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El miércoles se levantó a las siete y media, se hizo café y se sentó a la mesa a las ocho.
Y empezó lo de los inventarios, que al principio no fue nada.
Estuvo hasta la una. Al día siguiente, hasta las dos.
Lo hacía como se ordena una cocina que no lo necesita.
En dos días había hecho veintiséis archivos departamentales.
El método, si se le puede llamar así, era este: entrar en la página de fondos privados, bajarse el pdf del repertorio, y buscar dentro.
Cuando el pdf estaba bien hecho, la búsqueda funcionaba y se acababa en cuatro minutos.
Cuando estaba escaneado de un mecanografiado de los años setenta y pasado por un reconocimiento de caracteres barato, la búsqueda no encontraba nada, ni siquiera palabras que ella estaba viendo en la pantalla.
En esos hay que leer.
Y leer un repertorio departamental es leer ochocientas entradas de dos renglones cada una, con el ojo a media velocidad, buscando cuatro cosas: fechas entre 1930 y 1945, la palabra chartes , la palabra thèse , y cualquier oficio que trabajara con manuscritos.
Buscaba también, por si acaso, cinco variantes del apellido de su abuelo. No salió ninguna vez y no esperaba que saliera.
El del Aveyron era de 2019, tenía doscientas doce páginas y estaba escaneado torcido.
La búsqueda le devolvió cero resultados para todo, incluida la palabra fonds , que aparece en cada página. Así que se puso a leer a las cuatro de la tarde de un jueves, con el ordenador en la mesa de la cocina, y a las siete y veinte iba por la página ciento sesenta y uno.
La entrada era esta, y ocupaba tres renglones:
62 J — Papiers Étienne Rouvière (1911-1940), ancien élève de l'École des chartes. Notes de travail, correspondance, photostats. 0,40 ml. Don de Mlle M. Rouvière, 1974. Non classé; répertoire à faire.
Lo leyó dos veces y luego se levantó y anduvo por la cocina.
Photostats. Es una palabra que ya no usa nadie y que en 1937 quería decir una cosa concreta: la copia fotográfica directa sobre papel sensible que hacían las bibliotecas grandes cuando un investigador pedía reproducción de un folio.
Negativo, en blanco sobre fondo negro, del tamaño del original o casi.
Lo demás lo comprobó aquella noche y le llevó tres horas.
Étienne Rouvière, nacido en 1911. En la lista de alumnos de la École des chartes de su promoción, sí. En la lista de archiveros paleógrafos titulados, no. Movilizado en 1939; muerto el 12 de junio de 1940, con veintinueve años, en el hundimiento de un puente sobre el Aisne.
Y por eso no hay nada suyo impreso.
Una tesis de esa escuela no se publica: se lee, se deposita en un ejemplar manuscrito o mecanografiado y se imprime únicamente el resumen, la position , en el volumen anual, y solo si la tesis se ha defendido.
Inés bajó los volúmenes de positions de 1936, 1937, 1938, 1939 y 1940 y los repasó uno por uno.
Rouvière no está en ninguno.
No defendió. Trabajó tres o cuatro años en un asunto y se murió en un río, y sus papeles fueron a parar a una hermana, y la hermana los donó al archivo de su departamento en 1974, y el archivo los aceptó, los midió —cuarenta centímetros lineales— y anotó, con toda honradez, sin clasificar; repertorio por hacer .
Cincuenta y dos años.
Escribió al Aveyron el viernes a las nueve de la mañana, con el formulario de la página, pidiendo consulta del 62 J.
Le contestaron el lunes a mediodía, en cuatro líneas, diciéndole que el fondo estaba disponible con reserva previa, que al no estar clasificado se comunicaba en su totalidad y bajo vigilancia, y que podía venir cuando quisiera con su documento de identidad.
Sin justificar el objeto. Sin marco institucional. Sin afiliación. Sin padrino.
Un archivo departamental le sirve un fondo público a cualquiera que entre por la puerta y rellene una papeleta, y eso lleva siendo así en Francia desde hace doscientos años.
Condujo el jueves. Tres horas y veinte por la autopista y luego por nacional.
El 62 J son dos cajas de cartón y una carpeta grande, de las de plano, atada con cintas.
Las dos cajas eran lo que dice la entrada: cuadernos de notas con letra pequeña, fichas, cartas de un profesor, borradores de capítulos sobre la administración de un señorío del Rouergue en el siglo XIII, y facturas de un encuadernador.
En la carpeta grande había once photostats.
Diez eran de cartularios y de piezas notariales del Aveyron y no le decían nada. El undécimo estaba abajo del todo, entre dos cartones, y era de un volumen de la colección Doat.
Lo reconoció antes de leer una palabra, por el ductus de la mano del segundo escribano.
Es una hoja de papel fotográfico de treinta y tantos por veinticinco, con la imagen en negativo: fondo negro y letra blanca, que es como salían y por lo que se leen mal y se leen igual. Tiene los bordes cortados con guillotina y una esquina doblada.
Pegada al dorso, con cola seca y despegándose por dos lados, hay una tira de papel impresa y rellenada a mano con la letra de un empleado:
Reproduction photostatique. Demande n.º 1.144. Fonds Doat. 1 vue. 22 mars 1937.
Debajo, a lápiz y con otra letra, una anotación de tres palabras que era la del propio Rouvière y que decía, en francés, para el capítulo IV .
Es un folio entero. Eso fue lo primero que miró, porque era lo único que importaba: el folio entero, con sus cuatro márgenes, con el borde del papel visible por los cuatro lados, y con la foliación antigua a lápiz rojo en el ángulo superior derecho, legible, con su número.
Doscientos once vuelto.
Veintiséis líneas. La deposición de Bernardus Vitalis, tejedor de Laurac, recibida el 4 de mayo, hasta su última línea.
Y debajo, dos dedos de blanco. El blanco entero, limpio, con la textura del papel visible en el negativo, hasta la capital algo mayor de la deposición siguiente.
No hay nada escrito ahí.
Inés se quedó mirando aquello sentada, con las dos manos en el borde de la mesa, en una sala de lectura de Rodez con tres personas más, durante un tiempo que después no supo calcular.
Y luego hizo la cuenta, y por primera vez en siete meses le salió cerrada.
Consta: que el 22 de marzo de 1937, según la nota de encargo que estaba pegada al dorso, un estudiante de la École des chartes pidió reproducción de ese folio y le mandaron esto.
Consta: que en esta reproducción, el espacio entre las dos deposiciones está en blanco.
Consta: que en 1954 ese mismo espacio contiene siete líneas, transcritas con su folio en un artículo impreso.
Se sigue: que las siete líneas se escribieron entre marzo de 1937 y 1954. No en el siglo XVII, no en el XVIII, no en 1660 ni en 1780. En diecisiete años del siglo XX.
Y se sigue lo otro, que era lo que llevaba desde julio esperando poder decir.
Si aquella cláusula fuera lo que dice ser —un tejedor que cuenta de memoria, cuatro o cinco años después, lo que oyó leer en voz alta en un pajar, en su lengua, y un notario que lo vierte al latín mientras lo oye—, lo que tendría que haber en ese folio es una paráfrasis.
Una idea general, mal cosida, con las palabras del notario.
Y lo que hay es un texto que se puede colacionar. Un texto con lecturas propias, congruentes entre sí, comparables palabra por palabra con cuatro testigos coptos.
Eso no es un recuerdo. Un recuerdo no conserva variantes: las pierde. Solo conserva variantes lo que se copia con un original delante.
Y estaba el nombre.
En las cuatro ediciones publicadas, el hacedor del mundo se llama de una manera. En la cláusula de 1954 se llama Ialbadaoth , con las dos sílabas del medio cambiadas de sitio.
En el folio de 1937, en el blanco de dos dedos, no se llama de ninguna manera.
Pidió reproducción del photostat, la pagó —dieciocho euros con veinte, con tarjeta, en el mostrador— y le dijeron que se la mandaban por transferencia en cuarenta y ocho horas y que si la quería certificada conforme al original tenía que solicitarlo por escrito.
Lo solicitó por escrito, allí mismo, en un impreso, con su nombre y su documento de identidad y sin poner ninguna institución en la casilla de la institución.
Salió a la calle a las cinco y media. Hacía sol y no había aparcado lejos.
Se sentó en el coche, no arrancó, y estuvo un rato pensando a quién se lo podía enseñar.