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El día de la vista ella estaba en Toulouse, en su casa, y se enteró a la una y cuarenta por un mensaje de dos líneas.
Allanamiento. Restitución en treinta días. Fundación disuelta.
No estuvo en aquella sala, no la citó nadie, su nombre no consta en el acta y no había ninguna razón para que constara: no era parte, no era testigo y no era perito.
Seis años de expediente y catorce meses de señalamiento se resolvieron en cuarenta y un minutos en una habitación con moqueta de los noventa a la que ella no tenía por qué entrar.
Contestó: Me alegro mucho. Y era verdad.
La llamada la había hecho el 26 de octubre, de pie en la cocina, diez días antes.
Le contó lo del Aveyron y no le contó nada más: un photostat de marzo de 1937, con su papeleta de encargo pegada al dorso, en el que el folio 211 vuelto tiene veintiséis líneas y dos dedos de blanco debajo. Ni cueva, ni Egipto, ni códice. Cuatro minutos.
Rieutord le preguntó dos veces si la reproducción estaba certificada, le dio las gracias y colgó.
El patronato de la Fundación se reunió el 30.
Lo suyo llegó después y llegó por correo, que es como llegan las cosas.
La propuesta de resolución del expediente del Servicio de Patrimonio le llegó el 13 de noviembre.
Trece folios. Le imputaban una infracción por alteración de un bien del patrimonio arqueológico antes de la intervención administrativa, con la relación de los once actos que ella misma había reconocido en Aoiz.
Presentó alegaciones el 20, en cinco folios, y no negó nada.
Lo que hizo fue aportar: el cuaderno entero transcrito, las seiscientas doce fotografías con su hoja de metadatos, la planta acotada, la descripción de los tres objetos con sus medidas y su posición, y el registro de horas.
Y una frase, la única, que le costó dos días: que la totalidad de la información contextual conservada sobre ese hallazgo procedía de las horas que constituían la infracción.
La resolución se dictó el 4 de diciembre y archivó el expediente.
Concurrían, decía, la comunicación en plazo, la ausencia de ánimo de lucro, la reversibilidad de las alteraciones y el valor científico de la documentación aportada. Sin sanción. Con una advertencia formal que consta.
Y con el archivo, según el mismo escrito, quedaba expedito su derecho al premio previsto en la Ley Foral, en la parte que corresponde a la persona descubridora.
La tasación se le comunicó el 15 de diciembre.
Trescientos ochenta mil euros el conjunto. La mitad es el premio; el premio se reparte por mitad entre la descubridora y el titular del terreno, que es comunal.
Noventa y cinco mil euros.
Fue a la oficina el 18, un viernes, a las diez de la mañana. Es un edificio de la avenida Carlos III con un mostrador, una sala de espera con doce sillas y un número en una pantalla.
El impreso ya existía. Eso fue lo que más le sorprendió de todo el asunto: que hubiera un formulario para eso, con su casilla y su código, porque si hay formulario es que lo ha hecho alguien antes.
Renuncia al premio por hallazgo casual. Nombre, documento, expediente, cantidad, firma. Un párrafo para motivar y ella lo dejó en blanco, porque no era obligatorio.
Esperó veinticinco minutos con el número 47 en la mano. Delante de ella entraron un hombre con una carpeta de obras y una señora que iba a preguntar por una subvención de rehabilitación de una borda y que le contó a todo el mundo, en la sala, lo del tejado.
Cuando le tocó, la funcionaria leyó el impreso, se quedó tres segundos en la cantidad, y no dijo nada.
Firmó dos ejemplares. Le selló el suyo, le dio una copia y le dijo que la resolución de aceptación le llegaría en unas semanas.
Salió a la calle a las diez y veinte. Hacía frío y estaba nublado y no tenía nada que hacer hasta las dos.
Las once páginas las mandó el 9 de diciembre y se publicaron en marzo, en una revista de paleografía y diplomática que leen cuatrocientas personas y que se lee entera.
Se titulan con una pregunta: ¿Desde cuándo está la cláusula del folio 211v?
Dentro va lo que se puede probar y va todo lo que se puede probar.
La reproducción certificada del photostat de marzo de 1937, con su papeleta de encargo, mostrando el folio entero y el blanco vacío.
Las tres matrices de junio de 1949, con la referencia de la caja, del talonario y de la posición, y la advertencia de que la copia es suya y de que el original es consultable.
La transcripción del artículo de 1954. La tabla de las cinco divergencias congruentes contra los cuatro testigos publicados.
Y el certificado de autenticidad y procedencia de octubre de 1946, transcrito entero, con su fuente y con el nombre del firmante.
Es una consecuencia y no un adorno: si hay que sostener que un hombre pudo escribir siete líneas en un volumen en 1949, hay que decir qué clase de firma tenía ese hombre.
Le costó el apellido y no le dio nada.
Fuera de las once páginas queda todo lo demás.
No hay una sola línea sobre Egipto. No hay una sola línea sobre El Cairo, ni sobre una carta de 1946, ni sobre una fotografía de una cueva, ni sobre lo que hay dentro de un códice occitano que está en una caja de conservación de un almacén con humedad controlada a nombre del Gobierno de Navarra, ni sobre quién lo dictó, ni sobre quién lo escribió, ni sobre lo que ella entendió a cinco grados hablando sola.
Nada de eso se puede probar y por eso nada de eso está.
No lo explica en ningún sitio, ni en el artículo ni fuera de él, y nadie se lo pregunta, porque nadie sabe que hay algo que preguntar.
El 21 de diciembre, ordenando la caja de zapatos para meterla en un armario, sacó las cartulinas de marzo.
Cuarenta y una páginas del repertorio de un fondo, copiadas a lápiz en dos horas y media, con las cotas, los títulos y las fechas extremas. Es el único instrumento de descripción que queda de lo que había en aquellas cajas.
La segunda línea dice:
47 J 5-9. Notes de travail et transcriptions, s.d.
Notas de trabajo y transcripciones, sin fecha. Cinco unidades de instalación.
Ella se paró en esa línea, que en marzo había copiado sin mirarla.
Se sigue: que si en algún sitio del mundo quedó escrito lo que su abuelo sabía del códice —las dudas que no pudo enseñarle a nadie, las variantes, los años que le costó—, estuvo en cinco unidades de instalación descritas en once palabras por un archivero que no las abrió.
Consta: que ardieron en marzo. Y que la única razón por la que ella sabe que existieron es que aquella tarde tuvo dos horas y media y un lápiz.
Estuvo un rato con la cartulina en la mano y después la puso con las otras, por orden, y ató el paquete con una goma y lo metió en la caja.
Con Bea habló el día 22, por teléfono, catorce minutos.
Bea le contó lo de una perra que había parido nueve y le preguntó por lo del expediente, y ella le dijo que se había archivado.
—¿Y lo del dinero?
—Renuncié el viernes pasado.
—Vale.
—Bea.
—Que vale, Inés. Que no te voy a decir nada. —Se oía un motor de fondo—. ¿Vienes en Navidad?
—El 24 por la tarde.
—Muy bien.
—¿Estás en el coche?
—Estoy en el coche desde las siete.
Y hablaron cuatro minutos más de la perra y de un tío suyo, y se despidieron bien, y ninguna de las dos dijo una sola palabra sobre una casa de piedra de Uharte-Arakil que en enero seguía sin vender.
El 23 de diciembre por la mañana, en Toulouse, le llegó el correo de la resolución de aceptación de la renuncia, con un pdf sellado de una página.
Lo archivó en la carpeta del año, que era lo único que le quedaba archivado en algún sitio.
El informe externo que la comisión científica encargó en agosto llegó el 11 de febrero.
Son veintidós páginas de un paleógrafo de Barcelona que no la conoce y que ha hecho el trabajo bien. Confirma la colación de los cinco lugares, la da por establecida, y añade una sexta divergencia menor que ella había descartado en julio y que resulta que también cuenta.
Concluye que la cláusula presenta lecturas que no derivan de ninguno de los testigos publicados.
Con eso, el consorcio levantó la suspensión de la línea de trabajo y le restableció el acceso a las bases el 19 de febrero, y el coordinador la llamó por teléfono y estuvo muy amable durante diez minutos.
Ella le dio las gracias. Las once páginas estaban mandadas desde el 9 de diciembre y en pruebas desde enero.