El Evangelio de las Cenizas 78
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La tercera cosa estaba envuelta en un hule verde de mesa que se deshacía en escamas al tocarlo.

Los cantos estaban vueltos hacia dentro y cosidos por un lado con bramante, con puntadas grandes, torcidas y desiguales, hechas por alguien que no sabía coser y que había tardado toda una tarde en aquello.

El bramante había perdido la cera y se partió solo.

Debajo del hule había otra vuelta de hule, y debajo un fieltro convertido en una lámina apelmazada, y dentro del fieltro los restos de un papel de seda que ya no era papel, y dentro de todo eso, dos cartones de encuadernador reblandecidos y, entre los dos cartones, un bloque.

Es un bloque, y hay que llamarlo así porque no hay otra palabra.

Mide unos veintiséis por dieciocho y tiene tres dedos de grueso.

Es de color pardo muy oscuro, casi negro, con manchas de un negro más brillante.

La superficie de arriba está agrietada como el barro de una charca seca.

Pesa menos de lo que parece, mucho menos, y por eso la primera vez que lo levantó le subió el brazo de más.

Por los cantos no hay hojas. No hay cortes, no hay separaciones, no hay ese estriado que hace un libro cerrado. Hay una masa continua con unas líneas de estratificación, como las de una pizarra, que se ven si se pone el frontal de lado.

Le tocó un canto con el índice y se le quedó una escama en el guante, y debajo de la escama había más de lo mismo.

Del cuero de la encuadernación quedaban dos tiras endurecidas pegadas al lomo y una hebilla de correa que no era hebilla: era la forma de una hebilla en una pasta.

Y eso es lo que le hace una cueva a un papiro.

No hay ningún misterio y ella lo sabía antes de tocarlo.

El papiro aguanta miles de años en Egipto porque en Egipto no hay agua; en Europa aguanta lo que aguanta cualquier cosa hecha de tallo de planta: unas décadas, un par de siglos como mucho, y eso en un sitio seco.

Aquella sala está a cinco grados constantes y a una humedad que se ve en la pared del fondo, y allí dentro un papiro no se pudre de golpe: se hincha, se pega hoja con hoja, se lo comen los microorganismos, las fibras pierden la trabazón y lo que era un bloque de láminas se convierte en un bloque.

Cincuenta y cuatro años.

Se sentó otra vez en el suelo, con el bloque encima de los cartones y encima de las rodillas, y estuvo con las cosas de su oficio antes de dejar de tener oficio.

Se puede escanear. Hay técnicas para leer lo que no se puede abrir: se hace con los rollos carbonizados de Herculano, se meten en un sincrotrón y se lee la tinta por densidad, y llevan veinte años dando resultados.

Aquello no es carbonizado: está podrido, que es lo contrario. En un rollo carbonizado las capas siguen ahí, separadas por una lámina de aire de micras, y la tinta está encima. Aquí no hay capas: hay fibra deshecha y una tinta que se ha ido con el agua adonde se van las tintas.

No hay interfaz que leer. No hay nada que separar. No hay nada.

Lo comprobó igual, porque no comprobarlo habría sido peor.

Sacó la lupa, se puso el frontal a rasante y estuvo veinte minutos con el canto de abajo, buscando en toda la longitud un sitio, uno solo, donde dos láminas se hubieran quedado separadas por medio milímetro de aire. En un bloque así los hay a veces, en las esquinas, donde el peso no llega.

Encontró tres. En los tres, al acercarse, lo que había entre las dos caras era una lámina de la misma materia, más clara, que las unía.

Y en el segundo, con la lupa a dos centímetros, vio una cosa que estuvo mirando cuatro o cinco minutos: una línea recta, más oscura, de unos ocho milímetros, que no era una grieta y que corría paralela al canto.

Podía ser un renglón. Podía ser una veta.

Fotografió aquel canto veintitantas veces, con la escala al lado, y no supo si lo estaba fotografiando para un informe o por otra cosa.

A las cinco y veinte de la tarde del 17 de octubre, Inés Aranguren tenía en las rodillas el códice copto que su abuelo compró en El Cairo, y no valía nada, y ella lo sabía con la misma certeza técnica con la que sabe cualquier otra cosa de su oficio.

Y entonces se puso a hacer la cuenta, que es lo que hace siempre.

La empezó en voz baja y la empezó bien.

Consta: que hay un bloque de materia orgánica en una cueva, dentro de un hule del siglo XX, cosido a mano. Eso está aquí y lo he fotografiado.

Se sigue: que si es lo que parece, alguien lo trajo. No se anda solo.

Consta: que en octubre de 1946 un hombre le escribió a mi abuelo desde El Cairo sobre papiros coptos que salían fuera del lote conocido. La carta la tengo.

Consta: que lo compró en la primavera del 47.

Se sigue —no; consta: que mi abuela lo cruzó por aquí en diciembre de aquel año, y por eso hay una fotografía suya del interior de esta cueva con la fecha detrás.

Consta: que subieron los dos en junio del 48 y que él vio lo mismo que estoy viendo yo, y que se llevó tres hojas y las devolvió después, cuando ya no podía hacer otra cosa.

Se sigue: que en el 49 escribió las siete líneas porque tenía la verdad y no tenía manera de enseñarla. Se sigue: que lo hizo en tres días, con una plumilla, en la hora en que la sala se queda vacía. Se sigue: que se fue a comer después, porque un hombre que hace eso a mediodía se va a comer.

Consta: que mi abuela lo vio desde el quicio de una puerta y no lo paró, y consta que aquello no fue una noche sino muchas, y en algún momento tuvo que entenderlo del todo, quizá con una separata en la mano, y no dijo nada.

Y consta que en el setenta y dos, con él muerto y con esto en una caja en un armario, cogió el paquete y subió aquí sola, a los cuarenta y cinco años, sin que nadie se lo pidiera y sin que nadie le pagara, y lo dejó donde había estado siempre, y bajó, y volvió a casa, y no se lo contó a nadie en cincuenta y cuatro años.

Y sabía perfectamente lo que hace un invierno de este monte con un papiro. Claro que lo sabía. Llevaba veinticuatro años haciendo fotografías y sabía lo que le pasa a una emulsión con la humedad, así que sabía lo que le pasa a esto.

No lo quemó porque ella no destruye. Ella pasa cosas y las deja donde tienen que estar.

Eligió un fuego lento.

Y estos dos.

Consta que estos dos vinieron andando desde muy lejos, porque nadie sube a morirse a una cueva del sitio donde vive.

Consta que eran de los de allá arriba, de los que quemaron a doscientos en una hoguera, y que se les acabó el mundo en marzo de aquel año y echaron a andar hacia el oeste, que es adonde se va cuando ya no queda nadie de los tuyos en ninguna otra dirección.

Y se sigue que traían algo, porque si no, no habría un libro aquí.

Y se sigue que uno se murió primero, en octubre o en noviembre, y que el otro le echó encima noventa o cien piedras a oscuras y con las manos, y que el segundo se quedó y se tumbó de lado y se puso una laja debajo de la cabeza, que es lo que hace un hombre que se va a morir y quiere estar cómodo.

Y que alguien escribió lo que él dijo, y no lo escribió aquí, porque aquí no se puede escribir, y por eso el pergamino está en la losa y no en el suelo.

Inés estaba hablando en voz alta.

No sabía desde cuándo. Se oyó a sí misma decir eligió un fuego lento , con la voz rara que tiene una voz dentro de una cueva, y se calló en mitad de la frase siguiente, y en el silencio que vino después oyó la gotera de la pared del fondo, que llevaba cinco horas cayendo y que no había oído en cinco horas.

Se miró la mano izquierda.

Los números del rotulador estaban corridos por el borde de abajo, del sudor de dentro del guante, y las dos horas seguían leyéndose.

Le castañeteaban los dientes.

Eso fue lo que se dijo, y se lo dijo con toda la naturalidad del mundo, mientras se metía las manos debajo de las axilas y contaba hasta cien: que llevaba cinco horas y media a cinco grados, que el frío hace eso, que hay que comer algo y moverse.

Sacó el bocadillo, se lo comió de pie andando de un lado a otro de la sala, y se bebió medio termo.

Y al terminar volvió a sentarse, cogió el cuaderno y escribió en la primera línea de una hoja nueva, con la letra un poco más grande de lo normal:

17 oct. 17.55. Bloque = códice. Cadena completa.

Nada de lo que había en aquella cueva probaba una sola de aquellas frases, y ella acababa de escribir dos palabras que las daban todas por probadas.