El Evangelio de las Cenizas 83
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Lo del forastero lo preguntaron dos veces y se acabó a la segunda.

El capellán, el jueves, mientras contaba el cesto de hongos: que qué había sido del ciego.

—Se fue.

—¿Adónde va a ir un ciego?

—A Santiago. Lo bajó un pastor hasta el camino de abajo y allí se junta uno con quien sea. Iba desde el año pasado y con esto se ha puesto bueno.

El capellán dijo que Dios lo llevara, y apuntó en el libro, en la línea de las salidas de mayo, que el pobre acogido en noviembre se había ido, porque lo que come un hombre en siete meses también se apunta.

La mujer del molino lo preguntó en junio y le contestó lo mismo con las mismas palabras, porque una historia que se cuenta dos veces igual es una historia y una que se cuenta dos veces distinta es un problema.

Y ya nadie volvió a preguntar, porque un forastero que se va es lo más normal que hay.

Lo otro no era eso. Lo otro era el ganado.

En mayo subieron los primeros rebaños al hayedo alto y en junio subió el resto, y allí arriba se está de junio a septiembre, y los que están allí arriba duermen donde pueden: en las chozas, en las bordas de piedra seca, debajo de una peña y en la cueva.

En la cueva han dormido siempre. Los pastores viejos dormían en la cueva. Los chicos de los rebaños, cuando les pilla la niebla, duermen en la cueva.

Y un chico de quince años que se mete en una cueva con una tea y ve un agujero al fondo, pasa el agujero, porque tiene quince años.

La primera vez lo dijo en el corral, a mediados de mayo, delante de dos criados y de un chico del rebaño de arriba que había bajado a por sal.

Estaban hablando de dónde había agua en la ladera y de qué fuentes se secan en agosto, que es de lo que se habla en mayo. Ella dijo lo de la fuente del segundo rellano, que no se seca nunca, y dijo que en la cueva de más abajo hay leña y hogar y se duerme bien, y dijo, seguido y sin parar:

—Del lado de acá. Pasada la angostura no, que ahí hay dos muertos.

—¿Dos muertos de qué?

—De las guerras. Los subieron y los dejaron.

Y siguió con lo de las fuentes.

El chico no dijo nada y uno de los criados dijo que él eso no lo había oído nunca, y ella dijo que se lo había dicho un pastor viejo del otro valle, y aquello se quedó ahí.

La segunda vez fue quince días después y no le hizo caso nadie.

La tercera fue en la cocina, a primeros de julio, con el capellán delante, y el capellán preguntó si eran de la guerra del rey viejo, y ella dijo que ella qué iba a saber, que de las guerras, y el capellán dijo que en aquellos montes había habido de todo y se puso a contar una cosa de su pueblo.

La cuarta la dijo en la puerta del molino.

La quinta, a una mujer que subía con dos críos a llevarle la comida a su marido, y a esa se lo dijo de otra manera, porque a una madre no se le dice que hay muertos: se le dice que allí dentro el aire está malo pasada la angostura y que los críos no pasan.

La sexta, a un arriero que iba de camino y que no iba a subir en su vida a aquella cueva.

Y así todo el verano, entre una cosa y otra, sin ponerse nunca a explicarlo y sin decirlo dos veces en la misma conversación, que es lo que hace que una cosa se quede: decirla como se dice que el agua del pozo de arriba es mala, sin argumentos, sin insistir y sin que parezca que a uno le va nada en ello.

Una vez se lo discutieron.

Fue un hombre del valle de al lado, en la feria de agosto, que la oyó decírselo a otro y que se metió: que él había subido a aquella cueva de crío con su padre y que allí dentro no había ningún muerto, y que él había pasado el agujero y había mirado, y que no hay nada, y que eso son cuentos de mujeres.

Otsanda dijo que bueno.

No dijo nada más. No le preguntó cuándo, ni con qué luz, ni hasta dónde había llegado. Un hombre que discute en una feria no discute contigo: discute delante de cuatro. Si se le contesta, se está media hora; si se le dice que bueno, a los dos minutos está hablando de una mula.

A los dos minutos estaba hablando de una mula.

Y en octubre, aquel mismo hombre, cargando en la misma feria, le dijo a un chico que pasada la angostura no se duerme.

Nunca dijo lo otro.

Nunca dijo que allí arriba había un libro, ni que lo había escrito ella, ni que las hojas eran de las pieles de aquella casa, ni el nombre del hombre, ni de dónde venía, ni lo del castillo de la montaña, ni una sola palabra de las ciento veintiocho hojas que había copiado durante cuatro meses y medio en un cuarto sin ventana.

Eso no lo contó nunca a nadie, y no por miedo, o no solo: porque una cosa contada se cuenta otra vez, y a la tercera vez ya es otra cosa, y a la cuarta hay alguien subiendo a mirar.

Lo que sí contaba se lo podía contar cualquiera al que se lo contaran, y se lo podían contar mal, y daba igual.

En agosto se lo oyó a un criado.

Estaban en la era y el criado se lo estaba diciendo a otro, discutiendo por dónde bajar unas ovejas, y lo dijo así: que por arriba no, que hay que dormir en la cueva y que en la cueva, pasada la angostura, no se duerme.

—¿Y eso?

—Que hay muertos.

—¿De cuándo?

—De las guerras.

Otsanda estaba a seis pasos, aventando, y siguió aventando.

Y en septiembre pasó lo último, y fue un chico de trece años que bajó con el ganado y que le trajo un recado del pastor de arriba.

Le dijo el recado. Y después, mientras se comía un trozo de pan, le contó, como quien cuenta una cosa que sabe todo el mundo, que ellos habían dormido cuatro noches en la cueva por la niebla, y que él y otro habían mirado el agujero del fondo con una tea y que no habían pasado.

—Muy bien —dijo ella.

—Es que ahí hay dos muertos.

—Eso dicen.

—Mi tío dice que son tres.

Otsanda se quedó un momento con el cesto en la cadera.

—Serán tres —dijo.

Y le dio otro trozo de pan, y le preguntó por las ovejas de la casa, que eran diecinueve y le importaban, y el chico le dijo que iban bien y que se había muerto una de una picadura.

Aquel otoño el capellán la puso a copiar en limpio el cuaderno del año, como todos los otoños.

Otsanda escribió las entradas del granero y las salidas, las cabezas, los nacidos, los muertos y las pieles, y en la relación de pieles de aquel año puso lo que había puesto en el borrador, que era lo que había ido poniendo mes a mes: treinta y tres perdidas, con su fecha y su razón.

El visitador había bajado en junio, se había quedado tres días, había comido en la mesa y había mirado el ganado y los libros, y no había dicho nada de las pieles, porque el que baja de la casa grande a una granja mira si el número de arriba y el número de abajo son el mismo, y lo eran.

Ella siguió en aquella casa. Escribía de tres a seis, en la mesa del rincón, con la ventana a la espalda.

Aquel invierno le dieron una saya nueva y un par de zapatos, que era lo que se daba a los de dentro por Navidad, y el capellán la mandó dos veces con las cartas hasta el pueblo, que es una cosa que no se manda hacer a cualquiera.

En marzo cumplió veintitrés años.

En el arca de su cuarto, debajo de la ropa, seguían el punzón, la tira de cuero que le había sobrado y un cuadernillo de cuatro hojas en blanco, de las que preparó en el pajar, que le quedaron de más y que no devolvió.