62
Bajó siguiendo el agua, porque el agua baja y suena.
Salió de la cueva con la capa de Hugon, el palo, la yesca de Poitevin y nada más. Lo que quedaba de pan lo dejó arriba, en la losa, porque no se puede llevar todo y porque a él ya no le entraba.
Tardó cuatro días en hacer lo que se hace en uno.
Andaba con el palo por delante, tanteando, y no andaba por el camino porque no lo veía: andaba por el borde del arroyo, con el ruido a la derecha, y cuando el ruido se alejaba se paraba y volvía hacia él.
Se cayó cinco o seis veces. Una fue larga, por una pedrera, y se quedó abajo un rato hasta que se le pasó lo del hombro.
Comió hayucos y una manzana pasada que encontró debajo de un árbol, y bebió todo lo que quiso.
La primera noche encendió. La segunda no pudo, porque llovía. La tercera durmió en un tronco hueco.
Al cuarto día, a media mañana, oyó cencerros.
Se sentó en una piedra al lado del arroyo y esperó. Es lo único que se puede hacer: un ciego que va hacia unos cencerros los espanta, y un ciego sentado en una piedra es un hombre sentado en una piedra.
Vino un chico y dos perros.
El chico le habló y él no entendió nada, y le contestó en su lengua y el chico no entendió nada, y así estuvieron un rato. Después el chico le tocó la manga, le hizo levantarse, le puso la mano en el hombro y lo llevó.
Anduvieron dos horas largas. Al final había un llano, y en el llano una casa grande de piedra con dos cuerpos, un tejado bajo, un corral con muro y una capilla pegada por el lado del este.
Eso era de Roncesvalles.
Lo entendió aquella tarde y lo acabó de entender en dos semanas, sin que nadie se lo explicara, porque en una casa así se habla de lo que hay y lo que hay son cuentas.
La casa grande de allá arriba, la del puerto, la de los canónigos, tiene tierras y tiene iglesias en aquel valle, y de las iglesias del valle le llegan los diezmos y las primicias, y todo eso hay que recogerlo, guardarlo, contarlo y subirlo.
Para eso está aquella granja: un granero, un corral, dos yuntas, ochenta y tantas cabezas, cuatro criados, un capellán que dice la misa y lleva las cuentas, y un mozo que va y viene al puerto con las bestias.
No es un monasterio. No es un hospital. Es una casa de labor con capilla y con libro de cuentas.
Al capellán le pareció mal desde el primer día y no lo escondió.
Le preguntó cosas por señas y por dos palabras de latín, y Guiraut le contestó lo que se contesta: peregrino, enfermo, del otro lado.
El capellán le miró las manos —las tenía todavía con las uñas negras y los dedos partidos, de octubre—, le miró el palo, le miró la capa y le dijo algo a los criados.
Después señaló el pajar del corral, que es donde durmió.
Lo miraron todo. No lo registraron, pero lo miraron: un hombre que llega solo, en noviembre, por el monte y no por el camino, y que no lleva encima nada.
Ni bolsa, ni escarcela, ni cuchillo, ni conchas, ni un pañuelo. Un palo, una capa vieja y una yesca.
Eso fue lo que decidió al capellán a dejarlo quedarse dos días, y luego cuatro, y luego los que fueran: que no llevaba nada. Un hombre con nada no ha robado y no va a robar, porque el que roba lleva.
La chica lo entendió el segundo día.
Le llevó al pajar un cuenco de leche caliente con pan migado dentro, y él le dio las gracias y no lo tocó.
Volvió a mediodía con lo mismo. Él le dio las gracias y no lo tocó. Se llevó el cuenco y se lo dio a los perros, y no puso mala cara ni entonces ni después.
Por la tarde volvió con un cuenco de habas cocidas con aceite, y él se lo comió entero.
Y a partir de entonces, durante todo aquel invierno, a aquel hombre le llegaron habas, berza, nabos, castañas, pan, aceite, sal, cebolla y agua, y no le llegó nunca ni leche, ni queso, ni huevo, ni tocino, ni carne.
No le preguntó por qué. Nunca. Ni aquel día ni ninguno.
Guiraut estuvo mucho tiempo esperando la pregunta, y por las noches se preparaba la respuesta, y la respuesta fue cambiando: que estaba de penitencia, que le sentaba mal, que lo había prometido. No hizo falta ninguna.
Lo trataba como se trata a un enfermo. Ni más ni menos: mira lo que come, quita lo que no come, y sigue.
Lo de la lengua fue el quinto día, y fue por un carro.
Estaban descargando leña en el corral y a un criado se le fue una brazada encima del pie, y el hombre soltó dos palabras, y la chica, desde la puerta, dijo otras dos.
Y esas dos eran de la suya.
Guiraut levantó la cabeza. Estaba sentado en el poyo, con la manta encima, y llevaba cinco días oyendo hablar a aquella gente como se oye llover.
Dijo, en voz alta y despacio, la primera frase entera que le salió:
—¿Vos me entendéis?
Hubo un silencio de dos o tres pasos.
—Os entiendo —dijo ella.
Después, esa misma tarde, y a trozos, y a lo largo de aquel invierno, se enteró de lo demás.
Que era de Pamplona, del burgo de arriba, del de los francos.
Que en aquel burgo la gente vino hace ciento y pico años de la otra parte de los montes y siguió hablando lo que hablaba, y que en las casas de allí se hacen los contratos y se llevan las cuentas en esa lengua, y que las cuentas del concejo están escritas así.
Que su padre era escribano y que sabía escribir bien y cobraba por ello.
Que su padre se murió con deudas, y que una de las deudas era con la casa de allá arriba, y que la casa de allá arriba se cobró de la manera en que se cobran estas cosas cuando no hay dinero: la tomó a su servicio.
Que llevaba allí cuatro años.
Y que servía para lo que servía: escribir.
El capellán dictaba y ella escribía. Llevaba el registro de las entradas del granero y el de las cabezas, hacía las cartas al puerto, y dos veces al año copiaba en limpio el cuaderno del año para subirlo.
En aquella casa había una mujer de veintipocos años que sabía leer y escribir, y era la única de las nueve personas que vivían allí, contando al capellán, que escribía deprisa.
Escribía con la mano derecha, y en el lado de dentro del dedo corazón tenía el callo duro que le sale a quien sujeta la pluma seis horas al día.
Guiraut se lo notó en enero, cuando ella le puso el cuenco en las manos y le rozó los dedos sin querer, y aquella noche estuvo despierto pensando en un callo.
Al capellán no le gustaba que escribiera deprisa.
Guiraut se lo oyó dos veces aquel invierno, en latín y para sí, mientras repasaba el cuaderno con el dedo: que en aquella casa se anota lo que entra y lo que sale y no otra cosa, y que el pergamino cuesta lo que cuesta y no está para borradores.
Era un hombre de cincuenta años, seco, sin maldad ninguna, que llevaba nueve años cuadrando un libro que tenía que cuadrar con otro que estaba arriba, en el puerto, y que cuando no le cuadraba una entrada se pasaba la tarde con ella.
De todo aquello, lo que a Guiraut le costó fue lo otro.
Aquel invierno comió todos los días, durmió bajo techo ciento y pico noches, le curaron el hombro con paños calientes y le dieron una manta que no era suya.
Y él no podía pagar nada.
Se había pasado veinticuatro años sin tener nada y recibiéndolo todo, y eso no era deber: eso era el orden de las cosas, porque quien le daba de comer sabía a quién se lo daba y quería dárselo, y en el mismo acto de dárselo recibía. Así funciona y así funcionó siempre.
Aquí no. Aquí le daban de comer una gente que no sabía quién era, en nombre de una casa que si supiera quién era lo entregaba, y en una tierra donde no había nadie a quien él pudiera pedir en nombre de nada.
Eso es deber.
Intentó pagar con lo único que le quedaba, que eran las manos.
Pidió trabajo por señas y se lo dieron: desgranar, limpiar habas, cardar.
Cosas que se hacen sentado y sin ver. El primer día le pusieron delante un montón de habas y una criba, y a la media hora el criado que se las había puesto volvió a mirar, y volvió a mirar otra vez a la hora, y a la tercera ya no volvió.
Las hizo bien y las hizo todo el invierno.
No bastaba y él lo sabía. Y ella también.