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En la losa había cuatro cosas y las cuatro estaban contra la pared.
La de la izquierda, un envoltorio de cuero atado con dos tiras, del tamaño de un libro grande, con un nudo hecho por alguien que sabía hacer nudos.
La del medio, una lata de chapa rectangular, con la tapa a presión, con dos abolladuras y con el filo sellado por tres vueltas de una cinta de tela que ya no era cinta: era una costra parda.
La de la derecha, al fondo, arrimada al rincón, una masa envuelta en un plástico verde partido en escamas.
Y detrás del envoltorio, empujado contra la piedra, un bloque pardo del tamaño de un pan grande, con el canto liso y sin hojas, que a un palmo de distancia parecía una laja desprendida de la propia pared.
Empezó por la del medio, que fue lo primero que hizo mal y lo hizo por una razón buena: porque una lata de chapa del siglo XX en una cueva con dos cuerpos del XIII es el objeto más ruidoso de la sala y no se puede pensar en nada más hasta saber qué es.
Fotografió las cuatro cosas en su sitio, con escala, desde cuatro posiciones, con la cámara apoyada en el suelo y en una piedra, y contando en voz alta para no moverla.
Veintiocho tomas. Después dibujó la losa a mano, con las medidas, y lo apuntó todo: distancias a la pared, al cuerpo de la laja, al gateo.
Y a la una y veinte, con los guantes puestos, cogió la lata.
Sabía lo que estaba haciendo. Sabía que a partir del momento en que aquello se moviera de la losa, ella había alterado un yacimiento con restos humanos antes de que llegara nadie, y que eso no lo arregla ninguna fotografía.
La cinta se deshizo sola. La tapa costó, y cedió de golpe.
Dentro había un pliego de hule verde doblado, y debajo dos cartones de encuadernador, y entre los dos cartones, envueltas en papel de seda, cuatro hojas.
Las tres primeras eran pergamino.
Del mismo grosor, del mismo tono, con el mismo pautado a punta seca y veintitrés renglones, con la misma letra pequeña, chata, de módulo regular. En el lomo tenían las puntadas cortadas: seis agujeros por hoja, con el hilo arrancado, cortados con algo fino y por una mano que no quería romper nada.
La cuarta la reconoció en cuatro segundos y no por la letra.
Es papel.
Papel de trapo, verjurado, con los corondeles a contraluz del frontal, engrasado y estirado para que no se notara, del grosor que tienen las hojas de guarda de un libro del XVIII.
Un pergamino y un papel no se parecen: se parecen a un metro de distancia y con poca luz, y allí había poca luz y ella lo tenía a un palmo.
Después miró la letra.
La imitación es buena. El módulo está, la inclinación está, las abreviaturas están, y quien la hizo se pasó meses en eso, porque eso no se saca en una tarde.
Lo que no está es la velocidad.
Un escribano del XIII escribe deprisa y escribe cansado, y por eso su letra tiene una cosa que no se puede fingir: se degrada.
El módulo baja al final del renglón, las astas se acortan cuando la pluma se abre, hay dos o tres letras al día que le salen mal y las deja.
Aquella hoja no se degrada en ningún sitio.
Las cuarenta y una líneas son iguales de la primera a la última, y los remates de los trazos tienen un retoque, un segundo toque para cerrar la forma, que es lo que hace quien dibuja una letra en vez de escribirla.
Y estaba lo otro.
En la línea once, en la línea diecinueve y en la línea treinta y cuatro, en tres palabras que empiezan por ge, la ge se cierra en dos tiempos, con un levantamiento de pluma en el medio.
Eso no lo hacía el escribano de las otras tres hojas.
Eso lo hacía un hombre que le escribía a un canónigo de Albi en 1951 pidiendo permiso para fotografiar una inscripción, y que en 1957 se excusaba de no ir a una comida, y que el 3 de octubre de 1946 firmó en Foix un certificado en el que declaraba haber examinado una tabla en 1937.
Inés se quedó sentada en el suelo de arcilla con las cuatro hojas encima de los cartones y las manos, dentro de los guantes, absolutamente quietas.
Estaba tiritando. Llevaba cincuenta minutos sentada a cinco grados.
Se levantó, anduvo la sala de un lado a otro doce o quince veces, se puso las manos en las axilas hasta que le volvieron, y se sentó otra vez.
Después leyó las cuatro hojas.
Las tres de pergamino traen un pasaje sobre el hacedor del mundo y lo que le contestan, y en las tres hay huecos: dos sitios donde la frase se interrumpe y arranca otra vez por otro lado, sin coserse, como se interrumpe alguien que está diciendo de memoria una cosa larga.
La cuarta trae esos dos sitios completos.
No trae nada más. No hay una firma, ni una fecha, ni una inicial, ni una nota, ni una línea que diga qué es aquello, ni de dónde sale, ni quién lo ha hecho ni por qué. Cuarenta y una líneas en occitano y ni una palabra en ninguna otra lengua.
Un hombre estuvo cinco meses escribiendo eso y no puso su nombre, y subió aquí a los cincuenta años a dejarlo en una lata, y volvió a bajar y no se lo contó a nadie en diecinueve años.
En este mundo hay una persona capaz de leer esas cuarenta y una líneas y entender lo que son, y esa persona estaba sentada en el suelo de una cueva a cinco grados, con las dos horas escritas en el dorso de la mano izquierda.
A las tres y diez volvió a la losa y desató el envoltorio de cuero.
Dentro estaba el códice: ciento veinticinco hojas cosidas por el lomo, sin tapas, onduladas, con moho negro en las esquinas de abajo y con los tres huecos de donde salieron las otras.
Y le bastó media hora para saber que aquello no le servía de nada.
Está escrito de una vez, por una sola mano, sin modelo delante.
Se ve en que no hay ni una sola marca de las que deja copiar: ni signaturas de cuadernillo, ni reclamos, ni las llamadas que hace un copista para volver al sitio del ejemplar, ni una corrección de las que se hacen cotejando después.
Se ve en que dos veces dice lo mismo con distintas palabras, seguidas, sin elegir. Se ve en que hay costuras sin coser.
Y se ve, sobre todo, en el pergamino: hasta la hoja sesenta y cuatro es de una preparación y a partir de la sesenta y cinco es de otra, más áspera, con las esquinas duras, preparado por alguien con prisa y sin sitio.
Eso no es una copia. Eso es un dictado.
Y un dictado conserva la doctrina y pierde exactamente lo que ella necesitaba: las lecturas variantes, los errores heredados, la letra del que hizo el ejemplar. Un texto así no se colaciona contra nada. No se le puede preguntar de quién es hijo.
Lo que hay ahí, para el mundo, es otro apócrifo dualista occitano del siglo XIII.
Es una cosa notable. Se publica, se estudia, se le dedican dos coloquios y una tesis, y encaja sin una arruga en lo que se lleva diciendo cuarenta años, porque un dualismo occitano en 1245 es exactamente lo que se espera que haya.
No prueba Egipto. No prueba nada.
Antes de cerrarlo hizo una cosa que no hacía falta y que le llevó ocho minutos.
Puso las tres hojas de la lata al lado de los tres huecos del cuerpo del libro, sin meterlas, sostenidas en el aire a dos dedos, para ver si coincidían.
Coincidían. Los agujeros del cosido caen donde caen, la altura del pautado es la misma, y el corte de arriba de la segunda tiene el mismo perfil que el de la hoja que quedó.
Estuvo así, con el brazo estirado y el pulso temblándole de frío, mirando un libro completo que no iba a estar completo, y no las metió, porque meterlas era la única cosa de aquella tarde que ya no se podía deshacer.
Las volvió a poner entre sus cartones.
Volvió a atar el cuero con el mismo nudo, que le salió peor, y lo dejó en la losa.
Eran las cuatro menos veinte de la tarde. Le quedaban treinta y nueve horas y veinte minutos, y no tenía adónde ir con nada de aquello.
Al fondo del hueco, arrimada al rincón, seguía la tercera cosa.