El Evangelio de las Cenizas 64
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Estimada señora:

Acusamos recibo de su solicitud. Lamentamos comunicarle que las series que menciona forman parte del conjunto afectado por los trabajos de acondicionamiento del depósito, iniciados este verano, así como por la revisión del instrumento de descripción emprendida con motivo de dichos trabajos.

En consecuencia, la comunicación de esos fondos queda suspendida hasta la conclusión de las operaciones, prevista en un plazo aproximado de seis meses.

Le rogamos disculpe las molestias y quedamos a su disposición para informarle de la reapertura.

Lo leyó tres veces buscando el sitio por donde agarrarlo y no lo encontró, porque no lo tenía.

Un archivo puede cerrar una serie por obras.

Puede cerrarla por revisión del inventario.

Puede cerrarla por las dos cosas a la vez, que es lo más frecuente, porque cuando se mueven cajas se aprovecha para describirlas.

Seis meses es un plazo normal y hasta corto.

No hay recurso, no hay plazo legal que se incumpla, no hay nada.

Y era, además, probablemente verdad. Esa era la parte que le daba rabia: seguramente había obras.

Estèbe la llamó el 13, a las nueve menos cuarto de la mañana, al móvil.

—Señora Aranguren. ¿La molesto?

—No.

—Ha recibido usted una carta de esta casa.

—La he recibido.

Hubo tres o cuatro segundos.

—Yo esa carta no la he escrito ni la he visto antes de que saliera —dijo—. Se lo digo porque me parece que se lo debo, y porque le dije en marzo que aquí no había lista de espera.

—Ya.

—Lo de las obras es cierto. Empezaron el 20 de julio y van a durar lo que duren. Lo de la revisión del instrumento también es cierto, en el sentido de que hace doce años que hay que hacerla.

—Y aun así usted me está llamando.

—Y aun así la estoy llamando.

Inés se sentó en el borde de la mesa de la cocina.

—Padre Estèbe, ¿usted puede decirme si en esas cajas hay algo de 1937 con la firma de mi abuelo?

—No le puedo comunicar los fondos.

—No le estoy pidiendo que me los comunique.

Otro silencio, más corto.

—Yo esas carpetas las he tenido en la mano cien veces —dijo—.

En la correspondencia del canónigo Delpuech, en la carpeta de 1937, hay tres cartas de su abuelo.

Dos son de mayo y una de octubre. Y le voy a decir lo que me acuerdo, que es poco y no le va a servir: que en una de mayo pedía permiso para fotografiar algo, y que en la de octubre daba las gracias por una visita.

—¿Una visita a dónde?

—No me acuerdo. Y aunque me acordara, señora, un archivero diciendo por teléfono lo que le parece recordar de una carta no es nada. Usted lo sabe mejor que yo.

—Lo sé.

—Cuando se abra, la llamo yo el primer día.

—Gracias.

—Y una cosa más, y con esto la dejo. —Bajó un poco la voz, no por drama sino por incomodidad—. La semana pasada llamaron aquí preguntando por sus consultas. Al obispado, no a mí. Preguntaron con toda la corrección del mundo qué había venido usted a ver en marzo y qué había pedido ahora.

—¿Quién llamó?

—La administración de la Fundación Sarradour.

—¿Y qué les dijeron?

—Lo que se dice: que los fondos son consultables por quien lo solicite y que no informamos de las consultas de los investigadores.

—Una pausa—. Que es la respuesta correcta, y es la que se dio, y no tiene nada que ver con la carta que ha recibido usted.

Se lo digo para que no ate cabos que a lo mejor no van juntos.

—Claro.

—Cuídese, señora.

Y colgó, y no se volvió a hablar de aquello nunca.

El decano la llamó el 21, a media tarde, y fue todavía más suave.

—¿Tiene un momento? Nada urgente.

La llamó él en persona y no su secretaría, que ya era un aviso, y estuvieron dieciocho minutos, y en dieciocho minutos no se le pidió que dejara nada.

Se le pidió que, mientras aquello fuera investigación propia, no figurase la afiliación del consorcio en lo que publicara o solicitase.

Por orden interno, y con media frase de disculpa: si mañana esto va a un sitio y alguien pregunta bajo qué programa se hizo, yo tengo que poder contestar.

Colgó y se quedó con el teléfono en la mano.

No la habían echado de ningún sitio. Nadie le había prohibido nada. Nadie había cometido ni la más pequeña incorrección: un archivo hace obras, un obispado protege la privacidad de sus lectores, una facultad ordena sus afiliaciones y un profesor emérito lee en voz alta una reseña publicada.

Y el resultado, sumado, era este.

No podía consultar el diocesano hasta febrero.

No podía pedir el análisis hasta febrero.

No podía firmar un informe sobre la letra de su abuelo.

No podía poner el nombre de su institución en una solicitud.

Y le quedaban, para sostener siete meses de trabajo, un cuaderno de anillas y una caja de zapatos.

Lo de 1937 lo había intentado ya por el único sitio que no depende de nadie, que es lo impreso, y por ahí tampoco salía.

En 1937 y 1938 su abuelo publicó cuatro cosas: el artículo de las veintidós páginas, dos reseñas y una nota sobre una inscripción de un pueblo del Tarn.

En las cuatro se agradece a alguien y en ninguna se menciona el Ariège.

En las actas de la sociedad de estudios de aquel departamento, que están digitalizadas desde 2016, su nombre no aparece hasta 1951.

Eso no prueba nada. Un hombre puede ir a mirar una tabla a casa de un particular un domingo y no escribirlo en ninguna parte, y de hecho es lo que hace todo el mundo. Sirve para lo contrario: para que, si algún día alguien tiene que sostener que estuvo allí, no encuentre dónde apoyarse.

Y estaba la otra cosa, que era la más rara de todas: en cinco meses, la abogada no había hecho nada.

Ni una carta, ni una llamada, ni una advertencia. Desde el almuerzo de Foix en marzo, nada. Inés había esperado la primera comunicación en abril, y luego en junio, y luego después de la comisión de agosto, y no llegaba.

Aquella noche no llamó a nadie y se acostó a las once.

A las dos y cuarto se levantó, se hizo un té y estuvo hasta las cuatro con la lista de lo que le quedaba por mirar, y de la lista tachó seis porque no se podían mirar sin permiso de alguien.

De las tres que quedaban, dos eran inventarios en línea de archivos departamentales que ella no había abierto nunca.