El Evangelio de las Cenizas 67
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No lo dijo así. Dijo que aprovechaba, que tenía que firmar unos papeles de la residencia y que se quedaba el fin de semana, y su madre dijo muy bien y le preparó el cuarto de la plancha.

Llegó a las siete de la tarde con una bolsa pequeña y con la caja de zapatos, que ya iba con ella a todas partes.

Cenaron a las nueve. Contó lo que se puede contar de una cosa así: que el proyecto había suspendido la línea, que le habían cortado el acceso a las bases, que había una carta de unos abogados. Lo contó en cuatro minutos y en tono administrativo, que era el único que le salía aquel mes.

Su madre escuchó, preguntó dos cosas prácticas —si cobraba igual, si tenía contrato hasta cuándo— y no dijo nada más.

Recogieron. Su madre puso el lavavajillas y ella secó la sartén, que no va, y estuvieron un rato con la televisión de fondo sin verla.

A las once menos veinte, su madre apagó la televisión con el mando y dejó el mando encima de la mesa.

—Te voy a contar una cosa y prefiero contarla de una vez, así que no me preguntes hasta el final.

Inés se quedó con el paño en la mano.

—En 1958 yo tenía seis años y vivíamos en Toulouse, en la calle Pargaminières, en un tercero.

Y lo contó entero, y lo contó ordenado, con los datos por delante y en el orden en que se ponen los datos, que es como se cuenta lo que se ha contado uno a sí mismo muchas veces y nunca en voz alta.

Que la casa tenía cuatro habitaciones y un pasillo en ele. Que la de ella daba al patio y la cocina también, y que las dos puertas estaban en el mismo tramo del pasillo, a tres metros una de otra.

Que aquella noche se despertó porque tenía sed. Que eso lo sabe porque se despertaba por eso a menudo y porque en la mesilla no había vaso.

Que salió al pasillo descalza y que la luz de la cocina estaba encendida y la puerta entornada, y que ella no llamó ni dijo nada porque a esa edad no se llama: se va.

Que se paró a un metro de la puerta.

—La mesa estaba puesta de lado, contra la ventana, y él estaba sentado en el lado de acá, de perfil. Tenía una lámpara de esas de brazo, bajada mucho, casi tocando la mesa, y puesta de lado, que eso lo recuerdo porque le daba en la cara desde abajo y hacía sombras raras.

—¿Estaba escribiendo?

—Espera.

Inés dejó el paño.

—En la mesa había una hoja grande, más grande que un folio, sujeta con dos cosas en los cantos.

Era marrón. No marrón de sobre: marrón claro, con vetas, como una estera.

Y estaba escribiendo encima con una plumilla, y escribía muy despacio, parándose, con la cara a un palmo.

Y cada poco miraba a la izquierda, donde tenía otra cosa apoyada de pie, y volvía.

Se quedó un momento.

—Y mi madre estaba en el quicio de la puerta.

—¿Dentro?

—En el quicio. Ni dentro ni fuera. De pie, con una rebeca por encima del camisón, con los brazos cruzados, mirándolo.

—¿Y él lo sabía?

—Claro que lo sabía. Llevaba allí un rato.

—¿Y qué hacía ella?

—Nada —dijo su madre—. Eso es lo que hacía. Mirar y no pararlo.

Y ahí, según lo contaba, se detuvo, y volvió a decirlo con otras palabras, que es lo que hace la gente cuando llega a la parte que le importa.

—Yo no me acuerdo de lo que él escribía. No me acuerdo de la letra, ni de si eran renglones o columnas, ni de nada. Podría haber sido una carta. De lo que me acuerdo, y con esto llevo sesenta y ocho años, es de mi madre en el quicio de la puerta, con los brazos cruzados, mirando.

—¿Y te vieron?

—Me vio ella. Se giró, me cogió por el hombro, me llevó a la habitación y me metió en la cama. No me riñó. Me tapó y me dijo que era muy tarde.

—¿Y al día siguiente?

—Al día siguiente, nada. Desayuno, colegio.

—¿Nunca lo hablasteis?

—Nunca.

—¿Ni de mayor?

—De mayor lo intenté una vez, a los treinta y tantos, aquí, en esta cocina, con ella sentada donde estás tú.

Le dije: mamá, ¿te acuerdas de una noche en Toulouse, cuando yo era pequeña, que papá estaba escribiendo en la cocina?

—Su madre puso las dos manos planas sobre la mesa—.

Y ella me dijo: tu padre escribía todas las noches. ¿Quieres más café?

Se quedaron las dos calladas.

Y entonces su madre dijo lo que había ido a decir, y lo dijo mirando el mando de la televisión.

—Yo no pregunté nunca y te dije en junio que había sido por prudencia.

Y no es verdad, y lo sabes tú y lo sé yo.

Yo tenía seis años aquella noche y no podía hacer nada, y a los quince tampoco, y a los diecinueve me fui de aquella casa y en cincuenta y cinco años he tenido mil ocasiones.

Vine a Pamplona, me casé con tu padre, tuve mi vida y me salió bien.

Y lo que hice fue no volver a entrar en aquella cocina.

—Mamá.

—No. Déjame acabar, que me cuesta.

Se pasó el pulgar por el borde de la mesa.

—Prudente es el que calcula y decide. Yo no calculé nada.

Yo tuve miedo de que si preguntaba, la respuesta me estropeara a mi padre, que era un hombre encantador y a mí me quería mucho, y me estropeara también a mi madre, que era lo que era pero era mi madre.

Y con ese miedo me construí una casa, una familia y una manera de hablar por teléfono los martes.

—Eso no es ser cobarde.

—Eso es exactamente ser cobarde —dijo su madre—. Lo otro tiene nombres más bonitos y los he usado todos.

No lloró. No se disculpó. Se levantó, aclaró dos vasos que ya estaban limpios y los puso boca abajo en el escurridor.

—Y ahora te digo lo único que te sirve, que es que aquello no fue una noche.

—¿Cómo que no?

—Que no fue una noche, Inés. Fue muchas.

Yo me acuerdo de esa porque me vio ella y porque me llevó a la cama.

Pero aquella luz de la cocina estuvo encendida a las tantas durante años, y yo la vi por debajo de la puerta docenas de veces, de niña y de adolescente, y algunas noches me levanté y no llegué a asomarme.

Eso no era una vez que pasó algo. Eso era lo que hacía mi padre por las noches.

Inés se quedó con las dos manos en la taza.

—¿Hasta cuándo?

—Hasta que se murió. En el setenta y uno.

El sábado, en la puerta, con el coche ya abierto, su madre bajó con una caja de cartón.

—Llévate esto, que lleva desde el noventa y ocho en el garaje y yo no sé qué hacer con ello.

Era una caja de plátanos, de las de fruta, con las esquinas reforzadas con cinta. Pesaba lo suyo.

—¿Qué es?

—Papeles de ella. Cuando vaciamos el piso de Toulouse, en el noventa y ocho, subieron catorce cajas. Doce son negativos. Esta es de las otras dos y es la que tiene fotos sueltas y cosas.

—¿La has mirado?

—La miré en el noventa y ocho. Fotos de gente que no conozco.

—¿Y de cuándo son?

—De cuando vivían en Pamplona, algunas. Se ve en los sitios. —Se apartó el pelo de la frente—. Oye, ¿tú vas a llegar bien? Que en Vitoria hay obras.

La metió en el maletero y se despidieron, y su madre le dijo que llamara al llegar y que no cogiera la nacional.

Paró en el área de servicio de Bergara, a los cincuenta minutos, porque no aguantaba más.

Abrió el maletero, abrió la caja y la fue vaciando encima del asiento del copiloto.

Sobres con fotografías de bodas. Un fajo de postales. Una caja de latón con carretes sin revelar. Recortes. Dos cuadernos de tapas de hule con datos de tomas: hora, diafragma, tiempo, nube.

Y en el fondo, dentro de un sobre grande y marrón, veinte o veinticinco copias sueltas, de las de bordes dentados.

La tercera empezando por arriba era negra casi entera.

Se veía una pared de piedra irregular iluminada por un lado, un suelo de tierra, y en el centro, sobre una losa plana, un bulto oscuro y, delante de él, un envoltorio abierto con algo dentro. En el ángulo de abajo a la derecha, la mancha blanca de una linterna encendida apoyada en el suelo.

Le dio la vuelta.

Detrás, a lápiz, con la letra pequeña y clarísima de su abuela, ponía: 19-VI-1948 .

Debajo, en la misma línea y con el mismo lápiz, había otra anotación, apretada, que ella no supo leer, y que estuvo mirando cuatro o cinco minutos con el móvil encendido encima, hasta que entendió que no era una palabra: eran dos, muy juntas, y ninguna de las dos estaba en castellano ni en francés, y tenían la forma que tienen los nombres de las casas.

En el sobre había también una carta.

Un folio doblado en tres, con dos sellos egipcios pegados al sobre pequeño que iba dentro del grande, matasellos corrido, fechada en El Cairo el 28 de octubre de 1946 y firmada con una inicial y un apellido que no le decía nada.

La leyó de pie, en un aparcamiento, con los camiones pasando.

Hablaba de papiros coptos, de un mercado, de un museo que había comprado un volumen y de un campesino y una tinaja que le habían contado ya cuatro veces con cuatro pueblos distintos.

Y en el segundo párrafo, dirigiéndose a su abuelo por el apellido, decía: me alegra saber que se acuerda usted de mí; yo me acuerdo perfectamente de usted, y sobre todo de un invierno en que discutimos durante una hora sobre un pretérito y perdí.

Inés se sentó en el bordillo de la acera del área de servicio con la carta en una mano y la fotografía en la otra.

Y estuvo allí veinte minutos, sin llorar y sin llamar a nadie, haciendo la única cuenta que sabía hacer.

Consta: que su abuela fotografió el interior de una cueva el 19 de junio de 1948, y que dentro de esa cueva había un bulto y un envoltorio.

Consta: que en octubre de 1946 un hombre le escribió a su abuelo desde El Cairo sobre papiros coptos, y que le escribió contestando a una carta suya.

Se sigue: que quien pregunta por un mercado no pregunta por curiosidad.

Y a partir de ahí, nada. Ni una sola de esas dos cosas prueba nada de nada. Una fotografía sin sitio y sin cadena de custodia no es una prueba: es una fotografía. Una carta particular de 1946 dirigida a un muerto no acredita ninguna compra, ni ninguna posesión, ni ningún delito.

Lo tenía todo y no tenía nada, y las dos cosas eran verdad a la vez y con la misma exactitud.

Volvió a meterlo todo en la caja menos aquellas dos cosas, que se las puso debajo del brazo, y condujo hasta Toulouse por la autopista, despacio, y llegó a las ocho y media de la tarde.