CAPÍTULO 3 · La fe de los que necesitan pruebas
La fe de los que necesitan pruebas
Rafael había llegado a la fe por el camino de las pruebas, que es el peor de todos para conservarla.
Había nacido en uno de esos pueblos del interior de Salamanca donde el campanario sigue marcando unas horas que ya no rige nadie, pueblos que se vacían despacio, como una clepsidra a la que nadie da la vuelta.
Su padre era el último herrero de una comarca que ya no necesitaba herreros y se había reconvertido, sin demasiada convicción, en arreglatodo de maquinaria agrícola; su madre llevaba la casa, el huerto y el rosario con la misma diligencia silenciosa.
En aquella casa de paredes gruesas y conversación escasa, Dios no era objeto de discusión sino de costumbre, como el frío en invierno o la siega en julio: algo que estaba ahí, que organizaba el año, que no se ponía en duda porque no se concebía el gesto de ponerlo.
La fe del pueblo no demostraba nada porque no le hacía falta demostrar nada. Estaba antes que la pregunta.
Rafael fue, desde muy pronto, el niño listo de la catequesis, el que recitaba el credo sin tropezar mientras los otros se atascaban en el tercer renglón, el que el cura viejo —don Anastasio, sotana verdosa de puro vieja y un latín que sabía mejor que el castellano— apartaba después de misa y miraba como se mira una herramienta cara que ha caído en manos torpes.
Fue don Anastasio quien le puso delante, a los doce años, una gramática latina y le dijo, sin ceremonia, que un chico con aquella cabeza no podía malgastarla apretando tuercas.
La vocación le llegó así, por esa puerta: tan heredada como elegida, tan suya como ajena, y nunca había sabido del todo separar las dos cosas ni le había hecho falta separarlas.
Era su primera contradicción, y la llevaba dentro desde antes de tener edad para reconocerla: no sabía si había escogido a Dios o si simplemente había sido el más dotado para un oficio que ya estaba esperándolo en el pueblo, encima de la cómoda, entre la foto de la comunión y la estampa de la Virgen.
Estudió en Salamanca, y estudió como quien huye hacia delante.
Tres carreras, las tres solapadas en los últimos años, con una resistencia al sueño que inquietaba a sus compañeros de seminario: Filología Clásica y Estudios Hebreos y Arameos en la universidad pública, Teología en la Pontificia, cruzando varias veces al día el río de calles que separaba los dos mundos como quien cruza una frontera entre dos países que fingen no conocerse.
No lo hacía por ambición de títulos.
Lo hacía porque quería leer los textos en su lengua y no fiarse de nadie.
Las traducciones le parecían, desde muy joven, una forma educada de mentira: alguien decidía por ti qué quería decir una palabra, y te entregaba su decisión disfrazada de evidencia.
Si Dios había hablado de verdad, había hablado en consonantes concretas, en una sintaxis concreta, en un estado de lengua que tenía fecha y lugar, y el deber de un creyente serio —pensaba Rafael con la intransigencia luminosa de los veinte años— era llegar hasta esas consonantes con sus propias manos, sin intermediarios, sin el biombo cómodo de una versión aprobada.
Aprendió a vocalizar el hebreo sin puntos.
Aprendió el arameo de los targumim y el de los documentos de Elefantina.
Aprendió el griego de los Setenta y el de los papiros de la basura de Oxirrinco.
Coleccionaba alfabetos muertos como otros niños preadolescentes coleccionan cromos, y por las mismas razones profundas: porque cada uno era una puerta, y porque tener la llave de una puerta que casi nadie sabía abrir le producía un placer que no se atrevía a confesar ni siquiera en la confesión.
Su fe, lo habría reconocido si alguien se lo hubiera preguntado con la suficiente brutalidad, no era mística.
Era arquitectónica.
No descansaba sobre una experiencia interior —jamás había sentido eso que los manuales llamaban consolación sensible, y había llegado a sospechar que no lo sentiría nunca, y a estar en paz con ello—, sino sobre garantías que podía enumerar como se enumeran las vigas maestras de un edificio: la literalidad de unos hechos ocurridos en un tiempo y un lugar, la cadena ininterrumpida de manos que iba de los apóstoles hasta el obispo que le había impuesto las suyas sobre la cabeza, la coherencia interna de un dogma que, examinado sin trampa, no se mordía la cola.
Creía que el cristianismo era verdad en el mismo sentido terco en que era verdad que Salamanca está al oeste de Madrid: un hecho comprobable, anterior a la opinión, indiferente al estado de ánimo del que lo comprueba.
Otros sacerdotes vivían de la presencia, del consuelo, de la cercanía cálida de un Dios que se deja sentir.
Rafael vivía de las vigas.
Le bastaba saber que estaban, calculadas y firmes, aunque no las viera; es más, le parecía que verlas habría sido casi una vulgaridad, una concesión a la debilidad de los que necesitan tocar.
Por eso lo habían orientado a la filología y no a una parroquia.
Un párroco que vive de las vigas y no del consuelo sirve de poco a una viuda que ha perdido a su hijo; pero un filólogo que vive de las vigas es exactamente lo que la Iglesia necesita en sus institutos científicos, donde el consuelo estorba y la precisión salva.
Y por eso, cuando el padre Amor —que había sido su profesor en Roma, su director de tesis, su valedor ante los tribunales que reparten los destinos— le propuso unirse a la campaña de Qumrán, Rafael sintió, con una emoción casi física, que por fin lo enviaban al lugar donde se guardaban los cimientos de todo.
No a hablar de la casa. A bajar al sótano y poner la mano sobre la roca.
***
Aquella primera noche, después del hallazgo de la tinaja, Amor lo retuvo en la sala común cuando los demás ya se habían ido a dormir.
Quedaban sobre la mesa larga los restos de la cena, una botella de arak mediada y el cono de luz amarilla de la única lámpara que el generador mantenía encendida a esas horas.
Fuera, el desierto era una masa negra y total; dentro, los lomos de los libros de la biblioteca del Instituto formaban una pared cálida, una segunda piel de papel que a Rafael siempre le había parecido el único lujo verdadero de aquel sitio austero.
—Has tenido cuidado con la fotogrametría —dijo Amor.
No era una pregunta. Servía arak en dos vasos pequeños sin haber preguntado tampoco si Rafael quería—.
Bien. La impaciencia es el pecado original de nuestro oficio.
Todos los desastres de la historia de esta disciplina han empezado con una mano que se adelantó a la cabeza.
—Aprendí del mejor.
Amor desdeñó el cumplido con un gesto de la mano larga, pero a Rafael no se le escapó que le había gustado.
El viejo tenía esa coquetería de los hombres muy seguros de su valía: despreciaba el elogio en el gesto y lo guardaba en el bolsillo.
Bebieron.
El arak bajó con su fuego de anís, y durante un rato no dijeron nada, que entre ellos era una forma de conversación tan válida como las palabras.
Rafael había pasado siete años bajo la tutela de aquel hombre y había aprendido a leer sus silencios casi mejor que sus libros.
Sabía cuándo el silencio de Amor era satisfacción, cuándo era reproche y cuándo —como esa noche— era cálculo, un trabajo subterráneo de la inteligencia que seguía funcionando, aunque el rostro estuviera en reposo.
—¿Sabes por qué te traje aquí? —dijo Amor al fin.
—Porque leo arameo a primera vista y casi nadie lo hace.
—Eso es lo que sabes hacer. No es por qué te traje.
—Hizo girar el vaso entre los dedos—. Te traje porque eres el único alumno que he tenido en cuarenta años que no quiere que los textos digan lo que le conviene.
Los demás, hasta los buenos, hasta los muy buenos, llegan al texto con una respuesta en el bolsillo y se pasan la vida buscando la pregunta que la justifique.
Tú no. Tú quieres saber qué pone, aunque ponga lo que no quieres que ponga.
—Lo miró por encima del vaso, y había en esa mirada algo que parecía orgullo y que tardaría en revelarse como otra cosa—. Es una virtud rarísima, Rafael. Y es, también, la más peligrosa de todas. Reza para no tener que usarla nunca a fondo.
Rafael se rio, creyendo que era una de las paradojas con que el viejo adornaba la sobremesa.
—¿De qué habría de servir una virtud que uno reza por no usar?
—De casi nada —dijo Amor, y ya no sonreía—.
Como el valor. El valor solo sirve el día que hace falta, y ese día siempre es un mal día.
—Apuró el vaso y se levantó con un crujido de articulaciones viejas—.
Descansa. Mañana abriremos el lino, y la tierra dejará de deberte misterios y empezará a cobrártelos.
Se fue por el pasillo hacia su cuarto, alto y blanco en la penumbra como una estatua que hubiera decidido caminar, y Rafael se quedó solo con la botella y con una inquietud pequeña, del tamaño de una china en el zapato, que no supo de dónde le venía y que atribuyó al arak.
***
—El problema de tu Instituto —dijo Tamar dos noches después, en el porche, con una cerveza tibia que la Casa de Santiago toleraba pese a su nombre— es que excaváis buscando confirmación.
—Excavamos buscando lo que hay.
—Eso es lo que decís en los congresos. —Estiró las piernas sobre la baranda de cañizo y echó la cabeza atrás para mirar el cielo, que en el desierto no es un techo sino un abismo invertido, una caída hacia arriba que da vértigo si se la mira demasiado—.
Pero un arqueólogo de verdad no excava buscando.
Excava esperando que la tierra le lleve la contraria.
Si no bajas al agujero dispuesto a que lo que encuentres te destroce la teoría con la que bajaste, no eres arqueólogo, padre. Eres un peregrino con paleta.
Rafael sonrió, porque le caía bien aquella mujer, aunque le incomodara, y había descubierto que esas dos cosas, lejos de excluirse, solían ser la misma. Tamar tenía el don —incómodo, valioso— de decir en una frase lo que a él le habría costado un párrafo y tres salvedades.
—¿Y a ti qué te ha llevado la contraria la tierra? —preguntó.
Ella tardó en responder.
Bebió, dejó la botella sobre el suelo de cemento con un golpecito seco, y cuando habló lo hizo sin dramatismo, en el tono llano con que se constata el precio de algo en el mercado.
—Todo, en algún momento. Pero si quieres una regla, te la doy gratis: cada texto que sacamos de aquí le cuesta a alguien la historia que creía.
Cada uno. No conozco una sola excepción en veinte años de oficio, el mío y el de mi padre antes que yo, que también escarbó esta misma costra.
Sacas una tablilla y se le cae el mito a un nacionalista.
Sacas un sello y se le cae la cronología a un profesor que lleva media vida defendiéndola.
Sacas un rollo —dijo, y volvió la cabeza muy despacio hacia él, sin levantarla del respaldo— y a lo mejor se le cae a alguien algo más grande que una teoría.
La gracia del oficio, la única, es no estar enamorado de ninguna de las historias.
Llegar al agujero soltero. —Hizo una pausa—.
Tú llegaste casado, padre. Se te nota desde Jericó.
Rafael no discutió.
Habría podido hacerlo —tenía argumentos, los tenía siempre, ese era justamente su problema—, pero comprendió que cualquier argumento confirmaría la acusación en lugar de desmentirla, porque solo defiende con tanto cuidado sus cimientos quien teme, en algún rincón sin luz, que puedan no estar tan firmes como dice.
Así que calló, y miró con ella el abismo invertido del cielo, y se acabaron las cervezas en un silencio que no era hostil.
Esa noche, en el catre estrecho de su cuarto, escuchando el viento raspar el cañizo del porche con un sonido de animal que ronda, Rafael pensó que se había pasado la vida entera queriendo tocar el suelo firme bajo los pies de su fe.
Quería el roce de la roca, la prueba sólida, el sótano calculado.
Y mañana, tal vez, cuando el lino cediera y el rollo hablara, lo tocaría por fin.
No se le ocurrió —no podía ocurrírsele todavía, porque hay cosas que solo se aprenden cayendo— que el suelo firme, cuando uno por fin lo toca después de buscarlo toda la vida, a veces no es el fondo de nada.
A veces es, simplemente, la tapa de un pozo.