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Empezó con cuatro renglones y una prueba.
Fue en diciembre, en el establo, un mediodía. El hombre le pidió que escribiera lo que él dijera, para ver si podía. Ella cogió una tablilla de las de las cuentas, la raspó y le dijo que hablara despacio.
Él dijo cuatro renglones. Ella los escribió.
Después él le pidió que se los leyera en voz alta y ella se los leyó, y él se quedó callado un rato con la cara vuelta hacia donde estaba la puerta, que era donde entraba la luz.
—¿Dónde ha aprendido a escribir así?
—Con mi padre.
—Su padre escribía bien.
—Mi padre escribía deprisa —dijo ella—. Que es lo que se paga.
En aquella casa había dos libros y los dos los llevaba ella.
Uno es el de entradas y salidas del granero: trigo, cebada, avena, habas, lo que llega del diezmo y de la primicia, lo que sale para la simiente y para el pan de los criados, y lo que se sube al puerto en junio y en octubre.
El otro es el de las cabezas: ovejas, corderos, cabras, dos yuntas, cerdos, y las pieles.
Escribe todos los días menos los domingos, de la hora tercia a la sexta, en la mesa del rincón de la sala grande, con la ventana a la espalda y el capellán a dos pasos.
Escribe en su lengua, que es la de las cuentas del burgo de donde viene y la de los contratos de su padre, y que en aquel valle no habla nadie más que ella y ahora este.
Y escribe lo que le dictan, sin quitar ni poner. Eso es lo que es una mano.
Un libro cuesta pieles y cuesta aceite, y las dos cosas están apuntadas en el libro que lleva ella.
Lo calculó la segunda semana, con el dedo, encima de la mesa, mientras el capellán dormía la siesta.
De una piel de cordero de las de allí, raspada y estirada, salen dos hojas dobles del tamaño que ella usa para los cuadernillos de las cuentas.
Dos hojas dobles son cuatro folios. Un libro de los que él quería —y él, cuando le preguntó cuánto era, se quedó pensando y dijo que como el que él llevaba, y con las manos hizo el grueso de tres dedos— son ciento veinte o ciento treinta folios.
Treinta y dos pieles.
Treinta y dos pieles no se esconden. En aquella casa mueren al año cuarenta o cincuenta corderos, entre los que nacen mal y los que se hielan en febrero, y cada uno de esos cuarenta o cincuenta está escrito con su fecha y su razón, porque la casa de arriba quiere saber por qué tiene menos cabezas en junio que en marzo.
Y de cada piel se dice adónde va: al curtidor, a correas, a la casa, o al fuego si está rota.
Al fuego van, un año con otro, seis o siete.
Ese fue el sitio.
Ella escribía el libro y ella escribía la razón.
Y a partir de enero, en el libro de aquella casa, empezaron a estropearse más pieles de las que se estropeaban antes: rotas al desollar, comidas de gusano, quemadas por la sal.
Las apuntaba una a una, con su fecha, y ninguna era mentira del todo, porque todos los años se rompen pieles y porque el que desuella en aquella casa tiene sesenta y un años y ya no ve.
De diciembre a marzo apuntó treinta y tres por perdidas.
Y una piel apartada no es una hoja.
Hay que ponerla en cal, y luego raerla por los dos lados con la luna del cuchillo, y estirarla, y secarla estirada, y después alisarla con piedra pómez y darle greda para que agarre la tinta. Eso son días y eso huele, y en una casa de labor huele a cal, que huele a todo.
Lo hacía en el cobertizo de las cabras, que es donde se curten las correas y donde nadie entra en enero, y lo hacía de cuatro en cuatro, y las hojas terminadas las guardaba entre dos tablas debajo de su propio jergón.
El aceite era peor, porque el aceite se ve en el nivel. Empezó apuntando de más y lo dejó a la semana, porque el capellán cuenta orzas.
Así que hizo lo otro: quitarle a la lámpara de la capilla. Un dedo cada dos días. La lámpara arde toda la noche y nadie mira si arde más alta o más baja.
El cuarto de la simiente no tiene ventana, huele a grano y se cierra por fuera con una tranca, y ella tenía la tranca puesta desde dentro, apoyada, para que no se abriera si alguien empujaba.
Él se sentaba en el banco. Ella, en el suelo, con la tabla en las rodillas, el candil a la izquierda y las hojas sueltas, sin coser, en un lienzo.
Él dictaba muy despacio, cuatro o cinco palabras y una pausa, y a veces repetía una palabra dos veces con distinta forma y decía «la segunda», y ella tachaba la primera con una raya fina y seguía.
Hacían entre cuarenta y cincuenta renglones cada noche. Cuando llevaban una hora, a ella se le agarrotaba la mano derecha y lo decía, y paraban, y él no se quejaba nunca.
Del contenido, esto.
Que aquello no se parece a lo que dice el capellán.
Que hay un padre que no hizo el mundo y un hacedor del mundo que no es el padre, y que el hacedor del mundo dice que no hay otro y miente.
Que el cuerpo es una cosa que se pone y se quita.
Que ella escribió eso sin que se le moviera la mano, igual que escribía «doce fanegas de cebada, recibidas de la casa de abajo».
El cura de allí dice una cosa. Este dice la contraria. A ella no le habían preguntado nunca cuál de las dos.
Lo que sí sabía era esto otro, y lo sabía como se sabe dónde está el borde de una mesa a oscuras: que si a una mujer de aquella casa le encuentran escribiendo de noche, en un cuarto cerrado, con un forastero, lo primero que pensarán no es lo del libro.
Y que si después de pensar lo primero llegan a lo segundo, ya no hay nada que pensar.
Ella no tenía nada. No tenía dote, porque el dinero de su padre se lo llevaron los acreedores. No tenía casa a la que volver, porque la casa se vendió. Tenía una cama en un cuarto con otra mujer, la comida, dos sayas, y aquella mesa del rincón de tres a seis.
Lo de la mesa es lo único.
Una mujer que escribe en una casa así escribe porque el que manda deja que escriba.
No hay carta, no hay nombramiento, no hay salario.
Se deja porque es cómodo y porque sale barato, y el día que estorbe se acaba, y el día que se acabe hay dos sitios adonde ir: a servir en una cocina, o a casarse con quien la quiera con lo puesto.
Ella tenía veintiún años y llevaba cuatro haciendo cuentas de otro, y aquellas hojas del cuarto de la simiente eran lo primero que salía de su mano que no era de nadie.
El capellán restó en marzo.
Lo hizo en voz alta, delante de ella, sin ninguna intención, mientras repasaba el cuaderno con el dedo antes de copiarlo en limpio para subirlo.
—Cuarenta y ocho cabezas perdidas. Bien. Pieles al curtidor, nueve. A correas, cuatro. A la casa, dos. Perdidas... —Se paró—. Treinta y tres.
Ella siguió escribiendo lo que estaba escribiendo.
—El año pasado fueron siete.
—El año pasado no hubo la helada de febrero.
—La helada de febrero mata corderos, no pieles.
Y no dijo nada más aquel día. Cerró el cuaderno, se levantó y se fue a la capilla.
Aquella noche, en el cuarto de la simiente, ella no le contó nada, y trabajaron hasta que se le agarrotó la mano.