El Evangelio de las Cenizas 84
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De las dos pilas del frontal principal, las dos gastadas. Del de repuesto, quedaba lo que quedaba y ya iba en la reserva amarilla. Del termo, nada desde la tarde del domingo. De la comida, un envoltorio y dos cortezas de pan que se había guardado y no se había comido.

Del cuaderno, cuarenta y una hojas escritas por las dos caras.

En la sala de fuera tenía una bolsa de plástico con cierre, de las grandes, dentro de otra, cerradas las dos, y se la llevó, porque eso no se deja en un sitio así.

Cuarenta y tres horas a cinco grados no matan a nadie que esté vestido y no matan a nadie que se mueva.

Lo que hacen es lo otro: los dedos van con retraso sobre lo que uno les manda, se pierde el habla si no se ha hablado, y se pierde el hambre, que es lo peligroso, porque se deja de comer sin notarlo.

Al salir del gateo le costó la vertical y le castañetearon los dientes durante veinte minutos seguidos. Fuera había siete grados, sol de mañana y escarcha en la hierba, y se sentó al sol con la espalda en la peña y estuvo media hora sin hacer nada más que estar al sol.

Después subió al cordal, que le costó una hora y cuarenta en vez de cincuenta minutos.

A las nueve y veinte, en la loma, el teléfono cogió dos rayas.

Llamó al 112 a las nueve y veintitrés.

Dijo lo que hay que decir y lo dijo en el orden en que se dice: que era un hallazgo casual, que había restos humanos, que estaba en el monte y sola, que daba las coordenadas, y que llevaba dentro desde el sábado a mediodía.

—¿Está usted herida?

—No.

—¿Ha tocado algo?

Y ahí hubo un silencio de dos segundos en una loma a mil cuatrocientos treinta metros.

—Sí.

Bajó al rellano a esperar, porque el que avisa se queda.

La primera pareja de la Guardia Civil llegó a las dos y veinte de la tarde, andando, con una mochila y sin haber comido; les había costado tres horas y veinte desde donde se acaba la pista, y uno de los dos había subido a aquellos montes de crío.

Le dieron agua, le preguntaron cómo estaba y la miraron con la linterna las pupilas, que es lo que se hace.

A las cinco llegaron otros tres y una técnica del Servicio de Patrimonio, y a las siete se decidió lo que se decide siempre en estos casos, que es no tocar nada de noche.

Precintaron la boca con una cinta atada a dos piquetes y al enebro, y dos hombres se quedaron arriba, y a ella la bajaron.

La bajada duró cuatro horas y llegaron a la carretera a las once y veinte de la noche.

El martes 20 subieron doce personas: el equipo de la científica, la técnica del Servicio, un arqueólogo del Gobierno de Navarra, el médico forense, el secretario judicial y la magistrada de instrucción de Aoiz, que tenía cincuenta y tantos años y que hizo el gateo la primera y sin decir nada.

El forense tardó cuarenta minutos en decir en voz alta lo que ya sabía todo el mundo, y lo dijo con la fórmula: que por el estado, la posición y el contexto, los restos no eran de interés medicolegal y que se levantaba el secreto de la actuación penal para que aquello pasara a ser lo que era, que es un yacimiento.

A partir de ahí ya no era un asunto de la magistrada. Pasó a serlo del Servicio de Patrimonio, del régimen de bienes de dominio público foral y de un expediente administrativo.

Y a partir de ahí también empezó lo suyo.

La declaración se la tomaron el miércoles 21 por la mañana, en Aoiz, en una sala con dos mesas y un radiador, y la tomó un instructor de cincuenta años que estuvo tres horas y que fue correctísimo.

Empezó por lo fácil.

Cómo llegó al sitio. Ella lo contó entero, sin ahorrarse nada: la fotografía de su abuela con la fecha detrás, el nombre de una casa de Orbaizeta, cuatro días de bases de datos, y una conversación en una cocina con una mujer del valle.

El instructor lo apuntó todo y no preguntó por la conversación.

Después vino el plazo, y ahí fue exacto.

—Usted entra el sábado a las doce treinta y ocho.

—Sí.

—Y comunica el lunes a las nueve veintitrés.

—Sí.

—Cuarenta y cuatro horas y cuarenta y cinco minutos. Dentro de las cuarenta y ocho. La comunicación es correcta y así consta.

—Sí.

—Y ahora dígame por qué estuvo cuarenta y tres horas dentro.

Se lo explicó: que documentar no está prohibido, que el plazo de cuarenta y ocho horas existe precisamente para eso, que un hallazgo sin contexto no vale nada y que ella había levantado planta, medidas, fotografía y descripción de todo lo que había allí, y que había un momento en que salir habría sido peor que quedarse, porque no había cobertura y porque volver eran once horas.

—Todo eso es cierto y no está en discusión —dijo el instructor—. Documentar no la incrimina en nada. Lo que la incrimina es tocar.

Y a partir de ahí fue una hora larga y fue por objetos.

Que si movió la lata. Sí. Que si la abrió.

Sí. Que si sacó lo de dentro. Sí, cuatro hojas, con guantes, y las volvió a meter.

Que si desató el envoltorio de cuero. Sí.

Que si manipuló el códice. Sí, hoja por hoja, con guantes, durante dos horas.

Que si levantó el tercer bulto de su sitio.

Sí. Que si tomó muestras. No. Que si extrajo algo de la cavidad. No.

—¿Sabía usted que no se puede tocar?

—Lo sabía.

—¿Antes de entrar o después?

—Antes de entrar.

El hombre apuntó aquello y siguió.

—En su mochila había cinta de balizar y un rotulador de marcaje.

—Sí.

—¿Los compró para esa excursión?

—Sí.

—¿En qué fecha?

—El viernes 16.

—O sea, el día antes.

—El día antes.

—Y entonces usted subía sabiendo que podía encontrar un yacimiento.

—Subía sabiendo que podía encontrar algo.

—Doctora, con todo el respeto: la cinta de balizar no se compra por si acaso. Se compra el que va a delimitar.

Y ella no tenía ninguna respuesta buena, así que dijo que no, que no la tenía.

Lo demás se lo explicó él, en su jerga, mientras la secretaria escribía.

Que se abría diligencia por posible infracción de la Ley Foral de Patrimonio, por alteración de un bien integrante del patrimonio arqueológico antes de la intervención de la Administración competente.

Que el expediente lo instruiría el Servicio y que la propuesta de resolución podía tardar meses.

Que la sanción, si la había, sería económica y de las de tramo medio.

Que los bienes eran de dominio público foral desde el momento del hallazgo. No de ella, no del ayuntamiento, no de nadie: del pueblo de Navarra, y desde el minuto en que aparecieron.

Y que a la descubridora le corresponde un premio en metálico equivalente a la mitad del valor que se le asigne al hallazgo en la tasación, y que esa mitad se reparte a partes iguales entre quien lo encuentra y el propietario del terreno, y que el terreno era comunal.

—Un cuarto para usted —dijo—. Y le adelanto una cosa, porque me la va a preguntar el jueves su abogado si tiene abogado: ese premio se pierde si en el expediente se acredita incumplimiento. Y usted acaba de reconocerme once actos de manipulación.

—Ya.

—Aunque la tasación va a ser alta.

—¿Alta?

—Ahí dentro hay un códice del siglo XIII entero, señora. Yo llevo veinte años en esto y he visto tres, y los tres estaban en sacristías. Eso, con contexto arqueológico cerrado y dos individuos asociados, es de lo que se ve una vez.

Inés estuvo un rato mirando el radiador.

—Sí —dijo—. Eso vale mucho.

Firmó las nueve hojas del acta a las dos menos cuarto y salió a la calle.

Tenía el coche en Garralda, a veintitrés kilómetros, y no tenía cómo llegar, y estuvo cuarenta minutos en la parada del autobús con la mochila entre los pies.

Dentro de la mochila iba todo lo que le quedaba de aquello: un cuaderno de anillas con cuarenta y una hojas escritas por las dos caras, una tarjeta de memoria con seiscientas doce fotografías, y la caja de zapatos, que la llevaba consigo desde junio y que se había subido a Aezkoa por costumbre.

La cueva estaba precintada. El bloque estaba en una caja de conservación, en un almacén con humedad controlada, a nombre del Gobierno de Navarra.