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La vista estaba señalada desde mucho antes de la cueva.
Lo de octubre no abrió nada. Remató.
La sala tres del tribunal de Foix es una habitación con doce bancos, luz de tubo y una moqueta de los años noventa. A las nueve y media había diecinueve personas.
Los cuatro nietos, con su abogado. El mayor tiene ochenta y un años, se llama Robert, y aquella mañana llevaba una carpeta de plástico que no abrió en toda la sesión.
Por la otra parte, tres personas y maître Christiane Rieutord.
Cazenave estaba en el fondo, de paisano, con la carpeta de dentro sobre las rodillas, y no tenía nada que hacer allí: su expediente es penal y se instruye en otro sitio. Fue porque llevaba seis años.
Duró cuarenta y un minutos.
El abogado de la familia expuso doce, y expuso bien y sin una sola palabra de más: el inventario de vaciado del piso de noviembre del 43, el lote 41, la mención de las dos tablas flamencas en el acta de aportación de octubre del 48 con una procedencia declarada anterior a 1939, y el certificado de 1946 que sostenía esa fecha y que la propia Fundación había aportado.
Después se levantó Rieutord.
Habló cuatro minutos y medio y allanó la demanda.
Lo hizo en forma, con la fórmula entera, pidiendo que constara en acta que su representada reconocía la pretensión, renunciaba a discutir la procedencia declarada, se comprometía a la entrega material en el plazo de treinta días y asumía las costas.
No dio ninguna explicación. No pidió nada a cambio.
No hubo ni un adjetivo, ni una queja, ni una sola frase de las que se dicen para quedar bien, y cuando el presidente le preguntó si su representada se pronunciaba sobre el resto del inventario, contestó que la Fundación, en junta del 30 de octubre, había acordado su disolución y la cesión del conjunto de sus fondos a la administración competente, y que la documentación estaba a disposición del tribunal.
Cazenave lo apuntó y se quedó con el bolígrafo parado.
En el expediente que le pasaron después había, entre los documentos de la junta, una nota de tres líneas: que el presidente científico había presentado su dimisión el 2 de noviembre, con efectos inmediatos, sin expresar motivos.
Nadie lo mencionó en la sala y él no supo nunca por qué había sido.
Lo de los nombres fue al final. Los dijo el presidente y los escribió el secretario, porque va en el fallo y el fallo se firma.
Que las dos tablas se restituían a los herederos de Élie Vaz-Lartigue y Sarah Vaz-Lartigue , domiciliados en la rue Ferrère de Burdeos, de donde fueron detenidos el 10 de agosto de 1943 y desde donde fueron trasladados al campo de Drancy, y que constaba su fallecimiento en Auschwitz en septiembre de 1943.
Lo leyó del tirón, con la voz de leer un acta, en cuarenta segundos.
Robert Vaz-Lartigue estuvo esos cuarenta segundos con las dos manos encima de la carpeta de plástico y sin moverse. Cuando acabó, se volvió hacia su hermana y le dijo algo al oído, y ella asintió.
Rieutord recogió sus cosas la última, como recogen los que han perdido y no quieren que parezca que se van deprisa. En la puerta se apartó para dejar pasar a los cuatro hermanos, y al abogado de la familia le dio la mano.
Después bajó las escaleras sola y sin agarrarse a la barandilla.
Al salir, en el pasillo, Robert Vaz-Lartigue le dio la mano a Cazenave y le dijo que muchas gracias por los seis años, y Cazenave le dijo que no había sido nada, que era su trabajo, que es lo que se dice.
Lo penal iba por otro lado y llevaba tres semanas dándole vueltas al mismo papel.
Cuando el 19 de octubre se precintó la sede y se intervino la administración, el equipo se llevó doce cajas y dos discos duros, y en la carpeta de movimientos del ejercicio, entre un presupuesto de reparación de una caldera y un parte de la compañía de seguros, había un albarán de transporte del sábado 17.
Una hoja. Descripción genérica de dos piezas, sin número de inventario. Valor declarado a efectos de transporte, cuatrocientos euros. Destino, un taller de restauración de Andorra la Vella que existía. Firma, cargo y sello del administrador del patrimonio de la Fundación.
Y ninguna de las dos piezas estaba en la casa.
El transportista de Pamiers tardó veinte minutos en contarlo todo, y lo contó porque no tenía nada que ocultar: le habían dado un albarán con sello y él llevó dos bultos a una dirección.
Las piezas aparecieron el 4 de noviembre en un almacén, embaladas con papel de burbujas y cinta, y una de ellas con las esquinas sueltas.
Lo del incendio venía de antes y venía del seguro, que es de donde vienen estas cosas.
El peritaje contradictorio del cuadro eléctrico se practicó en junio, dos meses más tarde de lo que suele, porque los restos estuvieron ese tiempo en una nave.
Y dijo lo que dijo: que el cuadro había ardido, sí, pero desde fuera hacia dentro y no al revés, y que el foco estaba a cuatro metros y a la altura del suelo, entre dos hileras de cajas.
Con eso, la compañía dejó de pagar y empezó a preguntar, que es lo que hace una compañía, y a partir de ahí la instrucción tomó el camino que toma sola.
Aurélien Sentenac quedó a disposición judicial el 12 de noviembre por exportación sin certificado y falsa declaración en aduana, receptación y blanqueo, y por el incendio.
Por la escalera de un portal del barrio de la Madeleine no se le procesó nunca.
No hay testigos, no hay cámara en esa calle, el portero automático llevaba estropeado desde el otoño y no hay una sola huella que no pueda explicarse. Un médico escribió caída accidental en marzo de 2026 exactamente igual que lo habría escrito en 1948, y con eso se cerró.
Y del robo de un portátil en un despacho de la calle Bayard de Toulouse, en julio, no se abrió nunca una línea de investigación, porque nadie la pidió: hay un parte de la aseguradora, una franquicia de doscientos euros y una casilla de observaciones.
Lo de su propio expediente lo supo el 27 de noviembre y por escrito.
Es una observación de siete líneas firmada por su superior jerárquico.
Dice que en abril de 2026 transfirió a un tercero ajeno al servicio cuatrocientas páginas de documentación de un expediente en curso sin cobertura formal, y que en julio cursó una solicitud de acceso a favor de esa misma persona identificándola como persona cualificada sin que existiera ni requisición ni juramento.
Dice que se tiene en cuenta la relevancia del resultado obtenido.
Dice que se incorpora al expediente personal a los efectos oportunos.
No hay sanción. No hay expediente disciplinario. Es una hoja en una carpeta que va a estar ahí hasta que él se jubile y que no va a leer nadie nunca, salvo que algún día alguien tenga una razón para leerla.
Cazenave la firmó de enterado, la escaneó y la archivó él mismo, porque las cosas se archivan.
Aquella noche, en el coche, de vuelta a Nanterre, se puso a contar cuadros.
En veintiséis años había devuelto cuatro cuadros. Uno a un señor de Metz. Dos a un museo de Praga. Y el cuarto a una sociedad de gestión de herencias de Ginebra, que mandó un mensajero.
Ahora eran seis, y las dos últimas se las había entregado a un hombre de ochenta y un años que se dio la vuelta en un banco de madera para decirle algo al oído a su hermana.
Puso la radio y la quitó a los dos minutos, y condujo las seis horas en silencio.