CAPÍTULO 2 · La boca de la tierra #2
Sus dedos encontraron primero el frío de la piedra y luego, al fondo, una curva.
Cerámica.
El borde de una tinaja pequeña, de las llamadas de tipo cilíndrico, las mismas que habían custodiado los rollos célebres.
Estaba intacta, sellada, con la tapa encajada y un reborde de brea ennegrecida soldándola al cuello.
Rafael retiró la mano despacio.
El corazón le latía con una desproporción que le pareció indigna de un hombre de su edad y de su oficio, y se obligó a una respiración lenta, la que usaba antes de un examen difícil o de una homilía ante el obispo.
—No la sacamos hoy —dijo, más para sí que para Yusuf—. La sacamos bien.
Yusuf asintió con la cabeza, como ante una obviedad, y apagó el frontal por economía de batería.
La oscuridad volvió a la cámara, una oscuridad que la tinaja conocía tan bien.
***
El campamento se llamaba, medio en broma y medio en serio, la Casa de Santiago.
Lo había bautizado así el padre Tomás Amor más de veinte años atrás, cuando el Pontificio Instituto Bíblico de Roma decidió instalar una base permanente en aquel cruce de pistas entre las ruinas de Qumrán y el kibutz vecino, y desde entonces el nombre se había quedado, primero en el habla de los investigadores y luego en los membretes, en los permisos, en la rotulación pintada a mano sobre la puerta del comedor.
A nadie se le había ocurrido nunca discutirlo, y a muy pocos preguntar por él.
Santiago.
No Pedro, que habría sido lo previsible en una fundación romana; no Pablo, que habría sido lo natural en cualquier empresa misionera; no el nombre neutro de algún santo de calendario sin aristas.
Santiago, el hermano del Señor, el que había mandado en Jerusalén.
Cuando algún becario novato reunía el valor de preguntar por qué, Amor sonreía sin contestar, y aquella sonrisa que no respondía era, en realidad, su manera de responder a casi todo.
Rafael había preguntado, años atrás, siendo él mismo el becario. También había recibido la sonrisa.
Con el tiempo había dejado de creer que fuera una coquetería de erudito y había empezado a sospechar que era una advertencia, aunque todavía no sabía de qué.
La Casa de Santiago era una construcción baja de bloque encalado, con un porche de cañizo que daba sombra al lado oeste y un aljibe que recogía la lluvia que casi nunca caía.
Dentro había una sala común que hacía a la vez de comedor, de biblioteca y de sala de juntas, con una mesa larga llena de marcas de tazas y de discusiones; tres dormitorios estrechos; y, separado del resto por un pasillo y por una puerta que cerraba bien, el cobertizo de paredes dobles que mantenían a raya el calor y la humedad: la sala de conservación.
Era el corazón del lugar y el único sitio con aire acondicionado, no por comodidad de los vivos sino por exigencia de los muertos, porque el pergamino y el papiro y el lino antiguo son materiales rencorosos que no perdonan un golpe de temperatura.
Allí, tres días después, sobre la mesa de acero inoxidable y bajo la luz fría y sin sombras de los tubos especiales, Rafael depositó por fin lo que la tinaja había guardado.
No la tinaja entera —esa había quedado documentada, vaciada y referenciada con el cuidado de un parto—, sino su contenido: un cilindro de lino ennegrecido y rígido, del tamaño de un antebrazo de niño, endurecido por los siglos hasta parecer madera, con uno de los extremos cubierto por una costra oscura que olía, muy débilmente, a la misma brea que había sellado la boca de la jarra.
Dentro de aquel envoltorio había un rollo.
Se adivinaba al tacto, en la resistencia particular de las capas enrolladas, una resistencia que Rafael conocía de las prácticas con facsímiles pero que nunca había sentido en algo verdadero, algo que ninguna mano había tocado desde que otra mano, en otro siglo, lo había envuelto y escondido.
Se quedó mirándolo con las dos manos enguantadas suspendidas sobre él, sin atreverse a más.
—No lo toques con esa cara —dijo una voz desde la puerta—. Lo vas a preñar de expectativas.
***
Tamar Halevi tenía treinta y tres años, una camiseta gris de tirantes manchada de polvo de marga y la credencial plastificada de la Autoridad de Antigüedades de Israel colgada del cuello con un cordón descolorido, como quien lleva una placa de sheriff en un pueblo donde no se fía de nadie.
Era arqueóloga de campo, doctora por la Universidad Hebrea, y oficialmente figuraba en el proyecto como inspectora delegada; en la práctica era el ojo del Estado de Israel sobre una excavación que el Estado toleraba más que auspiciaba, porque el convenio con el Instituto venía de antes de que ella naciera y deshacerlo habría costado más papel y más diplomacia de lo que ningún funcionario estaba dispuesto a gastar.
Era empírica hasta la sequedad.
Tenía el humor afilado de los que han visto demasiadas certezas convertirse en notas a pie de página, y una alergia física, casi epidérmica, a cualquier frase que oliera a sermón.
Entró sin pedir permiso, como entraba a todas partes, porque la jurisdicción era suya y a ella le gustaba que se notara.
—No le pongo cara —mintió Rafael.
—Le pones la cara del que cree que la tierra le debe algo.
—Se acercó a la mesa, sacó el móvil y fotografió la escala junto al cilindro con la frialdad de un forense ante un cadáver más—.
Y la tierra no le debe nada a nadie, padre.
No es una caja fuerte con su herencia dentro.
Solo guarda lo que le metieron, y lo guarda igual de bien si es un evangelio que si es una lista de la compra.
Somos nosotros los que llegamos después a decidir que una cosa vale más que la otra.
—¿Y no vale más?
—Vale más para usted. —Guardó el teléfono—.
La gente baja a estas cuevas buscando que le confirmen lo que ya sabía, y se lleva a casa algo que le desordena el salón.
Lo he visto muchas veces. —Lo miró un segundo de más, con algo que no era del todo burla—.
Espero por usted que esta jarra estuviera vacía de significado y llena solo de cuentas de aceite.
Rafael no contestó, porque no tenía respuesta y porque había aprendido que con Tamar el silencio era preferible a una mala defensa.
Pero algo de lo que ella había dicho se le quedó prendido, como se queda una astilla, y volvería a dolerle mucho más tarde, cuando ya fuera tarde para sacársela.
Detrás de ella, sin que nadie lo hubiera oído llegar, había entrado el padre Amor, y la sala cambió, como cambian las salas cuando entra alguien que ha decidido, hace mucho, que su presencia es un acontecimiento.
Tenía sesenta y muchos años y se conservaba alto, apenas vencido por los hombros, con una melena blanca y abundante que se peinaba hacia atrás y unas manos largas, pálidas, de pianista que nunca había sido.
Era biblista de prestigio internacional, traductor de textos que otros no se atrevían a tocar, editor de ediciones críticas que se citaban en tres continentes, y tenía esa clase de autoridad que no necesita alzar la voz porque ha conseguido que el silencio de los demás trabaje para ella.
Había sido el maestro de Rafael en Roma.
Lo había distinguido entre todos sus alumnos, lo había apadrinado, lo había reclamado para aquella excavación cuando Rafael no era más que una promesa con tres carreras y ninguna obra.
Rafael le debía, sin exagerar, todo lo que era; y le quería con la mezcla difícil de gratitud y temor con que se quiere a un padre exigente.
Amor se acercó a la mesa sin prisa.
Miró el cilindro de lino durante un largo segundo, sin tocarlo, con la atención total y silenciosa de quien sabe leer un objeto antes de leer su contenido.
Después levantó los ojos hacia Rafael, y en aquella mirada había orgullo de maestro, el orgullo limpio del que ve a su discípulo llegar adonde él ya no llegará.
Y había, debajo, otra cosa, algo más hondo y quieto que Rafael no supo nombrar entonces y que aprendería a reconocer tarde, cuando ya tuviera nombre y rostro y consecuencias: una sombra de cálculo, el parpadeo instantáneo de un hombre que, antes incluso de saber qué contenía aquel rollo, ya estaba midiendo lo que podía costar que el mundo lo supiera.
Pero eso fue solo un instante. Después Amor sonrió, y su sonrisa era cálida, y posó una de aquellas manos largas en el hombro de Rafael con el peso justo del afecto.
—Bien —dijo—. Vamos a ver qué nos ha dejado el desierto.