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Del cordal a la boca tardó una hora y cuarenta, y de esa hora y cuarenta, una hora y diez la perdió en los rellanos.
El primero lo descartó enseguida porque no había fuente y porque no había peña.
El segundo tenía tres hayas y le pareció que era el segundo, y bajó al siguiente, y el siguiente era una pala de hierba sin nada.
Volvió a subir. Contó otra vez desde arriba.
Bajó por la canal de la derecha en vez de por la de la izquierda y apareció en un rellano con una peña grande, y en aquel rellano había cuatro enebros y detrás de ninguno había nada.
Se sentó en una piedra a las once y media y estuvo diez minutos.
Después se levantó y lo hizo bien, que es como se hace: dejó de buscar la cueva y se puso a buscar el sitio donde ella habría metido a doscientas ovejas. Es decir: hierba, agua, y una pared que corte el viento del norte.
El rellano bueno estaba cuarenta metros más abajo y con la peña a la izquierda y no a la derecha, porque la mujer se lo había dicho bajando y ella lo había apuntado subiendo.
La boca es una raja horizontal detrás de un enebro que le pasaba de la cabeza. Lo apartó con el hombro.
Metió la cabeza y la linterna, y allí estaba todo lo que le habían contado en una cocina: ocho o nueve pasos de sala con el techo bajando, un hogar de piedra a la derecha con ceniza vieja y apelmazada, y en la pared de la izquierda una hornacina con leña tapada con dos lajas.
Y en el rincón del fondo, una alpargata reventada por el talón, con la suela deshecha, tan vieja que ya era del sitio.
Entró y estuvo veinte minutos sin hacer nada más que mirar.
Sacó la fotografía de la funda y la comparó, y no coincidía: en la fotografía la pared es más irregular, el suelo es de tierra clara y hay un techo que baja por un lado y sube por el otro. Aquello no era aquello.
Al fondo, a ras de suelo, entre la pared y una losa caída, hay un agujero de dos palmos y medio de alto.
Sale aire y el aire viene seco.
Se quedó delante ocho o diez minutos, en cuclillas, con el frontal apuntando dentro y las dos manos en las rodillas.
Y aquí es donde hay que decir lo que sabía, porque lo sabía.
En Navarra, el que se encuentra por casualidad una cosa de interés cultural tiene una obligación y tiene un plazo.
La comunica a la Administración en cuarenta y ocho horas.
No es una recomendación: es lo que dice la Ley Foral, y el que no lo hace pierde el premio y se come una sanción.
Los bienes que aparecen así son de dominio público foral desde el momento en que aparecen: no son del que los encuentra y no son del dueño del terreno.
Documentar no está prohibido. Al revés: las cuarenta y ocho horas están puestas ahí precisamente porque se entiende que uno mira, apunta y fotografía antes de avisar, y porque un hallazgo sin contexto no vale nada.
Lo que no se puede es tocar.
Y si hay restos humanos, la cosa cambia de sitio y de gente: entra la Guardia Civil, entra el juzgado de instrucción y entra el forense, porque hasta que un médico no dice lo contrario, unos huesos en una cueva son un asunto penal y no un yacimiento.
Y quien haya movido algo antes de que lleguen, lo ha movido.
Todo eso lo sabía a las doce y veinte del mediodía del 17 de octubre, en cuclillas, delante de un agujero.
Lo que no sabía era si había restos humanos.
Se quitó la mochila, sacó el frontal de repuesto, se puso las rodilleras y los guantes, empujó la mochila por delante y entró de bruces.
Son cuatro o cinco metros. En dos sitios la piedra baja y hay que girar la cabeza. El suelo tiene un canal por el medio, seco, con arena fina. Se sale por el aire, que es lo único que se nota: de golpe el aire deja de venir de frente y viene de todas partes.
Dentro se puede estar de pie.
Es una sala del tamaño de una cocina, con el techo bajo por un lado. El suelo es de arcilla clara. Hay piedra suelta por todas partes. La pared del fondo, a la izquierda, gotea, y por ahí sale el agua hacia el gateo. La de la derecha está seca.
Marcaba cinco grados y no había una sola corriente.
Levantó el frontal y giró despacio, y en la pared de la derecha, en el sitio seco, había dos hombres.
No hizo falta ni un segundo para saber qué eran.
Uno estaba al fondo, contra la pared, con piedras encima, unas noventa o cien, y dos de ellas caídas hacia el lado.
El otro estaba más acá, tumbado sobre el costado izquierdo, con las rodillas recogidas y el cráneo apoyado en una laja plana, y estaba entero y estaba en posición.
En el suelo, cerca del segundo: dos suelas, unas tiras de cuero endurecido, un cuchillo con el hierro comido hasta el filo y un cuenco de madera partido en dos mitades que estaban juntas.
Inés se quedó quieta con las dos manos abiertas a la altura del pecho, como se queda uno cuando entiende que a partir de ahora todo lo que toque cuenta.
Y lo primero que pensó, antes que quiénes son, antes que de cuándo son, antes que nada, fue esto:
Cuarenta y ocho horas.
Miró el reloj. Las doce y treinta y ocho.
Sacó el teléfono para mirar la cobertura y no había, y no la iba a haber: en aquel rellano no la había ni fuera, y allí dentro había cuatro metros de gateo y una montaña encima. Para avisar hay que salir, subir al cordal, cruzar, bajar tres horas y encontrar carretera.
Es decir: cinco horas y media, contando bien y con luz.
Nadie sabía que estaba allí. Lo había dicho en la casa rural de Garralda, por decir: que salía a andar y que volvía a la noche.
Hizo la cuenta con el rotulador en la mano, y la hizo por escrito porque a esas alturas ya no se fiaba de su cabeza para nada.
Entrada, doce treinta y ocho, día diecisiete. Plazo, doce treinta y ocho del día diecinueve. Salida y aviso, cinco horas y media antes: siete de la mañana del diecinueve como límite.
Se escribió las dos horas en el dorso de la mano izquierda, con el rotulador, en números grandes.
Después se quitó el guante de la derecha, se sentó en el suelo de arcilla con la espalda contra la pared seca, a dos metros del hombre de la laja, y estuvo diez minutos mirándolo sin tocar nada y sin encender la cámara.
A las doce y cincuenta abrió la mochila, y lo primero que sacó no fue la cámara: fue toda la ropa que llevaba.
Había subido tres horas y veinte sudando y ahora estaba sentada en un frigorífico.
Cinco grados constantes, sin viento y sin sol, es una temperatura que no mata a nadie y que en dos horas te deja las manos inútiles, y con las manos inútiles no se escribe, no se enfoca y no se mide.
Se puso el forro, el cortavientos, el gorro y la manta térmica por los hombros, y metió las manos debajo de los muslos durante cinco minutos, que es lo que hay que hacer y lo que nadie hace.
Y había otra cosa que tuvo que hacer y que le costó más que el frío.
Desde que se puso de pie sabía que en la pared de la derecha, entre los dos hombres y a la altura de la rodilla, hay un hueco con una losa plana, y que encima de la losa hay bultos. Los había visto con el rabillo del ojo en el primer barrido del frontal y llevaba veinte minutos sin mirarlos.
Se obligó a hacer la sala en orden: perímetro, techo, suelo, humedad, los dos cuerpos, y después lo demás. Porque el que va derecho a lo que ha venido a buscar destroza todo lo que hay en medio, y porque ella llevaba quince años diciéndoselo a otros.
Le costó cuarenta minutos llegar a la losa, y en esos cuarenta minutos no se acordó de la hora ni una vez.