El Evangelio de las Cenizas 70
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Una. El correo lo recogía ella, porque bajaba a por el pan.

Marcelle subió, dejó el pan, se lavó las manos y se sentó a leerla en la mesa de la cocina con las gafas de cerca.

Cerró la separata, la puso en el aparador con la primera página hacia abajo y bajó otra vez a por sal, que no hacía falta.

La mujer de un colega de Burdeos preguntó, entre el segundo plato y el postre, qué hacían ellos dos en Pamplona en aquellos años.

Marcelle estaba sirviendo. No paró de servir: acabó el plato que tenía en la mano y siguió con el siguiente, que es lo primero.

Después contestó con un dato exacto, que es lo segundo.

Dijo que trabajaban en el archivo de la ciudad, que había legajos del siglo XIII escritos en la lengua de aquí, que ella sujetaba los legajos y le leía las cifras, y que en la sala no había estufa y hasta las once de la mañana no se podía escribir sin guantes.

Y preguntó ella, que es lo tercero: si en Burdeos también habían quitado el tranvía.

Estuvieron veinte minutos con el tranvía de Burdeos.

Tres. En el 67 su hija tenía quince años.

Una noche de noviembre, un domingo, la niña entró en la cocina a las once y media, cuando ella estaba fregando, y dijo:

—¿Qué hace papá?

—Está trabajando.

—Ya. ¿Qué hace?

Marcelle no paró de fregar.

—Copia. Copia unos textos viejos que solo se pueden leer con lupa. Antes lo hacía en la facultad y desde que tiene la vista mal lo hace aquí, con el flexo, porque en la facultad no le dejan poner la luz tan baja.

—¿Y por qué de noche?

—Porque de noche no hay ruido. ¿Tú has hecho lo de mañana?

La niña se quedó en la puerta un momento más.

—No me has contestado —dijo.

—Te he contestado dos veces.

—Me has contestado dos cosas.

Y se fue a la cama, y Marcelle acabó de fregar la sartén, y aquello no se volvió a hablar.

Cuatro. En junio del 69 le dieron un premio.

Fue en un salón de la Academia, con cuarenta sillas, discursos de tres cuartos de hora y un vino de honor después. Le dieron una medalla en una caja forrada de terciopelo y un diploma en una carpeta.

A ella le pidieron que hiciera las fotografías, porque el que iba a hacerlas se había puesto malo y porque en aquella casa la que hacía las fotografías era ella.

Se llevó la cámara buena y el flash de bulbos.

Se puso a la derecha del estrado, en el pasillo, apoyando el codo en el respaldo de la última silla de la fila tres, que es lo que se hace cuando no hay trípode.

Midió con el exposímetro. Cambió el diafragma dos veces por la lámpara del techo.

Contó, para no disparar mientras hablaba, y disparó entre frase y frase.

Hizo veintidós.

Salieron bien. En una de ellas, la buena, la que se enmarcó y se colgó en el pasillo, él está de pie con la carpeta abierta, mirando a alguien de la primera fila y riéndose de algo que le acaban de decir, y tiene sesenta y siete años y la cara de un hombre al que la vida le ha ido bien.

La reveló ella aquella noche, en el cuarto de baño, después de acostarse todo el mundo.

Y esto es lo otro, y va aparte porque no es una escena: que desde el 52 no durmió bien ni un año.

Se despertaba entre las cuatro menos cuarto y las cuatro y media. No siempre, pero casi. Al principio se quedaba en la cama boca arriba hasta que se hacía de día. A partir del 55, no: se levantaba.

Se ponía la rebeca, cerraba la puerta del pasillo para no despertar a nadie y se metía en el cuarto de baño con las cubetas.

De cuatro a seis y media se revela bien.

No hay ruido, no hay nadie que llame, y el agua sale a la misma temperatura toda la hora, que es lo que importa.

En esas dos horas y media hizo, año tras año, las bodas, las comuniones, las obras del ayuntamiento, las crecidas del río, los retratos de los colegas de él y las inscripciones de las iglesias del Tarn.

Ese oficio lo levantó ahí. En el hueco de las cuatro de la mañana.

Él envejeció respetado y contento. Iba a los sitios, contestaba las cartas, se reía en las cenas y le explicaba cosas a todo el que se le pusiera delante.

Se jubiló en el 70 y siguió yendo a la facultad tres mañanas por semana, porque le dejaron una mesa.

En diciembre tuvo un dolor en el pecho una tarde, se le pasó, y no fue al médico hasta marzo.

La niña se fue de casa en el 71, en septiembre, a los diecinueve años.

Se fue a Pamplona, que fue lo que a Marcelle le pareció más raro de todo y lo único de lo que no dijo nada: de los mil sitios que hay, aquel.

Cargaron el coche entre las dos un sábado por la mañana.

En cuatro años, desde aquella noche de la cocina, no había vuelto a preguntar por su padre ni una sola vez, y aquel sábado tampoco.

Marcelle cumplió cuarenta y cuatro años en abril de aquel año y se compró una ampliadora nueva, de segunda mano, alemana, que le costó lo que había ganado en dos bodas.