El Evangelio de las Cenizas 85
97%

85

La recibió a las nueve de la mañana en la misma habitación de la calle Ozenne, y esta vez no le dijo de cuánto tiempo disponía.

En noviembre aquel despacho tiene otra luz. La ventana da al este y a las nueve entra el sol entero, y en marzo el montón de separatas de la mesa estaba atado con una goma y ahora estaba metido en cuatro carpetas de gomas rotuladas a mano.

—Doctora.

—Profesor.

—Siéntese. He hecho café.

Ella dejó encima de la mesa una carpeta de anillas y la abrió, y expuso en once minutos, de pie, sin adjetivos y sin una sola palabra de más.

Uno. Reproducción certificada conforme al original de un photostat de marzo de 1937, con la papeleta de encargo pegada al dorso, del folio 211 vuelto: el folio entero, los cuatro márgenes, la foliación antigua legible, la deposición del tejedor completa, y debajo dos dedos de blanco sin nada escrito.

Dos. Copia manuscrita de tres matrices de bulletin de communication de junio de 1949, con la referencia de la caja, del talonario y de la posición de cada una: el mismo volumen pedido los días 13, 17 y 18, con la firma y el nombre del lector.

Tres. Fotocopia del segundo párrafo de un certificado de autenticidad y procedencia de octubre de 1946, y transcripción del tercero.

Cuatro. La tabla de las cinco divergencias congruentes.

Y después dijo lo que había ido a decir, y lo dijo mirándolo.

—Le propongo una cosa. Usted se retira de la presidencia científica de esa fundación y deja de defender en público la autenticidad de la cláusula. Y yo publico la falsificación y no publico el certificado de 1946.

Eychenne se quedó con la taza a media altura.

—O sea, que ha venido usted a extorsionarme.

—He venido a ofrecerle un trato. Usted verá cómo lo llama.

—Lo llamo por su nombre, doctora, que no es un insulto: es una descripción. —Dejó la taza—. ¿Puedo ver los papeles?

—Para eso los he traído.

—No: le pregunto si puedo verlos como se ven las cosas. Con tiempo.

—Todo el que quiera.

Se levantó, corrió media hoja del visillo para que el sol no diera en la mesa, y trabajó una hora y cuatro minutos.

Empezó por el photostat y estuvo con él veintiséis minutos.

Se puso las gafas de leer y encima, para el detalle, una lupa de mango que sacó del segundo cajón.

Lo miró de frente, lo miró a rasante levantando la hoja hacia la ventana, lo puso derecho y torcido.

Midió con una regla dos veces: el alto de la caja de escritura y el blanco de abajo.

Contó los renglones en voz baja, con el dedo en el aire, y llegó a veintiséis.

Buscó la foliación en el ángulo y la tuvo tres minutos debajo de la lupa.

Le dio la vuelta y leyó la papeleta pegada al dorso, y volvió a la cara buena, y otra vez al dorso.

Después se levantó, fue a la tercera estantería, bajó un volumen de la edición crítica de 2011, lo abrió sin buscar la página, y comparó la transcripción impresa con lo que tenía delante línea por línea, con el índice sobre el papel.

En un momento dado dijo, para sí y sin levantar la cabeza: «El mismo folio.»

Con las tres matrices copiadas a mano estuvo veinte minutos, y esos fueron los peores de la mañana, porque no se puede comprobar la letra de nadie sobre una copia y él lo sabía y ella también, y lo que estuvo mirando durante veinte minutos fue una cosa que no probaba nada por sí sola.

Con el segundo párrafo del certificado, cuatro minutos. Con la tabla, catorce.

Al final apiló las cuatro cosas en el orden en que las había leído, con el photostat encima, y se quitó las gafas.

—Bien.

Se pasó las dos manos por la cara, una vez, y las dejó encima de la mesa.

—El folio de 1937 es bueno. No es un recorte, no es otro folio y no es una reproducción posterior con una papeleta puesta encima: la papeleta está encolada con la cola de la casa y el papel del photostat es de los que se usaban entonces.

Y muestra el blanco entero, que es lo único que importa y que es lo que usted ha tenido la inteligencia de exigir.

—No lo exigí yo. Estaba así.

—Entonces tuvo suerte, que también hace falta. —Se quedó un momento—. Con eso, la cláusula se escribió entre marzo de 1937 y 1954. Y en 1954 la transcribió, con su folio, un hombre que había pedido ese volumen tres días de junio de 1949.

—Sí.

—Y sus cinco divergencias dicen que quien la escribió tenía delante un testigo que no está publicado. —Asintió despacio, dos veces—. No hay ninguna otra explicación que se sostenga. Le he estado buscando una durante una hora y no la hay.

Y entonces vino lo otro, que duró veinte minutos y que ella no le había pedido.

Le contó cómo se sostiene una cosa así durante setenta años, y se lo contó desde dentro, que es como no lo cuenta nunca nadie.

Le dijo que en un campo pequeño casi nada se comprueba, y no por dejadez: porque no hay manos.

Que el que trabaja sobre una comarca del siglo XIII tiene delante ochenta mil folios y una vida, y que si tuviera que ir al original de cada cosa que cita no publicaría nunca.

Que por eso se cita de la edición, y la edición cita del artículo, y el artículo citó del folio, y el que fue al folio se murió en 1971.

Que él lo leyó por primera vez a los veintitrés años, en una separata que le dio su maestro.

—Y mi maestro lo había conocido. Vino a esta ciudad de estudiante, se quedó dos noches en su casa y comió con su familia. Y me lo contaba: que era el hombre más generoso que se había cruzado en la carrera, y que le contestó a una carta de un desconocido con ocho folios.

—¿Y usted no lo conoció?

—Yo tenía dieciséis años cuando se murió.

Se levantó, anduvo hasta la ventana y se quedó de espaldas.

—En 1996 estuve tres días en París trabajando en esa serie. Tenía delante el volumen y tenía delante mi propio capítulo a medio escribir. Y esa cláusula ya me pareció rara entonces, doctora: rara de posición, rara de contenido, rara de todo. Estuve una tarde con ella.

—¿Y qué hizo?

—Pedí el siguiente volumen.

Volvió a la mesa y se sentó.

—Mi libro salió en 1998. En la página doscientos cuarenta y uno hay una nota que dice, y se la digo entera porque me la sé: sobre este testimonio, del que se ocupó Sarremejane 1968, no se ha planteado hasta hoy ninguna duda de autenticidad.

Se quedaron los dos callados.

—No se ha planteado —dijo él—. En pasiva. Y la pasiva la escribí yo con veinte años de oficio, dos años después de estar una tarde delante de esa página con la duda encima de la mesa.

Inés no dijo nada, que fue lo mejor que hizo en toda la mañana.

—Su trato no lo acepto —dijo Eychenne—. No porque no me convenga: porque no se aceptan tratos sobre estas cosas y porque usted no debería haberlo ofrecido, y a los cuarenta y dos años ya se sabe.

—Ya lo sé.

—Publique las dos cosas. La cláusula y el certificado. El certificado sobre todo, que es lo que le va a costar a usted, y no a mí.

—El certificado hunde a la Fundación.

—El certificado hunde a un hombre que lleva cincuenta y cinco años muerto y a una fundación que tenía que haberse disuelto en 1949. —Se levantó—. Yo dejo la presidencia esta semana y se lo comunico al patronato por escrito, y no voy a decir por qué, y eso es asunto mío y no suyo.

La acompañó a la puerta y le abrió él.

En el descansillo, ya con la mano en el picaporte, le preguntó una sola cosa más, con auténtica curiosidad de investigador y sin ninguna otra intención.

—¿Dónde lo tuvo? El códice, quiero decir. Veintidós años. ¿En su casa?

—No lo sé —dijo Inés—. Eso no lo sabe nadie.

—Alguien lo sabía.

—Sí.

Eychenne asintió, le dio la mano y cerró la puerta, y ella bajó los tres pisos a pie porque el ascensor de aquella casa hay que llamarlo con una llave.