El Evangelio de las Cenizas 75
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Ella estaba en el cuarto de baño con la puerta cerrada y la luz roja puesta, con seis copias en el fijador y el reloj de cocina encima de la cisterna. Con la puerta cerrada no se oye el pasillo, y con el ventilador del ampliador tampoco se oiría.

Salió a las cinco y diez a tender.

Estaba en el suelo del pasillo, entre la puerta de la cocina y la del despacho, de lado, con el brazo izquierdo debajo del cuerpo. Tenía las gafas a un palmo, cerradas, y no se habían roto.

Le puso la mano en el cuello y en el pecho, y después le puso la mejilla en la boca, y estaba frío por la cara y no del todo por la mano.

Fue a casa del vecino de abajo, que era el químico jubilado, y llamó él, porque ellos no tenían teléfono en casa.

Llegaron a las seis menos veinte. El médico dijo lo que se dice y firmó lo que se firma, y a las once de la mañana ya estaba todo hecho, que es lo que más sorprende de estas cosas la primera vez.

El entierro fue el jueves.

Fueron ciento y pico personas. El decano, cuatro catedráticos, dos canónigos, el hombre de Rabastens que le encuadernaba las separatas, y en la tercera fila un señor de veintiocho años de la universidad de arriba que había venido en tren aquella misma mañana y que se puso a llorar y se apartó a un lado para que no se le viera.

Su hija llegó de Pamplona el miércoles por la noche y se volvió el domingo.

Durmió en su cuarto, ordenó la cocina, contestó al teléfono cuarenta veces y le llevó a su madre café a las cuatro de la mañana el viernes, sin decir nada, porque a las cuatro de la mañana su madre estaba levantada.

El despacho lo vaciaron el 4 de diciembre, un sábado.

Vinieron dos colegas de la facultad y un chico que llevaba el coche. Ella les puso café, les abrió la puerta de la habitación de dentro y se sentó en el pasillo, en una silla, con la puerta a la vista.

Aquello lo hacen bien y lo hacen deprisa, porque lo han hecho antes.

Primero la correspondencia, que es lo que más importa y lo que se pierde antes: la vaciaron del archivador de cuatro cajones tal como estaba, por carpetas y por años, y ataron cada carpeta con una cinta.

Después las separatas, las suyas y las de los demás, que llenaron dos cajas ellas solas.

Después los cuadernos de trabajo, veintitantos, con las tapas de hule y el año escrito en el lomo.

Después las fichas. Después las fotografías de inscripciones, que iban en sobres con la referencia por fuera.

Y por último los libros de la pared del fondo, que son los que valían dinero y que se llevaron aparte, con una lista.

Uno de los dos iba diciendo en voz alta lo que metía y el otro lo apuntaba en un cuaderno, entrada por entrada.

Le preguntaron dos veces si quería quedarse algo.

Ella dijo que las fotografías de las inscripciones no, que las tenía en negativo; y que el ejemplar dedicado de un libro de un colega muerto, sí.

Llenaron catorce cajas. En la puerta le dijeron que aquello tenía que ir a un archivo público, que ellos se ocupaban de hablar con quien hiciera falta y que ella solo tendría que firmar un papel cuando llegara el momento, y que sentían mucho lo del profesor y que se ponían a su disposición para lo que fuera.

Al armario no llegaron.

Es un armario empotrado de dos hojas, en la pared de la izquierda, con la balda de arriba a la altura de la cabeza. Dentro estaban las mantas del verano, dos maletas y una caja.

Marcelle lo abrió el lunes 6 por la tarde, con la casa vacía.

La caja es de las de puros, de las grandes, de cartón forrado, con las esquinas de tela. Encima llevaba una vuelta de bramante y ningún letrero.

Cortó el bramante con el cuchillo de la cocina.

Dentro había un envoltorio de hule verde, cosido por un lado con puntadas grandes y torcidas, y debajo otra vuelta de hule por el otro sentido, y dentro un fieltro, y dentro del fieltro un papel de seda, y dentro del papel de seda dos cartones, y entre los dos cartones un bloque de hojas pardas, estriadas, secas, sin tapas, con los cantos comidos y con una mancha oscura de humedad antigua en la primera.

Debajo, en la misma caja, apretados y ocupando los dos tercios de abajo, había once fajos de cuartillas atados con cinta de hiladillo, con una fecha escrita en el lomo de cada uno: del 48 al 63.

Sacó el de más arriba y lo abrió por el medio.

Eran cuartillas escritas por una sola cara, con la letra de él, pequeña e inclinada a la derecha, con la ge cerrada en dos tiempos, y en cada una había un renglón largo de una escritura que ella no había visto nunca —redonda, de letras separadas— y debajo, en francés, tres o cuatro líneas apretadas, y en el margen unos números.

Las hojeó de pie, sin sacarlas del atado, con el pulgar, como se hojea una baraja.

Lo dejó donde estaba.

Levantó la primera hoja del bloque un dedo, por el borde, y la volvió a bajar.

Puso los cartones como estaban. Dobló el hule. Puso el papel de seda encima. Cerró la caja, la ató con el mismo bramante y le hizo dos vueltas más, y la volvió a poner en la balda de arriba, detrás de las mantas del verano.

Cerró el armario.

Aquella noche se acostó a las once y se despertó a las cuatro menos cuarto, y se levantó, se puso la rebeca y se metió en el cuarto de baño a revelar lo del entierro, porque se lo habían pedido tres personas.

En febrero firmó el papel de la donación y vinieron a por las catorce cajas.