El Evangelio de las Cenizas 72
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No me acuerdo de la mitad. Digo lo que me queda. El agua se llevó las letras y no se llevó lo que decían, y esto que digo es lo que decían.

Las dos palabras del dorso de la fotografía le costaron veinte minutos y una llamada.

Etxeberria · Orbaizeta. Una casa y un pueblo, escritos por su abuela a lápiz debajo de la fecha.

Orbaizeta está en el Nomenclátor y tiene ciento y pico habitantes, y Etxeberria es un nombre de casa que hay en doscientos pueblos, porque quiere decir la casa nueva, y las casas nuevas se llamaron así en todas partes hace cuatrocientos años.

En Orbaizeta hay una y sigue en pie.

Subió el martes 6 de octubre en coche desde Pamplona, hora y media larga por Aoiz y por el valle, con la fotografía en una funda de plástico y la carta de El Cairo en la guantera, porque no las dejaba en casa.

En la casa vivía un matrimonio de sesenta y tantos años que la había comprado en 1994.

La recibieron en la entrada, con la puerta abierta y el perro atado, y fueron amabilísimos y no sabían nada.

Los que vivían antes se habían ido a Pamplona en los ochenta, y de los de antes de esos, ni idea.

Ella dijo un apellido —el de la madre de su abuela— y el hombre dijo que ese apellido en el valle no era de allí, que era de más arriba.

Le enseñó la fotografía y los dos la miraron un rato con el gesto de quien mira una cosa negra.

—Eso es una cueva.

—Sí.

—Cuevas aquí hay muchas.

Estuvo dos días.

Durmió en una casa rural de Garralda y anduvo el valle como se anda un valle cuando no se sabe qué se busca: el bar de la mañana, el bar de la tarde, el ayuntamiento, la tienda, la salida de misa del miércoles. Enseñó la fotografía a diecinueve personas.

Todas la miraron. Ninguna reconoció nada, y no por desconfianza: es que en una fotografía en blanco y negro de un interior de cueva, hecha con flash de bulbo en 1948, no hay nada que reconocer. Hay piedra, tierra y sombras.

Dos personas le dijeron el nombre de una cueva con turismo que está a treinta kilómetros. Un hombre le dijo que su padre había andado por las simas de la parte alta con unos de Pamplona en los años setenta, y que si quería le buscaba el número de aquella gente.

Y la del bar de Orbaizeta, el miércoles a mediodía, le dijo lo que hay que decir en estos casos.

—De monte, monte, la que sabe es la de Larraldea. Su abuelo subía con las ovejas hasta arriba del todo. Ella tiene sesenta y cinco o así y está siempre.

Larraldea es la última casa de la carretera antes de que la carretera se acabe.

La mujer estaba fuera, cortando plástico de un rollo para tapar una leñera, y la vio venir desde lejos. Escuchó de pie las tres frases de presentación —una investigadora, una fotografía de su abuela, 1948— y luego se limpió las manos y dijo que pasara, que hacía frío.

En la cocina había una mesa de hule, un calendario de una cooperativa y una estufa de leña encendida.

Miró la fotografía cuatro minutos largos, cerca, moviéndola para que le diera la luz, y no dijo nada de lo que Inés esperaba.

—¿Esto lo hizo tu abuela?

—Sí.

—¿Y tu abuela era de aquí?

—Su madre. Venía de cría, en verano, a casa de un tío que subía ovejas.

—¿A qué casa?

—Etxeberria de Orbaizeta.

—Ah. —Dejó la fotografía en la mesa—. Entonces subiría por donde subían todos.

Y a partir de ahí estuvieron una hora y veinte minutos y Inés no volvió a llevar la conversación.

Le contó lo del monte de antes. Que hasta los años sesenta subían de aquel valle cuatro o cinco rebaños grandes, y que se estaba arriba de junio a septiembre, y que había chozas y refugios y sitios donde meterse.

Que después se acabó: se murió la gente que subía, se abrió la pista forestal por el otro lado y los que quedaron llevaron las ovejas por donde se puede llegar con el todoterreno.

Que su abuelo fue de los últimos y que ella, de niña, subió con él quince o veinte veces.

Que a los sitios de arriba no les llamaban nada. La borda de fulano, el prado de arriba, la fuente, la cueva. Que no hacía falta más porque no había dos de cada cosa.

Inés preguntó, en algún momento, por las cuevas de esa vertiente.

—Hay tres o cuatro. La de arriba del hayedo, la del rellano y una que no vale para nada porque se hunde el suelo.

—¿Y en alguna se puede dormir?

—En la del rellano.

—¿Y usted ha dormido ahí?

—Yo no. Mi abuelo sí, muchas veces, con la nieve. Y su padre.

Y entonces lo dijo, sin darle importancia, poniendo un vaso de agua encima de la mesa.

—Ahí se duerme del lado de acá. Pasada la angostura no se duerme.

Inés dejó de escribir.

—¿Pasada qué?

—Al fondo se estrecha y se pasa a gatas. Eso no. Eso desde siempre.

—¿Y eso lo dice la gente de aquí?

—Lo decía mi abuelo y lo decía todo el mundo. Como lo de no beber del pozo de la borda de arriba, que tiene el agua mala.

—¿Y por qué no se duerme?

La mujer se sentó al fin, con las dos manos en el vaso.

—Porque ahí dentro hay dos muertos, de las guerras.

Inés se quedó con el bolígrafo en el aire.

—¿De qué guerras?

Y la mujer se encogió de hombros, exactamente como se encoge uno de hombros cuando le preguntan por qué el pozo tiene el agua mala.

—De las guerras.

—¿De la del treinta y seis?

—No sé. De las de antes, digo yo. Aquí lo del treinta y seis fue poca cosa.

Inés estuvo dos o tres segundos ordenando lo que quería preguntar y le salió lo peor.

—¿Y nadie ha mirado nunca? Digo, la gente de la memoria histórica. Llevan veinte años abriendo fosas.

—Sí, sí. Aquí han venido. —La mujer lo dijo sin ninguna acritud—.

Estuvieron el año pasado y el otro, en Aribe y en el cruce, con las máquinas y con los papeles.

Pero es que esos buscan otra cosa: buscan cunetas, y buscan gente que tiene nombre y familia y un papel de cuándo se la llevaron.

Aquí lo que hay es una cueva en el monte y una historia que dice mi abuelo. ¿Qué van a ir a mirar?

—Ya.

—Y además, mira: si hubiera algo de aquella guerra, se sabría. Lo de aquella guerra se sabe todo. Lo que no se sabe es lo de antes, y lo de antes no lo pregunta nadie.

Salió a las cinco y media con el cuaderno en la mano y ninguna otra cosa.

No le había dado un topónimo, porque no lo había. No le había dado un mapa, ni una referencia catastral, ni el nombre de una peña. Le había dado un rellano, una angostura y una frase, y la frase se la habían pasado tres generaciones sin escribirla nunca en ningún sitio, y había llegado entera.

En el escalón de la puerta, antes de darle la mano, se miró un momento las dos manos, que las tenía limpias.

En el coche apuntó las dos frases, palabra por palabra, con el bolígrafo y encima del volante, antes de arrancar, que es lo que se hace con una fuente oral y lo primero que le enseñaron a hacer en la carrera.

No se duerme pasada la angostura.

Ahí dentro hay dos muertos, de las guerras.