CAPÍTULO 7 · Yo, Eliav
Yo, Eliav
· del rollo de Eliav ·
Yo, Eliav, de la aldea de […], hijo de Natán el que trabajaba la madera, escribo lo que vi.
Mi padre hacía yugos y puertas y, cuando moría alguien en la casa, la caja en que se entierra al muerto: el trabajo que menos le gustaba y el que mejor le pagaban.
No éramos pobres del todo.
Tener un oficio y una herramienta propia te ponía un palmo por encima del jornalero que alquila los brazos por la mañana y no sabe si comerá por la tarde.
De ahí me vino saber leer y echar cuentas, y fue eso, y no otra cosa, lo que me llevó al lago el día en que empezó todo. Pero a eso llegaré.
Escribo ahora, de viejo, cuando han pasado los años suficientes para que la memoria duela menos y, por eso mismo, mienta más.
Y escribo porque he empezado a oír cosas que no ocurrieron, contadas con mucho aplomo por hombres que no estaban allí.
Le ponen en la boca palabras hermosas y no dicen desde dónde las oyeron, ni si las oyeron.
Cada uno añade su trozo, y el trozo de cada uno tiene la forma de lo que a ese hombre le conviene.
Uno cuenta que la tarde del pan, junto al lago, éramos cinco mil. Yo conté las cabezas, porque soy de los que cuentan, y no pasábamos de quinientos; y ya me parecieron multitud.
Otro cuenta que él anunciaba su propia muerte por adelantado, claro y sereno, como quien lee en voz alta un contrato. Yo caminé cerca de él muchos días, y lo que dijo de su muerte fue poco, y oscuro, y nadie me lo aclaró entonces ni me lo ha aclarado después.
Por eso escribo. No para enseñar, que no sé; ni para fundar nada, que no tengo doctrina.
Escribo como el que clava una estaca en la orilla para marcar hasta dónde subió el agua en la crecida: para que el año que viene, cuando todos juren que llegó más arriba o más abajo según les convenga, quede al menos una marca que no discute.
Y antes de seguir quiero dejar dicha una cosa sobre cuántos íbamos, porque es de las primeras que ya se cuenta mal.
La gente cree que éramos doce. Doce es un número cómodo, que se queda en la cabeza: doce como las tribus, doce como los meses.
Pero los doce eran solo los de delante, los que él llamó uno por uno y que dormían cerca de él. Detrás íbamos los demás.
Unos cincuenta aguantábamos el camino entero, estación tras estación, comiendo lo que caía y durmiendo donde se podía. Y luego los muchos que se sumaban en una aldea, caminaban dos días encendidos como teas y se volvían a casa a la tercera, cuando veían que aquello no daba pan ni gloria pronta.
Había mujeres también, y no pocas, y no solo para cocer y remendar; pero de ellas hablaré cuando llegue su sitio, que lo merecen y no quiero dárselo de pasada.
Lo vi por primera vez junto al lago, en Cafarnaúm, en un día de invierno con el cielo bajo y el agua del color del plomo.
Yo había bajado a vender unas tablillas de cera a un mercader de la orilla —tablillas para llevar cuentas, que en un puerto de pesca y aduana siempre hay quien necesita apuntar lo que entra y lo que sale— y me quedé porque se quedó la gente, que es la razón por la que uno se queda casi siempre en las cosas que luego le cambian la vida: por seguir a los demás, sin saber.
Él no predicaba subido a una piedra ni a un púlpito de aldea, como hacían los que querían que se les notara la importancia.
Estaba sentado en una barca varada en la arena, con los pies casi en el agua, y hablaba bajo, tan bajo que para oírlo había que callarse y acercarse, y la gente se callaba y se acercaba, que es lo más raro que he visto hacer nunca a una multitud, porque la multitud por su cuenta solo sabe gritar y empujar.
No recuerdo su primera frase entera; el que diga que recuerda palabra por palabra lo que oyó hace tantos años miente, o se lo ha aprendido después de otro.
Recuerdo la sensación, que es lo que de verdad se queda cuando las palabras exactas se han ido.
Hablaba del Reino.
No del reino que la mitad de los que escuchaban quería oír —un rey con espada que echara a los romanos al mar y colgara a los publicanos de los árboles del camino—, y por eso esa mitad acabaría decepcionándose de él, y alguno de los decepcionados, creo yo, tuvo después su parte en lo que le hicieron.
Hablaba de otro reino.
De algo que estaba a punto de llegar y que, de una manera que yo no entendía entonces ni entiendo del todo ahora, ya estaba llegando: no en los ejércitos ni en los tronos, sino en cosas pequeñas y difíciles.
En la manera en que un hombre trataba a otro. En una deuda que se perdonaba pudiendo cobrarla. En un pan que se partía con el que no tenía pan sin preguntarle antes si se lo merecía, que es la pregunta con que los justos se ahorran siempre la mitad de la compasión.
Vi una cosa aquel primer día que no he olvidado, y la pongo aquí, aunque sea pequeña, porque las cosas pequeñas son las que vi de verdad y las grandes casi siempre me las han contado.
Cuando terminó de hablar y la gente empezaba a deshacerse, se acercó a la barca un publicano de los de la aduana del lago, uno de esos a los que todo el mundo escupía por dentro y sonreía por fuera, porque cobraban para Roma y se quedaban con lo suyo de paso.
El hombre se acercó con la cabeza gacha, esperando, supongo, el desprecio de costumbre, que era lo único que recibía de los maestros.
Y él no se lo dio. Lo miró como se mira a cualquiera, ni más arriba ni más abajo, y le dijo algo que no oí, y el publicano se echó a llorar allí mismo, de pie, un hombre hecho y derecho que manejaba dinero y miedo, llorando como un niño en la arena.
No hubo milagro.
No se cayó nadie al suelo, no se abrió el cielo.
Solo un hombre que miró a otro al que nadie miraba.
Y sin embargo yo, que había ido a vender cera, me volví a casa sin haber vendido nada y sin acordarme de la cera, dándole vueltas a por qué aquella mirada me había removido más que todos los sermones que había oído en la sinagoga desde niño.
Él decía que Dios era padre.
Y no lo decía con la palabra solemne del Templo, sino con una palabra de casa, la palabra con que un niño pequeño llama al que lo tiene en brazos, una palabra que en mi lengua suena a balbuceo y a confianza.
Llamar así a Dios, el santo, el que no se nombra, el de los ejércitos, a algunos les pareció una dulzura y a otros casi una indecencia, y entiendo a los dos.
Y decía que ese padre no quería de nosotros sacrificios ni cuentas exactas de pureza, sino una sola cosa que él partía en dos y que en el fondo era una: amar a Dios con todo lo que uno es, con toda el alma y toda la fuerza, como manda la oración que rezamos cada día; y amar al que tienes al lado como a ti mismo, que está escrito también, en el libro de la Ley, aunque pocos lo leían en voz tan alta.
Lo decía como si fuera lo más sencillo del mundo.
Es lo más difícil que he intentado hacer en mi vida.
Lo sigo intentando ahora, viejo y solo.
No sé qué era.
Lo escribo así de claro, con todas sus letras, para que conste que no lo sé y que el que diga que yo lo supe miente en mi nombre.
He oído llamarlo de muchas maneras desde entonces, cada vez con más títulos y más oro encima, cada año un nombre más alto, hasta que el hombre que vi sentado en una barca con los pies en la arena ha desaparecido casi del todo debajo de los nombres, como una moneda debajo de muchas manos.
Yo solo puedo decir lo que vi con estos ojos: que cuando hablaba, los enfermos que lo escuchaban creían que iban a sanar, y algunos sanaban de veras, y yo no sé cómo, y no voy a inventarme el cómo para quedar bien.
Que cuando callaba, daban ganas de quedarse callado a su lado, que es algo que no me ha pasado con ningún otro hombre.
Que tenía hermanos, y que sus hermanos no creían en él y pensaban que se había trastornado y que avergonzaba a la familia, y lo decían en voz alta, y de uno de esos hermanos tendré que escribir más adelante porque la vida da vueltas que ningún hombre prevé.
Y que tenía una madre, que lo seguía de lejos, sin meterse, con esa cara que ponen las madres cuando el hijo se ha ido por un camino que ellas no entienden y del que saben, antes que nadie, que no va a volver bien.
No me uní a él aquel primer día.
Conviene decirlo, porque los que escriben ahora cuentan llamadas fulminantes, hombres que soltaban la red y echaban a andar detrás como tocados por un rayo, y a lo mejor con alguno fue así, yo no estaba en su cabeza.
Conmigo no fue así.
Yo volví a mi aldea con la cera sin vender, seguí haciendo cuentas para quien me las pagaba, y durante semanas me dije que aquello no era asunto mío.
Pero bajaba al lago más de lo necesario.
Inventaba encargos que me llevaran a Cafarnaúm.
Y cada vez que él estaba, me quedaba atrás, entre la gente, escuchando, sin acercarme, como el que mira una hoguera desde fuera del círculo porque no se atreve a pedir sitio, pero tampoco puede irse del todo del calor.
Para entender por qué un hombre con oficio y casa termina dejándolo todo para caminar detrás de un maestro pobre, hay que entender cómo eran aquellos años en Galilea, y eso los que escriben desde lejos no lo saben, porque no vivieron el peso del aire.
Vivíamos ocupados.
Los romanos no se veían mucho en las aldeas, pero se notaban en todo: en los impuestos que subían, en el grano que se iba por el camino de la costa hacia bocas que no eran las nuestras, en los hombres de Roma y en los nuestros que les hacían el trabajo.
No lejos de mi aldea habían reconstruido una ciudad entera, hermosa y griega, con sudor y con hambre de los campesinos de alrededor, y muchos íbamos a trabajar a sus obras y volvíamos de noche más pobres y callados.
Había quien no aguantaba y se echaba al monte, y a esos unos los llamaban bandidos y otros los llamaban valientes, según de qué lado dormían.
Y casi todos, los del monte y los de la aldea, esperábamos lo mismo, aunque no nos atreviéramos a decirlo en voz alta delante de según quién: esperábamos que Dios se acordara por fin de nosotros y mandara a alguien, un ungido, un rey como había sido David, que tomara la espada y nos devolviera la tierra y la dignidad.
Eso esperábamos.
Un libertador con ejército.
Y por eso, cuando uno hablaba de un Reino, todos los oídos se afilaban, porque todos oían lo que querían oír.
Él hablaba de un Reino, sí, pero cuanto más lo escuchaba menos se parecía al que esperábamos, y esa fue, creo, la primera cosa que me ató a él: que no me daba lo que yo quería.
Los que prometen lo que la gente quiere son muchos y baratos; los reconoces porque te dejan igual que estabas, solo que más excitado.
Él prometía algo que yo no sabía que quería hasta que se lo oía, y me dejaba distinto, incómodo, removido por dentro como un pozo al que le han echado una piedra.
No prometía echar a los romanos.
Casi parecía que los romanos le importaban poco, que eran un decorado y no el problema, y que el problema de verdad estaba más adentro, en cómo nos tratábamos entre nosotros mientras esperábamos que un dios o un rey nos arreglara la vida desde fuera.
Eso a algunos los enfurecía.
A mí me desarmó.
El día que dejé de volver a casa no hubo rayo ni voz del cielo.
Fue una mañana cualquiera.
Había dormido en el suelo de un patio prestado, en una aldea cuyo nombre no importa, con otros que también lo seguían, y al amanecer, cuando el grupo se levantó para echar a andar detrás de él hacia el siguiente pueblo, yo me levanté con ellos sin pensarlo, como si mi cuerpo lo hubiera decidido antes que mi cabeza, y eché a andar.
Eso fue todo.
Nadie me llamó por mi nombre.
Él ni siquiera me miró aquel día; tardaría en saber que yo existía, y nunca me trató como a los de delante, ni falta que hacía.
Yo no quería estar delante.
Yo quería estar donde se ve mejor, que es detrás, y desde atrás lo vi casi todo, y lo que no vi no lo escribo
.
Que el que lea esto perdone lo que no sé, que es mucho, y desconfíe sobre todo de lo que parezca que sé demasiado, porque ahí, en lo que suene demasiado seguro, es donde se habrá colado sin querer la mentira de la memoria.
Lo que vi, lo pongo.
Lo que me contaron, lo diré que me lo contaron.
Y lo que no entendí, que es casi todo lo que de verdad importó, lo dejaré sin entender, tal como me llegó, porque prefiero entregarte un misterio honrado que una explicación falsa.