CAPÍTULO 25 · El amanecer
El amanecer
· del rollo de Eliav ·
Aquel sábado fue el día más largo y vacío de mi vida, y los he tenido largos y vacíos.
Un sábado en que no se podía hacer nada, ni caminar lejos, ni tocar al muerto, ni siquiera llorar a gusto, porque era día de descanso y el descanso estaba mandado, y nosotros, escondidos, callados, esperábamos a que pasara como se espera a que pase una enfermedad, sin más esperanza que la de que termine.
No hablábamos.
Los que coincidíamos en algún cuarto cerrado nos mirábamos y bajábamos los ojos, porque cada uno sabía que el otro había corrido, y la vergüenza compartida no consuela.
Él estaba en un agujero en la roca, envuelto en una sábana, con la prisa pegada todavía al cuerpo sin lavar.
Y nosotros en otros agujeros, los vivos, no mucho mejor escondidos que el muerto.
Así pasamos el sábado.
Pasado el sábado, en cuanto la Ley lo permitió, muy de mañana, cuando todavía estaba oscuro y no había salido aún el sol, María, la de Magdala, fue al sepulcro.
Fue ella. La primera.
Lo escribo una vez más, y que se me perdone la insistencia, que la primera fue ella, una mujer.
Fue sola, o casi sola, con los aromas y los ungüentos que había podido preparar, para terminar de hacerle al cuerpo lo que la prisa del viernes no había dejado: lavarlo, ungirlo, amortajarlo como Dios manda, despedirlo bien.
Iba a hacer lo último y lo más humilde que se le puede hacer a un muerto que se ha querido, que es cuidarle la carne cuando ya no la siente.
No iba a buscar un prodigio.
Que quede claro, porque después contarían que fue corriendo a ver una promesa cumplida, y no: iba a llorar y a ungir, como va cualquier mujer al sepulcro de cualquiera de los suyos, con el corazón hecho una piedra y un frasco de perfume en la mano para tapar el olor de la muerte.
Llegó cuando empezaba a clarear, esa hora en que las cosas no tienen todavía color y todo es gris y dudoso.
Y encontró la piedra quitada.
Corrida de la boca del sepulcro, que entre varios hombres costaba mover y que ella sola no habría podido.
Quitada.
Y dentro, el hueco oscuro.
Y el cuerpo no estaba.
Me lo contó ella misma, mucho tiempo después, una tarde, y me lo contó con estas mismas palabras pocas y rotas con que yo lo escribo, porque ella, como yo, no quería añadir ni una brizna de lo que no había visto con sus ojos.
La piedra, corrida.
El interior, abierto y vacío.
En el suelo, las telas de lino con que lo habían envuelto, caídas, como una crisálida rota.
Y el cuerpo no.
El cuerpo de él no estaba donde lo habían dejado dos noches antes.
No sé qué pasó.
Lo escribo con todas sus letras, despacio, para que conste para siempre, para el que lea esto dentro de los años que sea: no lo sé.
No sé qué pasó con el cuerpo aquella madrugada.
No sé quién corrió la piedra, ni cuándo, ni con qué fuerza, ni para qué […]
Aquí se interrumpe el rollo de Eliav. La frase queda sin terminar. El soporte está roto.