El Evangelio de las Cenizas 69
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La primera semana sin nada que hacer se le pasó ordenando.

Ordenó la cocina, que no lo necesitaba.

Encima de la mesa tenía tres cosas y no había más: el cuaderno de anillas, la fotografía de la cueva dentro de una funda de plástico transparente y la carta de El Cairo entre dos cartones.

Escribió en el cuaderno lo que le quedaba por hacer y le salieron nueve líneas.

Pedir el análisis del folio: hace falta una institución.

Consultar el diocesano de Albi: hasta febrero, y hace falta que abran.

Volver a la caja del talonario: hace falta que lo vuelva a pedir alguien con placa.

Un segundo dictamen paleográfico: hace falta un paleógrafo que no sea ella.

Localizar los papeles de Combelles: hace falta una testamentaría y un heredero.

Cotejar la fotografía con el sitio: hace falta el sitio.

Autentificar la carta: hace falta el archivo del destinatario, que se quemó.

Publicar cualquiera de las dos cosas: hace falta una revista y una afiliación.

Preguntarle a su abuela: hace falta que hable.

Nueve líneas, y cada una acababa en otra persona.

Contó lo que tenía en la cuenta y le salió para cinco meses si no viajaba. El contrato con el consorcio duraba hasta agosto de 2027 y le seguían pagando, que era lo más raro de todo: cobraba por no hacer un trabajo que ya no podía hacer.

Bea llamó el martes a las siete y diez de la tarde.

—¿Puedes hablar?

—Puedo.

—Es una cosa de dos minutos y prefiero decírtela hoy.

Inés se apoyó en el marco de la ventana de la cocina.

—He llamado a Aitor esta mañana y le he dicho que retire la solicitud. Y he llamado a la agencia y les he dicho que no seguimos.

—Vale.

—Tenían una oferta de una pareja de Iruña por ciento cincuenta y siete. El sobrino me lo dijo el viernes por si queríamos igualarla y yo le dije que no. No te lo consulté y por eso te llamo.

—Has hecho bien.

—No he hecho bien ni mal, Inés. He hecho lo que había.

Le dio los números, porque los números los tenía delante y porque era Bea. La tasación, pagada dos veces, setecientos sesenta euros perdidos.

—Y ya está —dijo—. No hay drama. Hay una casa que no compramos.

—Ya.

—Lo digo en serio. No te estoy dejando y no estoy enfadada. Yo lo que no puedo es seguir llamando a un señor cada seis semanas para decirle que la otra titular sigue en Francia.

—Lo entiendo.

—¿Estás bien?

—Estoy bien.

—No estás bien.

—Estoy bien, Bea.

Y ahí hubo un silencio de esos que en el teléfono duran mucho.

—Cuando quieras vienes —dijo Bea—. Y cuando quieras no vienes. Pero deja de decirme fechas, que llevas un año diciéndome fechas.

—Vale.

—Vale. Te dejo, que tengo una vaca en Uharte.

Diez minutos y once segundos.

No se gritaron, no se colgó nadie, no se dijo ni una palabra de más ni una sola cosa injusta. Bea le preguntó dos veces si estaba bien. Inés dijo dos veces que sí. Al día siguiente se mandaron dos mensajes, uno sobre un papel del banco y otro sobre el tiempo.

Aquella noche Inés no hizo nada.

Y no es una manera de hablar. Se sentó en el sofá a las siete y veinte, después de colgar, y estuvo allí hasta las once y cuarto sin encender la televisión, sin abrir el ordenador, sin comer y sin llorar, con las dos manos en las rodillas, oyendo a los vecinos de arriba andar de un lado a otro.

En veinte años no se acordaba de haber hecho eso.

Hacia las nueve pensó en Solanich, que era lo que le pasaba cuando no tenía nada más en la cabeza.

Un hombre de ochenta y siete años que la recibió sin prisa y sin preguntarle para qué, que le discutió una clasificación por materias, que le dijo que su abuelo era un hombre muy querido en aquella casa, y que se cayó por la escalera de su portal aquella noche.

Ella tampoco puede probar que fuera a verlo un día antes. Sí puede: está en el registro de la sala.

Se rio sola, en el sofá, a oscuras, de la única cosa que se podía probar de todo aquel asunto.

A las once y cuarto se levantó, se lavó los dientes y se acostó.