El Evangelio de las Cenizas 81
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Dentro no había cambiado nada y eso fue lo primero que comprobó, porque se comprueba.

Leña en la hornacina, poca y vieja, con hojas encima. Ceniza en el hogar, fría y apelmazada, con un rastro de zorro. La alpargata reventada en su rincón, con veinticinco años más y con el mismo aspecto que tenía cuando ella tenía veinte.

Encendió la linterna nueva y la dejó de canto en la piedra de la derecha, apuntando al fondo.

Al agujero se metió sin pensarlo mucho y le costó más de lo que esperaba.

En el cuarenta y ocho lo había pasado con veintiún años, delante de un hombre que llevaba la luz detrás.

Ahora tenía la cadera de una mujer de cuarenta y cinco, un jersey de más y una mochila que empujar por delante, y en el punto estrecho, donde la piedra baja, tuvo que sacar el brazo derecho hacia delante y girar el hombro, y estuvo tres o cuatro segundos con el pecho apretado sin poder coger aire entero.

Dentro se puso de pie y levantó la linterna.

Estaban donde estaban, los dos. El del fondo con sus piedras, dos de ellas caídas hacia el lado. El otro tumbado, con la cabeza en la laja.

En la losa de la pared, en el hueco, había tres cosas.

Al fondo, la masa parda, que seguía siendo una piedra con forma de libro y que ella no tocó, igual que no la había tocado en el cuarenta y ocho.

Delante, el envoltorio de cuero atado con tiras, con el nudo que había hecho él en el cuarenta y ocho y que ella le había visto hacer.

La tercera no.

Era una lata. Una lata de rancho, rectangular, de chapa, con dos abolladuras y la tapa a presión, y con el filo sellado por tres vueltas de esparadrapo de tela puestas con cuidado y solapadas, una encima de otra, como se sella una cosa que uno no quiere que se abra.

Marcelle la cogió con las dos manos.

Pesaba poco. Cuatrocientos gramos, o por ahí. La movió y no sonó nada dentro, porque lo que hay dentro va apretado.

En aquella casa, el esparadrapo de tela estaba en el cajón de arriba del aparador, y llevaba allí desde Pamplona, y él lo usaba para todo: para forrar el mango de la lupa, para los cantos de las carpetas, para sujetar un cable.

Estuvo con la lata en las manos el tiempo que se está.

No la abrió.

La volvió a poner en la losa, en el mismo sitio y en la misma posición, con la costura del esparadrapo hacia arriba, como estaba.

Después sacó su paquete de la mochila.

Lo puso al fondo del hueco, arrimado al rincón, detrás de los otros tres, que era el único sitio que quedaba.

Antes de dejarlo puso el dorso de la mano en la pared de aquel hueco, tres segundos.

La pared estaba fría y estaba mojada. Todas las paredes de aquella sala están mojadas menos la de la derecha, y la de la derecha lo está menos y no está seca.

Ella había pasado veinte años metiendo papel en cubetas y sacándolo, y colgándolo a secar, y tirando copias que se habían ondulado por guardarlas mal en un armario de una casa con calefacción. Sabía lo que le hace la humedad al papel en un año. Sabía lo que le hace en diez.

Dejó el paquete donde lo había puesto.

Salió a gatas, empujando la mochila vacía, y en la sala de fuera se sentó un momento en la piedra de la derecha a recuperar el aire.

Fuera eran las cuatro y diez y la nube seguía en el mismo sitio.

Subió al cordal en una hora y cuarto y le costó todo lo que tenía. Coronó a las cinco y media, con la luz ya gris dentro de la nube, y no se sentó.

La bajada la hizo de noche.

Salió de la nube a los mil doscientos, hacia las siete, y a partir de ahí hubo cielo y hubo luna a medias, y con luna a medias en un hayedo no se ve el suelo pero se ven los troncos, que es lo que hace falta para no perderse.

Bajó despacio, con la linterna encendida solo en los pasos malos, para que la pila durara, y contando en voz alta de treinta en treinta como se cuenta cuando lo que hay que hacer es no pararse.

Podía haber bajado al valle de España en dos horas y media. Abajo hay gente que la conoció de cría y que sabe de qué casa es, y eso se cuenta en un bar aquella misma noche y se recuerda veinte años.

Llegó a la fonda a las diez y cuarto.

La mujer le calentó la sopa y le preguntó qué tal se le habían dado las fotografías.

—Con la nube, poca cosa —dijo Marcelle—. Alguna saldrá.

Durmió nueve horas seguidas, que hacía veinte años que no le pasaba, y el miércoles condujo los trescientos veinte kilómetros de vuelta y llegó a Toulouse a las siete de la tarde.

Subió las escaleras, abrió, dejó la mochila en el suelo del pasillo y fue a la habitación de dentro.

En el armario, en la balda de arriba, detrás de las mantas del verano, estaba la caja de puros, abierta y vacía desde el lunes.

En febrero, cuando vinieron a por las catorce cajas, ella había cogido los once fajos de cuartillas atados con hiladillo —del cuarenta y ocho al sesenta y tres, con la letra de él— y los había metido en la última, que todavía estaba sin cerrar, encima de las carpetas de correspondencia.

Eran papeles escritos. Los papeles escritos van con los papeles escritos.

Cerró la caja de puros vacía, la puso otra vez en la balda y colocó las mantas delante.

El sábado 14 tenía una boda en Muret, a las once, y el viernes por la tarde limpió los dos objetivos y cargó cuatro carretes.