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Las once páginas salieron en marzo y en ocho meses pasó lo que pasa.
Cuatro cartas. Una reseña de nueve líneas en un boletín belga. Dos citas, las dos correctas.
Ella dijo que naturalmente y que todo el mundo la había citado de buena fe.
Nadie le preguntó por Egipto, porque en las once páginas no hay una sola línea de la que se pueda sacar la palabra Egipto.
Por lo otro sí le preguntaron.
En el congreso de Módena, en el café de la mañana, una mujer de Lyon que había leído el artículo entero le preguntó, con toda la delicadeza del mundo, si el firmante del certificado era pariente suyo.
—Es mi abuelo.
La mujer dijo ah , y estuvo dos segundos, y después dijo que le parecía muy valiente y que ella no sabría si habría sido capaz.
Inés le dijo que gracias y que era el apellido de su madre, y se pusieron a hablar de otra cosa.
Aquello pasó cuatro veces en ocho meses, y siempre igual: la misma pregunta con el mismo cuidado, la misma respuesta de dos palabras, y después alguien cambiando de tema por educación.
En abril le renovaron el contrato hasta 2029. En junio se compró un coche de segunda mano. En julio estuvo doce días en Uharte-Arakil, en una casa alquilada que no era la de piedra, y volvió a Toulouse el 2 de agosto.
Y quedaba lo otro, que no estaba cerrado y no se cierra con un papel.
Fue a Pamplona el jueves 11 de noviembre y su madre no le preguntó a qué venía.
El domingo 14 por la mañana la llevó en el coche a la residencia, que está a doce minutos, y por el camino le contó que habían cambiado al director y que el nuevo era joven y que había puesto música en el comedor.
Aparcaron a las once menos cuarto.
Subieron en el ascensor a la segunda planta, la de más personal por la noche, la del pasillo corto, y anduvieron hasta la penúltima puerta de la derecha.
En la puerta sigue la fotocopia. Está pegada con celo por las cuatro esquinas, más curvada que el año pasado y con el gris cerrado por la humedad, y se ve una mujer joven en la nieve, con un fardo a la espalda y unas botas horrorosas.
Su madre se paró en el pasillo, a un paso de la puerta.
Ni entró ni se fue. Se quedó allí de pie, con el bolso colgado del antebrazo y la mano en el asa, mirando el rodapié, y no dijo que la esperaba fuera ni dijo que pasaba en un momento ni dijo nada.
Inés la miró un segundo y entró.
La habitación tiene una cama, un armario, una silla, una mesilla con un álbum y una ventana que da al aparcamiento y a un cedro.
Su abuela estaba sentada en la butaca junto a la ventana, con la manta de cuadros en las rodillas y las manos encima de la manta, y llevaba tres años sin decir una frase entera.
En la mesilla estaba el álbum, el de siempre, el de tapas de escay marrón, con la esquina de una fotografía asomando por el canto de arriba.
Inés no lo tocó. Ni aquel día ni ninguno.
Cogió la silla, la puso enfrente y no al lado, y se sentó.
Estuvo hablando cuarenta minutos.
Se lo contó todo y se lo contó por orden, que es como sabe contar ella: la mañana de febrero del año pasado, la alerta del módulo de citas, las siete líneas, la edición de 2011 y la nota perpleja del editor.
Albi. El hombre que se cayó por una escalera la noche en que ella fue a verlo.
París, y una caja de basura administrativa, y un talonario con tres matrices de junio de 1949 firmadas con una letra que ella conoce.
Y después lo otro, y eso lo contó en francés, sin pensarlo, porque llevaba media hora en castellano y de pronto le pareció que aquello había que decirlo en la lengua en que aquella mujer había contado un puerto en una casa de comidas hace ochenta años.
Le contó la fotografía del 19 de junio de 1948 con la fecha detrás y el nombre de una casa de Orbaizeta.
El rellano, el enebro, la boca. Los dos hombres.
La lata de rancho con tres vueltas de esparadrapo y las cuatro hojas de dentro.
El bloque envuelto en un hule verde cosido con puntadas grandes y torcidas.
Y las once páginas, y lo que hay dentro y lo que no.
Su abuela miró por la ventana casi todo el rato. Dos veces volvió la cara hacia ella. Una vez, cuando Inés dijo lo del hule verde, movió los dedos de la mano derecha encima de la manta, tres o cuatro centímetros, y los volvió a dejar.
A las once y media Inés se calló.
Estuvieron un rato así, con el ruido del pasillo y con un coche maniobrando abajo.
Después se inclinó hacia delante, le puso la mano encima de las dos manos y se lo preguntó.
—Amona. ¿Tú lo sabías?
No pasó nada durante mucho tiempo.
Lo que hay en esa cara no se puede leer, y ella lleva quince años leyendo cosas que no se dejan leer y sabe perfectamente cuándo no hay nada que sacar. La respiración. El cedro. Un carro de comidas en el pasillo, lejos.
Y luego su abuela apartó la cara de la ventana, la miró, y dijo lo que dijo.
No fue una frase. Fueron cuatro palabras y una de ellas no se entendió.
Inés se quedó con la mano donde la tenía y no le pidió que lo repitiera.
Salió a las doce y diez. Su madre seguía en el pasillo, en el mismo sitio, y al verla salir se descolgó el bolso del antebrazo y se lo pasó al hombro, que es lo que hace la gente cuando empieza a andar.
—¿Está bien?
—Está bien.
Bajaron en el ascensor y no hablaron. En el coche, antes de arrancar, su madre le preguntó si quería comer en casa o en un sitio, y ella dijo que en casa.
Comieron a la una y media, las dos, y estuvieron hablando de la caldera.
Por la tarde, en la mesa de la cocina de su madre, con el cuaderno de anillas abierto por una hoja nueva, Inés escribió esto.
Nota de trabajo. Pamplona, 14 de noviembre.
Consta: que en el otoño de 1946 mi abuelo firmó un certificado de autenticidad y procedencia por una tabla de la que no sabía nada. Está en el expediente, con su letra, y la letra es la suya.
Se sigue: que sin esos honorarios no habría podido pagar El Cairo, y que sin El Cairo no habría habido nada de lo demás. Ninguna de las dos cosas la escribió él en ningún sitio. Las dos se siguen.
Y a partir de aquí me lo estoy contando.
Se lo he preguntado esta mañana. Tiene cien años y ya casi no habla, y aun así ha tardado en contestar, que es una manera de contestar.
No voy a escribir lo que ha dicho.
Mi madre se ha quedado en el pasillo y no ha entrado. Llevo toda la vida creyendo que eso era cobardía. Hoy no lo tengo tan claro: hay cosas que se sostienen mejor si alguien se queda en la puerta.
La caja de latón con los carretes sin revelar de mi abuela sigue en el garaje de mi madre, y en Albi hay dos cajas de cuadernos esperando una testamentaría que no acaba. Podría revelar los carretes esta semana. No los voy a revelar, y por las cajas no he vuelto a preguntar.
Once páginas. Es lo que se puede probar.