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Estuvo cuatro días buscando un nombre y no había nombre.
Empezó por donde se empieza, que es el Nomenclátor.
Ochocientas y pico entradas para aquel municipio y los de al lado: casas, barrios, bordas, regatas, cordales, collados, parajes.
Los leyó todos. Hay cuarenta y un topónimos con la palabra cueva o su equivalente, y ninguno está donde tiene que estar.
Después la colección de toponimia de Navarra, que es lo mejor que hay y que se hizo, precisamente, yendo por los pueblos a preguntarle a la gente mayor cómo llamaban a cada sitio.
Cinco mil fichas para aquel valle. Buscó por la palabra, por el término, por la altura y por los apellidos de las casas del contorno.
Después el catastro, que no sirve, y las hojas del mapa a escala grande, que tampoco.
Después el catálogo espeleológico, que fue donde más esperanza tuvo y donde menos tardó.
Es un inventario serio, hecho por gente que lleva sesenta años metiéndose en agujeros, con su ficha por cavidad: coordenadas, desarrollo, desnivel, croquis.
En aquel macizo hay ciento y pico fichadas. Ninguna coincide.
Y después los ortofotos, y el visor con los datos de altimetría, y una capa de sombreado del relieve en la que se ven los caminos viejos, las trincheras de la carretera y hasta las bordas caídas.
Una boca de metro y medio detrás de un enebro no sale.
El tercer día tuvo su falso positivo y le costó una tarde y ciento veinte kilómetros.
En la colección de toponimia, en un municipio de la otra punta de Navarra, a noventa kilómetros de allí, aparece la palabra que ella acabaría oyendo el viernes.
Está fichada, con su informante, su año de recogida y su ortografía normalizada, aplicada a una cavidad de una sierra que no tiene nada que ver con aquel valle.
Fue a verla. Es una cueva de boca ancha, con un panel del ayuntamiento y un aparcamiento a doscientos metros.
Volvió de noche, con el depósito a la mitad.
Si la misma palabra sirve para dos cuevas que están a noventa kilómetros y no tienen nada que ver, es que la palabra no es un nombre. Y lo que no es un nombre no se registra en ningún sitio, y ella llevaba cuatro días buscándolo en cinco.
Subió a Larraldea el viernes por la mañana sin avisar, y la mujer estaba dando de comer a dos perros.
—¿Cómo la llamáis?
—¿El qué?
—La cueva. La del rellano. ¿Tiene nombre?
La mujer la miró como se mira a alguien que pregunta si el agua está mojada.
—Artzulo.
—¿Y eso qué es?
—La cueva.
—No, digo qué quiere decir.
—Que la cueva —dijo la mujer—. Artzulo es la cueva. ¿Qué va a querer decir?
Y ahí Inés se rio, y se rio de verdad, la primera vez en tres semanas, y la mujer se rio también sin saber de qué, y la hizo pasar y le puso un café.
Y luego, mientras removía el suyo, le contó sin que se lo preguntara por qué no la había encontrado nadie.
—Es que ahí no sube nadie.
—¿Desde cuándo?
—Pues desde que se acabaron las ovejas por ese lado.
Los últimos fueron mi abuelo y uno de Villanueva, y eso fue en el sesenta y tantos.
Después abrieron la pista de allá, y por la pista subes con el coche hasta los prados de arriba en veinte minutos, y por donde subíamos nosotros se tarda tres horas y media.
Nadie sube tres horas y media a un sitio adonde puede llegar en veinte minutos por el otro lado.
—Pero cazadores. Gente de monte.
—Van por arriba, por el cordal, que es donde están los animales. Y los de las setas van al hayedo de abajo.
—¿Y la cueva no llama la atención?
—Es que no hay nada que ver —dijo la mujer, y lo dijo con la paciencia de quien explica algo obvio a alguien de ciudad—.
Tú te pones delante y ves un agujero detrás de un enebro.
Metes la cabeza y ves ocho pasos de cueva y un hogar con ceniza.
Y ya está. Eso lo hay en todos los montes. La gente entra, mira, y se va.
—¿Y el fondo?
—El fondo hay que pasarlo a gatas y a oscuras, y hay que ir con luz, y hay que querer.
Se quedó con la taza a medio camino.
—Eso no lo hace nadie por curiosidad —dijo—. Eso se hace si vas a algo.
Bajó a Garralda a mediodía y compró lo que le faltaba en una tienda de deportes de Aoiz, que fue lo que la retrasó una tarde entera.
Un frontal bueno y otro de repuesto. Pilas.
Guantes. Rodilleras de las de trabajar, que le parecieron ridículas en la tienda.
Una manta térmica. Un metro de costurera y una cinta métrica de cinco metros, de obra.
Bolsas de plástico con cierre, de tres tamaños.
Un termómetro de mochila. Una brújula, porque no se fiaba del teléfono.
Un rollo de cinta de balizar y un rotulador de marcaje.
Y una cámara, de las pequeñas, con flash, porque el teléfono en una cueva no vale nada y porque su abuela había subido con una cámara de fuelle y doce bombillas y había resuelto el problema apoyando el aparato en una losa.
Metió también la fotografía en su funda.
El sábado 17 de octubre salió de la última borda a las siete menos cuarto, con luz de frontal, y a partir de ahí no tenía ni un dato más que estos.
Que hay que subir por la canal de la sombra hasta el cordal, y que arriba se coge la vertiente del sur.
Que se bajan tres rellanos: el de la fuente, el de las tres hayas y el de la peña.
Que en el tercero, a mano izquierda de la peña grande y detrás de un enebro, hay una boca de metro y medio.
Que dentro hay ocho o nueve pasos de sala, un hogar a la derecha y una hornacina con leña a la izquierda.
Y que al fondo se estrecha, y que pasada la angostura no se duerme, porque ahí dentro hay dos muertos de las guerras.
Eso no se lo había dicho ningún papel. Se lo había dicho una mujer de sesenta y cinco años en una cocina, y antes de esa mujer se lo había dicho un pastor a su nieta, y antes alguien a aquel pastor, y así hacia atrás hasta donde llegara.
Andaba deprisa. Le costó tres horas y veinte llegar al cordal, diez minutos menos de lo que le habían dicho, y a las diez y diez estaba arriba con el valle español entero delante y sin una sola nube.