CAPÍTULO 8 · El que lo lee mejor que nadie
El que lo lee mejor que nadie
Rafael tradujo la primera columna entera en una noche y no pudo dormir en tres.
No era el contenido —todavía no, todavía estaba en las primeras vueltas, en la presentación del testigo y los primeros días junto al lago— lo que le quitaba el sueño.
Era la voz.
Llevaba quince años leyendo literatura antigua en sus lenguas, había vadeado los himnos de acción de gracias de los esenios y sus reglas de pureza obsesivas, las maldiciones rituales contra los hijos de las tinieblas, la prosa alucinada de los apocalipsis donde cada número esconde un cómputo y cada bestia una nación; conocía el griego enfático de los evangelistas, que escriben ya sabiendo cómo acaba la historia y colocan cada episodio como una pieza en un mosaico cuyo dibujo final tienen delante.
Y nunca, en quince años, se había topado con algo que sonara tan poco a literatura y tanto a un hombre hablando en una habitación.
Aquel Eliav no construía: constataba.
No colocaba los hechos al servicio de una tesis, como hace todo el que escribe para convencer; los ponía uno detrás de otro con la terquedad de quien tiene más miedo de añadir que de quedarse corto.
Y cada vez que el relato llegaba a un punto donde cualquier evangelista del canon habría puesto una interpretación —«esto sucedió para que se cumpliera lo que dijo el profeta», «y entonces entendieron que él era»—, Eliav hacía lo contrario: se apartaba, levantaba las manos del texto, y dejaba escrito con una honestidad casi grosera que no sabía lo que aquello significaba y que lo anotaba precisamente para que constara que no lo sabía.
Donde los otros ponían una flecha que señalaba el sentido, Eliav ponía un hueco y lo dejaba abierto.
Era, comprendió Rafael una de aquellas madrugadas con un escalofrío que no supo si era profesional o de otra clase, exactamente lo que él siempre había querido ser y nunca había logrado del todo: un testigo que no contamina lo que ve.
Un hombre que ama tanto la verdad de los hechos que se prohíbe mejorarla con su deseo.
Un filólogo del propio recuerdo.
Toda su vida Rafael había predicado contra la traducción que decide por ti lo que el texto quiere decir, contra el intérprete que se interpone entre el lector y la palabra; y ahora, dos mil años atrás, un galileo que apenas sabía sostener una caña había practicado esa misma virtud con una pureza que a él, con sus tres carreras, le estaba vedada, porque él leía aquel rollo queriendo que dijera algo, y Eliav lo había escrito sin querer que dijera nada, solo que recordara.
La diferencia le parecía, a las cuatro de la mañana, el abismo entre la santidad y él.
Traducir era, además, un placer físico que no se permitía confesar.
Cada palabra recuperada de una laguna, cada giro arameo que encontraba su equivalente exacto en castellano sin perder el filo, le producía una satisfacción honda, callada, parecida a la de encajar la última pieza de algo.
Trabajaba con tres diccionarios abiertos, con las concordancias, con sus propias tablas de la mano del escriba, y avanzaba despacio, una columna cada dos o tres noches, parándose a discutir consigo mismo cada decisión, anotando al margen las lecturas que descartaba para que otro pudiera revisarlas algún día.
Hacía, en suma, el trabajo más honrado de su vida sobre el texto más peligroso que había tocado nunca, y no veía la contradicción, porque la honradez del método le parecía blindaje suficiente.
No había entendido todavía que se puede traducir con toda la honradez del mundo y aun así estar caminando, columna a columna, hacia un precipicio.
***
Una mañana, al cabo de esas primeras noches, Rafael tomó una decisión que no era solo intelectual sino práctica, de las que cambian la forma de los días.
Buscó a Amor en su despacho —un cuartito encalado con una ventana mínima, una mesa de campaña y más libros de los que el espacio permitía— y le dijo que quería asumir la edición y la traducción completas del rollo.
No una colaboración, no un trabajo a varias manos repartido entre especialistas de medio mundo, como se hacía con los hallazgos importantes.
Él.
Entero.
Desde la primera columna hasta la última, con su nombre como editor responsable y su criterio como última instancia.
—Es mucho peso para un hombre solo —dijo Amor, sin levantar la vista del libro que fingía consultar—. Y mucha gloria, también, todo hay que decirlo. La gloria es un peso que casi nadie sabe llevar.
—No es por la gloria.
—Lo sé. —Ahora sí lo miró—. Por eso te lo concedo.
Si lo pidieras por la gloria, te lo negaría, por tu bien.
Te lo concedo porque sé que lo pides por la otra razón, la peligrosa, la de querer ser el único que lo lea bien.
—Cerró el libro—. Necesitarás quedarte cuando termine la campaña.
Solos tú, el rollo y el verano, que aquí es un infierno de verdad y no una metáfora.
Hablaré con tu obispo y con el Instituto para prolongar tu estancia. Tendrás los medios. Tendrás tiempo.
—Hizo una pausa, y añadió, en un tono distinto, más bajo—: Tendrás también una soledad que ahora no imaginas.
Traducir es la cosa más solitaria que existe, porque te quedas a solas con la voz de un muerto y nadie más oye lo que tú oyes.
Y cuando esa voz dice cosas difíciles, no hay con quién compartir el primer golpe.
Lo recibes tú. Solo. Acuérdate de lo que te pedí: cuando empiece a doler, ven a mí antes que a nadie.
Rafael salió de aquel despacho con la sensación de haber cruzado una puerta y de haber oído, a su espalda, el ruido pequeño de un cerrojo.
Pero estaba demasiado feliz para hacerle caso.
Acababan de darle lo que más quería en el mundo: el derecho exclusivo a ser el primero, el mejor, el único.
No advirtió que todo derecho exclusivo es también una jaula, y que la había pedido él, con sus propias manos, sonriendo.
***
A la cuarta noche salió al porche, derrotado por el insomnio, y Tamar estaba allí, como casi siempre a esas horas, con una cerveza tibia y la cabeza echada hacia atrás mirando el mapa de estrellas que se sabía de memoria desde niña.
—Voy a traducirlo entero —dijo Rafael, sin preámbulo, porque el insomnio le había gastado los rodeos—. Diga lo que diga. Lo he decidido.
Tamar no lo felicitó.
Tardó en responder, y cuando lo hizo no fue para celebrarlo: lo miró un rato largo, de arriba abajo, con la atención cautelosa con que se mira a un montañero que anuncia, sonriendo, que va a subir solo y de noche una pared que ha matado a otros.
—¿Sabes lo que estás diciendo?
—Estoy diciendo que voy a hacer mi trabajo.
—No. Estás diciendo que vas a leer en voz alta, y a ponerle tu nombre y tu firma de cura, a una cosa que una parte enorme de la humanidad ha decidido, sin leerla, que no quiere oír.
—Se incorporó en la silla—. Y lo vas a hacer tú, padre.
No un alemán protestante con una cátedra y nada que perder.
Tú, que llevas eso debajo de la camisa. ¿Te has parado a pensar, de verdad, con todas sus letras, qué haces si lo que ese hombre vio no encaja con lo que tú juraste el día que te pusieron las manos en la cabeza?
Rafael se quedó callado.
Era la pregunta exacta, formulada con una precisión que le dolió, y le molestó que la hubiera hecho ella —una arqueóloga laica y seca que de la fe no quería saber nada— y no él, que llevaba la fe puesta como una prenda interior.
—Mi fe no le tiene miedo a un hecho —dijo al fin—. Si se lo tuviera, no sería fe. Sería cobardía.
Tamar soltó una risa breve, casi de aprobación.
—Esa frase la has pensado antes. Se te nota el pulido. —Pero la sonrisa se le apagó enseguida—.
Te voy a contar una cosa, ya que estamos confesándonos en un porche a las cuatro de la mañana, que es la única hora a la que la gente dice la verdad. Mi padre también escarbó esta costra. Toda su vida.
Era de los que creían que cada piedra que sacaban de esta tierra demostraba algo, que la arqueología iba a confirmar el relato, ya me entiendes, el relato nacional, el bíblico, el de que esto fue nuestro y volvió a serlo.
Murió bastante amargado, porque cuanto más escarbaba, más se le complicaba el cuento limpio que había venido a confirmar.
La tierra no le dio la razón.
Le dio matices, contradicciones, capas que no encajaban. —Bebió—. Yo aprendí de él lo contrario de lo que él quería enseñarme.
Aprendí a venir sin cuento.
A querer esta tierra sin necesitar que me dé la razón.
Es la única manera de no acabar como acabó él, hablándole a las piedras para que dijeran lo que él necesitaba oír.
—¿Y la quieres? —preguntó Rafael—. La tierra, digo. Sin el cuento.
Tamar miró la oscuridad hacia el mar de sal, invisible y presente.
—Más que él, creo. Porque la quiero tal como es, no como yo querría que fuera.
—Se volvió hacia Rafael, y por un momento se le borró la ironía de la cara—. Esa es la prueba, padre. Para la tierra y para todo lo demás. ¿Lo quieres tal como es, o solo quieres que te confirme lo que ya decidiste querer? Porque lo segundo no es amor. Es vanidad con objeto.
—Le tendió la botella, en una tregua—. Por lo que va a salir de esa cueva. Que no nos entierre a ninguno.
Rafael bebió.
El líquido estaba caliente y le supo, sin embargo, a algo limpio, a comienzo de algo.
Sobre ellos giraba despacio el cielo del desierto sus estrellas indiferentes, las mismas exactas bajo las que un hombre llamado Eliav, dos mil años atrás, había escrito que no sabía lo que veía y que lo escribía de todos modos.
Pensó que aquella mujer, sin fe ninguna, acababa de formularle la pregunta más religiosa que le habían hecho en la vida, y que él no estaba del todo seguro de la respuesta, y que no atreverse a estar seguro era, quizá, la primera cosa verdaderamente honrada que le pasaba por dentro en mucho tiempo.
Esa noche, por primera vez desde que era niño en el pueblo, a Rafael le costó rezar.
Las palabras de siempre, las del breviario que se sabía de memoria, le salieron huecas, como monedas que suenan a falso al caer.
Lo atribuyó al cansancio y a la cerveza.
Se equivocaba, pero todavía estaba en el punto del camino en que un hombre puede permitirse equivocarse sobre sí mismo sin consecuencias, y no sabía lo corto que es ese tramo.