viejo, escondido yo mismo como una semilla mientras arriba pasan los ejércitos que él nunca prometió, empiezo a sospechar que tenía razón y que el ruido nunca fue suyo.

Quiero dejar escrito, porque he oído ya decir lo contrario y es mentira de la que vi, que no despreciaba la Ley.

Iba a la sinagoga el día de reposo como cualquier judío temeroso.

Conocía a Moisés y a los profetas con la soltura del que se ha criado mamando esas palabras.

Discutía de la Ley con los maestros, a voces y con respeto, como discuten los que se toman en serio lo mismo.

Lo que hacía no era romper la Ley: era exprimirla hasta sacarle el zumo, y el zumo era siempre el mismo.

Una vez se le acercó un maestro de los que saben, de los que preguntan para examinar, y le pidió cuál era el primero de todos los mandamientos, a ver por dónde salía.

Y él respondió sin pensarlo, con lo que cualquier niño de Israel reza al levantarse y al acostarse: escucha, Israel, el Señor nuestro Dios, el Señor es uno, y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas.

Y antes de que el maestro respirara, le añadió el segundo sin que se lo hubieran pedido, uno que está escrito en el libro de la Ley, en el Levítico, pero que casi nadie sacaba a relucir tan alto: y amarás a tu prójimo como a ti mismo.

No hay otro mandamiento mayor que estos, dijo, y de estos dos cuelga todo lo demás, la Ley entera y los profetas enteros.

El maestro, que había venido a cazarlo, se quedó pensando y dijo que había respondido bien.

No siempre acababan así las discusiones; muchas veces el otro se iba mordiéndose la rabia.

Pero aquel se fue conforme, y yo lo recuerdo porque fue de las pocas veces que vi a un maestro darle la razón en público.

Aunque no se fue del todo.

Antes de marcharse, el maestro quiso quedar bien y le hizo la pregunta del que busca un límite cómodo: ¿y quién es mi prójimo? Porque una cosa es amar al prójimo y otra saber dónde acaba el prójimo y empieza el extraño al que ya no estás obligado.

Y él, en vez de definirle el prójimo como pedía, le contó otra historia, y fue de las que no se olvidan.

Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó por aquel camino de barrancos donde todos sabemos que asaltan, y lo asaltaron, y lo dejaron medio muerto en la cuneta. Pasó un sacerdote, gente de Dios, y dio un rodeo y siguió. Pasó un levita, gente del Templo, y dio un rodeo y siguió.

Yo, al oírlo, ya estaba poniéndome de parte de los que pasaron, buscándoles disculpa, que igual iban a un servicio sagrado y no podían mancharse con un cuerpo.

Y entonces dijo que el que se paró fue un samaritano. Un samaritano. Para los que escuchábamos, un samaritano era lo peor, el medio judío hereje, el enemigo de junto a casa, el que más cerca y más detestado.

Y fue ese, el despreciado, el que se bajó de su montura, le curó las heridas con su propio aceite y su propio vino, lo cargó y pagó su posada.

Y le preguntó al maestro: ¿quién fue el prójimo del asaltado?

Y el maestro no pudo ni pronunciar la palabra samaritano de lo que le repugnaba; dijo solamente «el que tuvo compasión».

Anda y haz tú lo mismo, le respondió.

Yo me quedé pensando muchos días en aquello.

Porque no había dicho quién es tu prójimo, como le habían preguntado, sino sé tú el prójimo del que te necesita, aunque sea tu enemigo, aunque sea el samaritano.

Le habían pedido un límite y él había borrado todos los límites.

Eso enfurecía a unos y a otros nos dejaba sin suelo.

Y comía con quien no se debía comer.

Eso, más que ninguna parábola, fue lo que pronto le ganó enemigos, porque las historias se perdonan, pero la mesa no: con quién se sienta un hombre a comer dice a este pueblo más que mil palabras.

Recuerdo en particular un día, en Cafarnaúm, junto a la aduana del lago.

Había allí un recaudador, un tal Leví, sentado a su mesa de cobrar, uno de esos hombres ricos y odiados que cobran para Roma y se quedan con lo suyo de paso, de los que cuando pasan por la calle la gente calla y escupe en cuanto doblan la esquina.

Él se paró delante de la mesa del recaudador.

Yo pensé: ahora lo reprende, ahora le dice lo que todos pensamos.

Y lo que hizo fue mirarlo y decirle, sin más, «ven conmigo».

Dos palabras.

Y el hombre, que tenía dinero, casa y un oficio seguro y vergonzante, se levantó y lo dejó todo, la mesa, las monedas, los registros, y se fue detrás.

Lo vi con estos ojos y todavía no sé qué vio aquel hombre en aquella mirada para soltar de golpe lo que tenía.

Aquella misma noche Leví dio una cena en su casa para celebrarlo, y la llenó de los suyos, que eran de su misma calaña, recaudadores, gente impura, mujeres de las que no se nombran delante de la madre de uno.

Y él fue, y comió, y se rió, y estuvo a gusto, como si aquella fuera la mejor compañía del mundo.

Afuera se juntaron los justos, los limpios, los que cumplen, a mirar por la puerta y a murmurar, y se acercaron a algunos de los nuestros para afearlo: ¿cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores? Lo decían escandalizados de verdad, y con razón según la Ley que ellos guardaban.

Él los oyó.

No se levantó a discutir.

Dijo solo, desde dentro, en voz que llegara a la puerta: el médico no hace falta para los sanos, sino para los enfermos; no he venido a llamar a justos, sino a pecadores.

Y siguió cenando.

Yo estaba en un rincón, como siempre, mirando, y vi en la cara de aquel Leví una cosa que he visto poquísimas veces en mi vida y que no se me ha borrado en treinta años: la cara de un hombre al que, por una vez, una sola, alguien no estaba mirando por encima del hombro.

La cara del que se sabe perdonado antes de haber pedido perdón, sin haber prometido enmendarse, sin haber devuelto todavía nada de lo robado.

Primero el sitio a la mesa, después la enmienda; ese era el orden, y era el orden contrario al que nos habían enseñado.

Si he de decir dónde vi yo el Reino con mis ojos, no fue en ningún cielo abierto ni en ningún prodigio.

Fue en aquella mesa de gente impura, comiendo, mientras los justos miraban desde la puerta sin atreverse a entrar.

Eso era el Reino, creo, hasta donde a mí me alcanza la cortedad.

No lo entendí entonces y no lo entiendo del todo ahora, viejo y solo.

Pero lo vi.

Daba de comer al que tenía hambre sin pasarle examen.

Sentaba a su mesa al que nadie sentaba.

Perdonaba deudas que podía cobrar.

Y mientras él estuvo, un puñado de meses, en un rincón olvidado del mundo que a Roma no le importaba nada, hubo gente —yo entre ella— que vivió como si de verdad fuera cierto que Dios es padre y que el de al lado es hermano.

Solo unos meses.

Pero existió.

Lo escribo y se me empaña la caña, y tengo que parar.