El Evangelio de las Cenizas 79
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Tres folios con el membrete de la oficina central y la firma de un comandante.

Dos días.

Nada de eso lo hizo él. Todo eso lo tiene él.

Se reunieron a las cinco de la tarde, cuatro personas y la abogada por vídeo, y duró cuarenta minutos y no hubo ninguna discusión.

Maître Rieutord dijo lo que había que hacer y lo dijo en el orden en que se hace: colaboración total; el inventario impreso encima de la mesa el lunes a las nueve; las llaves de las dos salas y de la reserva; una persona de la casa acompañando en todo momento; y que nadie tocara nada durante el fin de semana, absolutamente nada, ni para limpiarlo.

—El precinto no es un registro —dijo—. Es una medida conservativa y a nosotros nos conviene. Una pieza precintada por la policía es una pieza que ya nadie puede decir que hemos movido.

Todos dijeron que sí. Sentenac también dijo que sí, y tomó nota, y en la nota escribió la fecha y la palabra acordado .

Aquella noche hizo la cuenta en la cocina, de pie, con la mano en el respaldo de una silla.

El lunes entran, precintan las dos tablas reclamadas y se llevan copia del inventario general. El inventario general tiene sesenta y una entradas. Cada entrada lleva su ficha y su ficha lleva la procedencia declarada, que es la misma para las sesenta y una y que sale del acta de octubre de 1948.

Y a partir del lunes, ese inventario está en un expediente.

Y un expediente lo lee un juez, y lo leen los abogados de la familia de Burdeos, y dentro de un año lo lee el que quiera, y entonces cualquiera de las otras cincuenta y nueve puede aparecer en la lista de otra familia, y cada vez que aparezca habrá que enseñar el acta, y el acta la levantó su abuelo.

Dos son las que peor están.

Lo sabía desde hacía seis años, desde que se leyó el expediente entero un fin de semana: la tabla pequeña del pasillo, la del donante de perfil, y la arqueta esmaltada de la vitrina tres.

Las dos entraron en el 48 con las demás.

Las dos tienen ficha, tienen póliza y tienen valor declarado.

Y las dos tienen, en el hueco donde debería estar de dónde vienen, la misma frase de siempre y nada detrás.

De las dos reclamadas no podía tocar ni el marco. Estaban señaladas por su nombre en la notificación.

De aquellas dos no había hablado nadie todavía.

El sábado a las nueve de la mañana llamó a un transportista de Pamiers que le debía un favor de 2019, cuando el bufete le arregló un asunto de un embargo.

El hombre le dijo que sí antes de saber qué era, que es lo que hace la gente que debe favores, y después preguntó qué era y Sentenac le dijo que dos piezas de la colección que iban a un taller de restauración en Andorra la Vella y que había prisa por el seguro.

—¿Con papeles?

—Con albarán.

—Yo con albarán voy a todas partes.

El albarán lo redactó él, el sábado por la tarde, en el ordenador del despacho de la Fundación, con la plantilla que usan para los préstamos a exposiciones.

Le salió mal y de tres maneras.

La descripción: un panel pintado, siglo XVI, 28 × 21 cm y una arqueta metálica con esmaltes, 18 × 11 cm . Sin número de inventario, porque poner el número de inventario era poner el número de inventario.

El valor declarado a efectos de transporte: cuatrocientos euros las dos. Puso cuatrocientos porque a partir de cierta cifra hay que declarar el transporte y hay que asegurarlo, y porque una arqueta esmaltada de cuatrocientos euros no existe y él lo sabía mientras lo escribía.

Y la firma: la suya, con su nombre, su cargo y el sello de la Fundación, porque el sello lo tiene él y porque un albarán sin sello no lo coge ningún transportista.

Cargaron el domingo 18 a las ocho de la tarde, con la casa cerrada.

Él descolgó la tabla del pasillo con las dos manos y la dejó encima de la mesa grande, y la envolvió en papel de burbujas y cinta de embalar, mal, con las esquinas sueltas, porque nunca en su vida había embalado un cuadro y porque el que embala cuadros allí es una restauradora que viene dos veces al año.

La arqueta la metió en una caja de cartón con papel arrugado alrededor.

En el libro de movimientos de la sala no escribió nada.

El transportista llegó a las ocho y veinte con una furgoneta blanca, cogió los dos bultos, firmó el albarán, se quedó con una copia y se fue.

Sentenac lo siguió con su coche hasta la frontera.

No hacía falta y no sirvió para nada, y lo hizo porque no podía quedarse en casa. Ochenta y siete kilómetros por la nacional, subiendo, con el hombre delante a noventa por hora y él detrás a cien metros. En el puerto había niebla y cuatro grados y la carretera estaba mojada.

Pasaron a las diez menos cuarto.

En el paso hay dos carriles y una caseta con luz.

No para nadie. Es una frontera sin control de personas por un lado y una aduana de un país tercero por el otro, y lo que hay es un control aleatorio de mercancías que aquella noche, de domingo, con niebla y con tres vehículos por minuto, no estaba haciendo nadie.

La furgoneta blanca redujo, no le hicieron señas, y siguió.

Él dio la vuelta doscientos metros más allá, en un aparcamiento de un hotel cerrado, y bajó los ochenta y siete kilómetros de vuelta con la calefacción demasiado alta.

Llegó a casa a las once y veinte. Claire dormía. El niño dormía. Se sirvió dos dedos de algo y no se lo bebió.

Y el lunes 19 a las nueve estaba en la puerta de la Fundación, con traje, con el inventario general impreso y encuadernado en canutillo, con las llaves de las dos salas y de la reserva, y fue atento, rápido y útil durante seis horas.

Nadie preguntó por un pasillo con un hueco, porque en aquel pasillo hay once cosas colgadas y la que faltaba había estado a la izquierda del todo.

Aquella misma tarde, cuando se fueron, hizo lo que hace un administrador con un papel.

Cogió su copia del albarán, le puso la fecha del sábado en el ángulo, la archivó en la carpeta de movimientos del ejercicio, entre un presupuesto de la caldera y un parte de la compañía de seguros, y guardó el escaneo en la carpeta del año, en el servidor, con el nombre de archivo que llevan todos los albaranes desde 2019.