El Evangelio de las Cenizas 65
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La lata la compró en un puesto del mercado del jueves, entre una caja de cubiertos y unas alforjas.

Era de rancho, rectangular, de las que traían las tropas, de chapa estañada, con la tapa a presión y una bisagra de alambre. Tenía dos abolladuras y un poco de óxido en el canto de abajo. Se la dejaron en once pesetas y le preguntaron si la quería para pinceles.

La llevó a casa, la lavó con arena y jabón, la secó al sol dos días y la volvió a secar por dentro con un paño.

Después, en la mesa del despacho, hizo el paquete.

Las tres hojas del 48 llevaban cuatro años entre dos cartones, en la carpeta de hule, en el cajón de abajo. Las sacó, las puso una encima de otra en el orden en que habían estado en el cuadernillo, y encima de las tres puso la cuarta.

La cuarta era del mismo tamaño, cortada a cuchilla, y no era pergamino. Era papel de guarda de un libro del XVIII vaciado por él en invierno, engrasado y estirado, y de lejos y a la luz de una cueva se parecía bastante.

Tenía cuarenta y una líneas escritas por una sola cara, en tinta parda, con una letra chata, recta, de módulo pequeño, con las letras separadas y todas del mismo tamaño.

La había empezado en enero y la terminó el 21 de junio.

Cinco meses para cuarenta y una líneas. La primera hoja la tiró en febrero porque a la línea catorce se le cansó la mano y se le fue el módulo. La segunda la tiró en abril por una mancha del tamaño de una lenteja. La tercera es la que está en la lata.

El papel lo tuvo diez días en una bandeja con té frío y después dos semanas entre dos tablas con peso encima, y le pasó por los dos lados un trapo con cera y aceite de linaza y lo dejó secar en el patio.

La tinta era de la misma olla del 49, guardada en un frasco, y a los tres años había espesado y hubo que aguarla y probarla otra vez.

Escribía de once a una de la madrugada, ocho o nueve líneas por noche, con las tres hojas del 48 a la izquierda y una lupa.

Las envolvió en papel de seda, las metió entre los dos cartones y ató los cartones con bramante. Todo eso cabía justo en la lata. Encima puso un pliego doble de hule verde, cortado a medida, y cerró la tapa a presión, y selló el filo con tres vueltas de esparadrapo de tela.

La lata pesaba cuatrocientos gramos.

El martes 5 dijo en casa que se iba dos días a un pueblo del norte a copiar una inscripción, que era lo que decía ocho o diez veces al año.

Cogió el autobús de las seis y media hasta Aoiz y otro hasta el valle, y de la última parada anduvo dos horas y media hasta la borda de arriba, donde le dejaron dormir en el pajar por veinte pesetas y le dieron un tazón de leche que no se tomó.

Subió el miércoles a las cinco y veinte, con la primera luz.

Tenía cincuenta años y no andaba por el monte desde junio del 48.

La primera hora fue por la pista y fue bien.

La segunda, por el hayedo, y en el hayedo empezó lo de las paradas: cada cuarto de hora, apoyado en el palo, con la camisa pegada a la espalda.

La tercera fue por la ladera abierta y ahí ya paraba cada diez minutos, y a las nueve y media, con el sol dado, se sentó en una piedra y estuvo veinte minutos sin ser capaz de levantarse.

En agosto aquello es otro sitio.

En junio del 48 había hierba verde hasta la rodilla y la ladera estaba fresca hasta las once.

En agosto la hierba está seca y amarilla, resbala como la paja, y la piedra devuelve el calor desde las nueve.

Y hay moscas. Hay moscas de las gordas, de las que van a la cara y vuelven, y a partir de media mañana iban con él, cuatro o cinco, todo el rato, y no había manera.

Se equivocó dos veces de rellano.

La primera lo entendió enseguida porque no había peña. La segunda le costó cuarenta minutos: subió por una canal que le pareció la de la memoria, llegó a un rellano con enebros y estuvo buscando la boca a cuatro patas entre las matas hasta que se convenció de que no era.

Bajó otra vez y volvió a subir por donde debía, y a esa altura ya no le quedaban piernas y le temblaban las manos al agarrarse.

Llegó a la boca a las dos y cuarto. Nueve horas.

Se metió dentro y estuvo media hora tumbado en el suelo de la entrada, con la cara contra la piedra fría, oyendo su propia respiración.

Después comió pan, bebió, y encendió el carburo.

La sala de delante estaba como estaba: ceniza en el hogar, leña en la hornacina, la alpargata reventada en su rincón, un trozo de periódico doblado que no había en el 48.

El agujero del fondo le pareció más pequeño.

Se quitó la chaqueta, se ató la lata a la muñeca con un cordel, empujó el carburo por delante y entró de cabeza y de bruces.

Solo es peor. Eso no lo había pensado y lo supo a los dos metros, cuando el techo bajó y tuvo que girar la cara: que en el 48 había una mujer delante y una luz delante, y ahora la luz iba delante pero no había nadie, y detrás tampoco.

Se paró en el punto estrecho y estuvo un rato quieto, con la mejilla en la arcilla, hasta que le pasó lo del pecho. Luego siguió.

Dentro se puso de pie y levantó la lámpara.

Los dos estaban donde estaban. El del fondo, contra la pared, con las piedras encima, y ahora había dos caídas hacia el lado que en el 48 no estaban caídas. El de más acá, tumbado de lado, con la cabeza en la laja.

En el hueco de la pared, encima de la losa plana, los dos bultos: el pardo, que seguía siendo una piedra con forma de libro, y el otro, atado con las tiras de cuero, con su nudo, tal como él lo había dejado hacía cuatro años largos.

Lo cogió.

Lo desató, lo abrió por el sitio del que había cortado, y con la lámpara a un palmo estuvo mirando las puntadas cortadas y el hueco de los tres folios. Contó las hojas de aquel cuadernillo. Pasó el dedo por el corte de arriba.

Después lo volvió a atar, con el mismo nudo, y lo dejó donde estaba.

Sacó la lata del cordel, le quitó el esparadrapo, la abrió, comprobó que los cartones estaban secos y la volvió a cerrar. Le puso el esparadrapo nuevo que traía, tres vueltas.

Y la puso encima de la losa, al lado del otro, contra la pared.

No escribió nada. No dejó una nota, ni una fecha, ni una inicial, ni una señal. En la lata no hay una sola palabra suya, ni por fuera ni por dentro, y de la cuarta hoja no hay ni un renglón que diga qué es ni de dónde sale ni quién la ha hecho.

Antes de irse tocó el otro.

El bulto pardo pesaba lo que pesa una piedra de ese tamaño y estaba frío, y por el canto tenía una capa como de barro seco. Le pasó el pulgar por donde tendría que haber cortes de hojas y no había cortes de hojas. Lo levantó dos dedos y lo dejó otra vez en el mismo sitio.

Allí dentro huele a arcilla mojada y a nada más. No huele a los dos hombres. Eso también lo había pensado en el 48 sin decirlo.

Estuvo un momento con las dos manos en el borde de la losa.

Luego cogió el carburo y salió a gatas.

Bajó a las siete menos cuarto, con tres horas de luz, y le cogió la noche en el hayedo. Se cayó una vez, sentado, sin consecuencia. Llegó a la borda a las once y diez.

La mujer le calentó las sobras y le preguntó si había encontrado lo que buscaba, y él dijo que sí, y comió, y estuvo hablando media hora con ella y con su marido de la sequía de aquel verano, y les cayó muy bien.