El Evangelio de las Cenizas 80
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Podía haber ido por la pista.

Desde el sesenta y tantos hay pista forestal por el lado de España y sube hasta los prados de arriba, y con un coche se planta uno en dos horas desde el valle y en veinte minutos desde la barrera. Ella lo sabía porque se lo habían contado sus primos.

Por la pista hay que entrar en el valle, dejar el coche donde lo vea todo el mundo, saludar a tres o cuatro que la conocen de cría, subir con un paquete debajo del brazo y volver a bajar sin él.

Por el puerto no se ve nadie.

Salió de Toulouse el lunes 2 a las seis de la mañana y condujo trescientos veinte kilómetros. Comió en Orthez. Llegó a las cuatro y media, dejó el coche detrás de un pajar y durmió en una fonda del último pueblo, en una habitación con dos camas y una jofaina, por sesenta y cinco francos.

En casa dejó una nota encima de la mesa de la cocina diciendo que se iba dos días a las Landas por un trabajo, y no era para nadie, porque en aquella casa ya no vivía nadie más que ella.

A su hija la llamaba los domingos, desde la cabina de la esquina, y aquel domingo la había llamado igual y le había hablado de una boda que tenía el 14.

En la fonda, la mujer le preguntó a qué subía.

—A hacer unas fotografías.

—¿Con la nube que hay?

—Es para eso.

Y la mujer dijo que ah, y le dio la llave, y le preguntó si quería cena.

El paquete lo llevó tal como estaba.

No lo abrió y no lo volvió a envolver. Lo sacó de la caja de puros con las dos manos, con su papel de seda y su hule cosido con aquellas puntadas de hombre que cose una vez en la vida, y lo metió en la mochila entre dos jerséis.

Con los jerséis, la lona, la comida, el termo, una linterna nueva de las de pila cuadrada y la cámara pequeña, doce kilos.

La cámara la metió por lo que le había dicho a la mujer de la fonda, y porque una mujer que sube a un monte con una mochila y sin cámara es una mujer que sube a un monte a otra cosa.

Salió el martes a las seis y cuarto y ya se veía algo, porque en octubre amanece antes que en diciembre y aquel día tenía once horas de luz por delante en vez de ocho y media.

Le sobraron dos y le faltaron piernas.

Cuarenta y cinco años son cuarenta y cinco años.

La primera hora fue igual que siempre y a la segunda notó lo que no había notado nunca: que el muslo se le cargaba antes de que se le cargara el pulmón, cuando toda la vida había sido al revés.

Hizo el hayedo en dos horas y diez, que en el cuarenta y siete lo hacía en una y veinte con catorce kilos.

A los mil doscientos entró en la nube.

Aquel día no había ni nieve ni viento. Había una nube apoyada en la ladera desde media altura hasta arriba, quieta, sin moverse en toda la mañana, de esas que no mojan y lo dejan todo mojado.

Dentro de una nube no se ve el suelo a diez pasos ni se ve el cielo, y lo que desaparece primero es la ladera: la pendiente se pone blanca y uniforme y se pierde el sentido de si se sube o se baja, que es lo que engaña.

Se paró y se hizo lo que hay que hacerse, que es un plan.

No se anda por donde parece: se anda por donde el agua bajaría.

Se busca la regata pequeña de la izquierda, que se oye antes de verse, y se sube pegada a ella hasta que se acaba, y donde se acaba hay un cambio de pendiente, y desde ese cambio de pendiente el cordal está a la derecha y a doscientos metros de desnivel.

Tardó una hora y veinte en cuatrocientos metros y llegó al cordal a la una menos cuarto.

Y allí, arriba, hizo una cosa que no había hecho nunca.

Se sentó.

Se sentó en una piedra del collado, se quitó la mochila, se sirvió medio tapón de café del termo y estuvo veinte minutos con las manos alrededor del tapón, dentro de una nube, sin nada que mirar en ninguna dirección y sin nadie abajo que pudiera estar mirándola a ella.

En el collado no se para. Se lo había dicho a un profesor de Toulouse en una casa de comidas de Pamplona hacía veinticuatro años, con un plato de alubias delante, y él había dejado el tenedor encima del plato.

Se bebió el café, se echó la mochila y bajó por la vertiente del sur.

La bajada con nube es peor que la subida, porque los rellanos se pierden y porque el suelo mojado de octubre resbala igual que la nieve pero sin avisar.

Se cayó dos veces, las dos sentada, y a la segunda estuvo un rato sin levantarse, no porque se hubiera hecho daño sino porque se le habían ido las fuerzas de golpe, que es una cosa que a los veinte no pasa.

Contó los rellanos con la mano, como se cuenta lo que no se ve.

El de la fuente, que en octubre suena. El de las tres hayas. Y el tercero, con la peña a la izquierda, que apareció en la nube a quince metros, negra y mojada y del tamaño de siempre.

El enebro estaba más grande.

Eso fue lo único que le sorprendió en todo el día, y le sorprendió de verdad: veinticinco años son veinticinco años también para un enebro, y aquel había pasado de llegarle al pecho a llegarle por encima de la cabeza, y tapaba la boca entera.

Lo apartó con el antebrazo y con el hombro, y detrás estaba la raja.

Eran las tres y veinte de la tarde. Le quedaban tres horas y media de luz y la bajada eran dos y media por el lado bueno.

Se quitó la mochila, la dejó en el suelo, y antes de agacharse se limpió las manos en el pantalón, las dos, una detrás de otra.