73
El capellán se llevó la llave del cobertizo de las cabras.
No dijo por qué. Dijo que allí había cal y que la cal es de la casa, y colgó la llave en la anilla de su cinto, con las otras dos.
Otsanda ya tenía dieciséis pieles hechas y guardadas entre las tablas de debajo del jergón, y con dieciséis pieles hay sesenta y cuatro folios, y con sesenta y cuatro folios no se acaba nada.
Las que le faltaban las preparó en el pajar de arriba, con un cubo, de dos en dos, y le salieron peor: más ásperas y con las esquinas duras. Se nota en el libro. Desde la hoja sesenta y cinco hasta el final, el pergamino es de otra mano y de otro sitio.
Escribían después de completas y hasta que se le agarrotaba la mano.
Él dictaba sentado en el banco de piedra, con la espalda en el muro y las manos abiertas encima de las rodillas, y dictaba en su lengua, que era la de ella, y en aquel valle nadie más entendía una sola palabra de lo que se decía en aquel cuarto.
Aquella noche —la del pasaje— fue a mediados de febrero.
Empezó como todas: cuatro o cinco palabras y una pausa. Y después llevaba un rato seguido, y entonces bajó la voz y ella entendió que había cambiado la cosa, porque ya no dictaba: decía.
—Y el que hizo el mundo miró lo que había hecho. Y vio los cielos y las aguas y las bestias y los hombres. Y no vio a nadie por encima de él, porque no le habían dado ojos para eso.
Ella escribía.
—Y dijo así: yo soy Dios y no hay otro sino yo.
Paró. Ella levantó la pluma.
—Y los que estaban con él lo oyeron. Y hubo uno que dijo: en esto mientes. Porque si no hubiera otro, ¿de quién estarías celoso? Y tú estás celoso. Y el que cela a otro está diciendo que hay otro.
Otsanda escribió eso y se quedó un momento con la punta en el papel.
Lo entendió. No la doctrina: el chiste. Es de esos que se entienden solos y que se cuentan en una cocina.
—Sigue —dijo él.
—Voy.
—Y tiene tres nombres en aquel libro. El primero es Ialdabaot. El segundo, Sacla, que quiere decir necio. Y el tercero, Samael, que quiere decir el dios ciego.
Los escribió los tres, en el orden en que se los dijo, tal como le sonaron.
Después él se calló un rato largo y ella no le metió prisa, porque a esas alturas ya sabía cuándo esperar.
Escribir así es un oficio de manos y de frío.
Se raya el folio antes, con la punta seca y una regla, veintitrés renglones, y se marcan los márgenes con pinchazos en el canto.
Se escribe apoyando el antebrazo entero y con el meñique de patín.
Cada quince renglones hay que parar a cortar la pluma, que se abre, y cortarla mal es perder media hoja.
En aquel cuarto hacía el frío que hace en un cuarto sin fuego en enero, y a la media hora los dedos empiezan a ir por su cuenta: la letra no cambia de forma, cambia de peso, y se pone más gorda sin que uno lo note.
Ella lo notaba al día siguiente, con luz, y no rehacía nada.
Otra noche —de las buenas, de las de treinta renglones— él dictó lo de la hechura del hombre.
—Y lo hicieron entre todos, y cada uno le puso una parte. Y le pusieron los huesos y encima la carne y encima la piel, y estaba entero y estaba bien hecho, y no se levantaba.
—¿No se levantaba?
—Escribe. Y estuvieron alrededor de él mucho tiempo, mirándolo, y no se levantaba, porque el que hace un cuerpo no le puede dar lo que no tiene. Y hubo que soplarle desde arriba, y entonces se levantó, y el que lo había hecho vio que aquello que se levantaba sabía más que él, y tuvo miedo.
Otsanda escribió y tuvo miedo y pasó a la línea siguiente.
Lo de las dos veces empezó en marzo.
La primera fue en una hoja sobre las aguas de arriba y las de abajo. Llevaban veinte renglones y él se paró en mitad de una frase, con la boca abierta, y no siguió.
Otsanda esperó. Contó hasta cuarenta, que es lo que dura una espera larga.
Él tenía la cara vuelta hacia el candil, que era lo que hacía cuando quería ver algo y no lo veía, y movía los dedos de la mano derecha, poco, como quien pasa hojas.
—¿Sigo?
—Espera.
Estuvo así lo que dura rezar dos padrenuestros. Después respiró hondo, se enderezó y dictó nueve renglones seguidos, sin una sola pausa y más deprisa que de costumbre.
Ella los escribió.
Cuando acabó, él dijo:
—Léemelo.
Ella se lo leyó. Él escuchó con la cabeza baja.
—Está bien —dijo—. Sigue.
La segunda vez fue quince o veinte días después, en la parte del final, en lo de la subida de las almas.
Y esta vez ella no contó hasta cuarenta, porque no le dio tiempo. Él se paró, y en el hueco de una respiración volvió a arrancar, y dictó lo que dictó, y no pidió que se lo leyeran.
De aquellas dos veces ella no dijo nada nunca.
Y lo pensó, y lo pensó en los términos en que se piensan estas cosas cuando uno lleva cuatro años copiando lo que le dictan otros: que el que dicta se equivoca, y que el que escribe escribe.
Su padre le había dicho eso a los once años, con un contrato delante: tú pon lo que diga, que si se ha equivocado él, es su nombre el que va abajo.
Aquí no iba a ir el nombre de nadie abajo.
Y estaba la otra cosa, que era lo que la hacía dudar y que ella no habría sabido decir con palabras: que un libro se copia de otro libro, y allí no había otro libro.
Se lo preguntó una vez, y una sola, en enero, cuando empezaron.
—¿Y el libro dónde está?
—Se acabó.
—¿Se quemó?
—Se mojó.
Y no preguntó más, porque no era asunto suyo y porque él lo dijo de una manera que cerraba la puerta.
De manera que lo que estaba saliendo de aquel banco de piedra no venía de ninguna parte más que de la cabeza de un hombre de cuarenta y seis años que no veía y que llevaba veinte leyéndolo en voz alta.
Ella no añadió una palabra.
Eso hay que decirlo así, porque es lo único que ella hizo y es lo único que le importaba: que no puso nada.
Donde él repitió, repitió. Donde él dijo dos veces la misma cosa con distintas palabras, escribió las dos y no eligió.
Donde se paró y arrancó por otro sitio, dejó la costura como estaba, sin coserla.
Un contrato no se arregla y un dictado tampoco. Se pone lo que se dice.
El capellán la esperó una mañana de marzo en el pasillo de la sala.
—¿Qué escribes de noche?
Otsanda no se paró del todo, que es lo peor que se puede hacer, así que se paró.
—Cartas.
—¿De quién?
—Del forastero. Está enfermo y quiere dejar dicho lo suyo a los suyos, y no sabe escribir.
Era mentira y era casi verdad, y las mentiras que son casi verdad se sostienen de pie, que es todo lo que hay que pedirle a una mentira.
El capellán la miró un rato.
—Pergamino de esta casa no.
—No, señor.
—Porque lo cuento.
—Lo sé, señor.
Y se fue a la capilla, y aquella noche ella cerró la puerta con la tranca por dentro como todas las noches, y no le contó nada, y trabajaron hasta que se le agarrotó la mano.
Acabaron a finales de abril, con la nieve ya alta y podrida y las noches todavía largas.
Ciento veintiocho hojas. Cuatro meses y medio. Treinta y dos pieles y un dedo de aceite cada dos días.
Lo cosió ella, por el lomo, con una tira de cuero y un punzón, en tres tardes, porque coser no se puede hacer a oscuras. Lo envolvió en un cuero de vaca que pidió al de las bestias diciendo que era para una silla.
Cuando se lo puso en las manos, él lo tuvo un rato, lo abrió por el medio, pasó dos hojas con el pulgar y volvió a cerrarlo.
—¿Está todo?
—Está lo que has dicho.
—Ya —dijo él—. Está lo que he dicho.