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En abril empezaron a preguntar por él.
Primero el de las bestias, que quiso saber si el forastero se iba con el buen tiempo.
Después la mujer del molino, que le dijo a Otsanda, con toda la buena intención, que un hombre que no come carne ni queso ni huevo o está enfermo del estómago o ha hecho una promesa muy gorda, y que cuál de las dos.
Y en la última semana de abril, el capellán dijo en la mesa, sin mirar a nadie, que en junio bajaba el visitador del puerto a ver el ganado y los libros, y que se quedaba tres días.
Un visitador de la casa grande es un hombre que come en la mesa, duerme en la sala y anda por el corral tres días con los ojos abiertos.
Guiraut se lo pidió el 2 de mayo.
Se lo pidió sentado en el poyo, con las manos en las rodillas y la cara vuelta hacia la puerta, que era hacia donde se volvía siempre.
—Súbeme.
—¿Adónde?
—Adonde bajé.
Y después dijo lo otro, en la misma voz y sin subrayarlo:
—Y llévalo. Que se quede allí conmigo.
Otsanda no contestó aquel día ni al siguiente.
Contestó el jueves, mientras contaba pieles en el corral, y contestó dos cosas: que subían el lunes por la mañana, y que llevarían pan para cuatro días.
Aquella noche hizo las cuentas de lo que hay que llevar, que es lo que sabe hacer.
Pan para cuatro días, sal, una orza pequeña de aceite, habas, dos mantas, el odre, una cuerda de dos brazas, la yesca. El libro envuelto en el cuero de vaca que había pedido para una silla. Y la ropa de él, que no era ropa: era lo que le habían dado en aquella casa en siete meses.
Y aquella noche también, mientras ataba el fardo, pensó las dos cosas que pensó, y las pensó seguidas y en el mismo tono, y no eligió entre ellas.
Que un hombre ciego que se muere abajo se muere en una casa, y en una casa se avisa al cura, y el cura pregunta de dónde es y de qué murió y por qué no comía carne, y en el arca de aquel cuarto hay ciento veintiocho hojas escritas en romance que ella ha copiado de su puño y que ella ha pagado con treinta y dos pieles y con el aceite de la lámpara de la capilla.
Y que él se lo había pedido.
Las dos son verdad y las dos estaban allí a la vez, y en ningún momento de aquella noche, ni de la subida, se puso a separarlas.
Salieron el lunes 8 antes de que aclarara.
Tardaron dos días en hacer lo que se hace en uno largo.
Él andaba con la mano izquierda en el hombro de ella y con el palo en la derecha, y ella iba diciendo el suelo en voz alta —piedra, raíz, sube, baja, agua—, que es lo que le había oído contar del chico del que él hablaba a veces y del que no decía el nombre más que cuando estaba con fiebre.
Pararon veinte veces el primer día.
Un ciego no anda despacio: anda a tirones.
Da doce pasos buenos y al trece pone el pie donde no hay suelo y se le va el cuerpo, y el que lo lleva del hombro tiene que aguantar ese peso entero de golpe y sin avisar.
A media mañana ella ya tenía el hombro izquierdo dormido y a mediodía llevaba el fardo en el derecho y a él en el otro brazo.
En las cuestas iba delante, de espaldas, tirándole de las dos manos.
En los arroyos lo metía ella primero y se quedaba en medio con el agua por la rodilla.
Y una vez, en un tramo de hayedo con hojarasca, se cayeron los dos y estuvieron sentados en el suelo un rato largo, y él se rio.
Durmieron en un raso, con las dos mantas encima y la espalda contra una peña.
El segundo día llovió por la mañana y escampó, y a la tarde, en la última subida, él tuvo que parar cada treinta pasos, y en dos de esas paradas se sentó en el suelo y le costó levantarse.
Llegaron al rellano con la última luz.
La boca estaba detrás de un enebro que a ella le llegaba al pecho, y dentro había ocho o nueve pasos de sala, un hogar de piedra a la derecha y una hornacina a la izquierda con la leña que había dejado él siete meses antes.
Encendieron. Comieron pan y habas. Durmieron los dos en la sala de fuera, cada uno con su manta, y él tosió menos que en el camino.
Al día siguiente por la mañana pasaron el agujero.
Eso fue lo peor de todo el viaje y duró casi una hora.
Ella pasó primero con la yesca y con el candil y volvió a salir a por él.
Un hombre que no ve no sabe cuánto le falta ni por dónde baja la piedra, así que hay que hacerlo por delante y por las manos: ella se metió de espaldas, con los pies por delante, tirándole de las muñecas y diciéndole en voz alta cuántos codos quedaban, y él avanzaba con la cara pegada a la arcilla y sin quejarse.
En el punto estrecho se quedó atascado por el hombro derecho y estuvo un rato largo sin poder ir ni para delante ni para atrás, y ella le dijo que soltara el aire y él soltó el aire y pasó.
Dentro se pusieron los dos de pie y él se quedó parado, con las dos manos abiertas, oliendo.
—Aquí es.
—Aquí es.
En la pared de la derecha, en el suelo, contra la roca, había un montón de piedras del tamaño de un hombre tumbado, y algunas se habían movido hacia los lados.
Y en la pared, a la altura de la rodilla, hay un hueco con una losa plana y seca, y encima de la losa había un bulto oscuro del tamaño de un pan grande, con el cuero de las tapas doblado hacia atrás.
Otsanda se agachó y lo tocó con dos dedos.
Estaba frío y estaba duro, y por el canto no tenía hojas: tenía una superficie continua, lisa, con unas líneas dentro como las de una laja. Metió la uña por donde tendría que abrirse y no se abrió.
Lo dejó donde estaba.
Después sacó el suyo del fardo.
Puso el libro al lado, envuelto en el cuero de vaca, y lo ató con las dos tiras y con el nudo que hacía su padre para las escrituras que iban de un sitio a otro, que es un nudo que aprieta más cuanto más se tira y que se suelta de un golpe si se sabe por dónde.
Lo dejó bien puesto, contra la pared, con el lomo hacia dentro.
De lo que hicieron y hablaron aquella mañana no queda nada escrito, porque allí dentro no se puede escribir: no hay dónde apoyar, no hay luz que aguante y las manos no valen a esa temperatura.
Le dejó las dos mantas, el pan de cuatro días, el odre lleno, las habas, la orza, la yesca, un cuenco y un cuchillo de la casa, y le puso todo a la derecha de donde se sentó, y le fue diciendo dónde estaba cada cosa, y él repitió el orden en voz alta dos veces para aprendérselo.
Después le dijo que se iba.
Él dijo que sí, y le dijo lo que le dijo, que fueron dos frases, y ella contestó a la primera y a la segunda no.
Salió a gatas por el agujero empujando el fardo vacío.
Fuera era mediodía y hacía sol, y por la ladera había hierba nueva y estaba entrando el ganado de otro valle, que se oía abajo.
Bajó por donde habían subido y bajó deprisa, porque sola se anda al triple, y llegó a la granja el miércoles a media tarde, con dos días de retraso sobre lo que había dicho, y a nadie le extrañó, porque había dicho que iba a por hongos de primavera y traía un cesto lleno que cogió en la última hora.