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El códice llevaba cinco años sin salir de la caja.
Ya no había nada más ahí dentro. Eso era lo que le costaba explicarse a sí mismo las noches en que se lo explicaba: que un libro tiene un fondo, y que él le había llegado al fondo, y que un hombre no puede pasarse otros veinte años sacando agua de un pozo que ya está seco.
El tercer artículo lo escribió aquel invierno, a los sesenta y seis años, y le costó cuatro meses.
Era el mejor de los tres y lo sabía. Cuarenta y una páginas en la revista que había que publicar, con un aparato que se defendía solo, y la tesis dicha por fin entera y sin condicionales: que el librito de la Cena secreta tiene detrás una tradición que no es búlgara ni es del año mil; que esa tradición está emparentada con la familia egipcia publicada en los cincuenta; y que en Occidente quedan de ella dos o tres huellas tardías, dispersas, mal leídas, que nadie ha querido mirar juntas porque no encajan en el esquema que se enseña.
En la página treinta y cuatro, al llegar a las huellas, puso la del tejedor.
Y escribió, en el cuerpo del texto: el testimonio de la deposición languedociana confirma…
Lo leyó al día siguiente en la primera lectura de limpio, y se paró en la palabra, y estuvo un minuto con el lápiz encima de ella.
La escribió dos veces en el margen, para verla fuera de la frase, que era lo que hacía con las palabras que no le sonaban bien, y las dos veces la palabra siguió siendo la que era.
Confirma. Un testimonio confirma cuando viene de otro sitio: cuando dos personas que no se han hablado dicen lo mismo. Y aquello no venía de otro sitio.
Tachó confirma y escribió concuerda con , que es más prudente y es lo que habría escrito cualquiera.
Después se quedó mirando la corrección, y la corrección le pareció una cobardía de estilo, un remilgo de hombre que se cubre.
Porque el contenido de aquellas siete líneas era verdad.
Lo era. Aquello se leyó en Occitania, aquello venía de donde él decía que venía, y toda la disciplina llevaba treinta años equivocada por falta de un papel.
Volvió a poner confirma .
Lo de la memoria fue en febrero y no le dio ninguna importancia hasta abril.
Estaba escribiendo la nota 78 y citó el pasaje de cabeza, como se cita lo que uno ha dicho en clase doscientas veces, y escribió qui alterum zelat confitetur .
Y luego, al hacer la comprobación —porque él comprobaba siempre, incluso lo que se sabía—, abrió la separata del 54 y encontró que ahí ponía otra cosa en el orden de dos palabras.
Corrigió y siguió.
Y en abril, ordenando el aparato, le pasó lo otro.
Necesitaba saber si una fórmula concreta —cinco palabras sobre el que hizo el mundo y su celo— estaba en la deposición del tejedor o estaba solo en su códice. Se lo preguntó a sí mismo con el lápiz en la mano y no se lo supo contestar.
Estuvo diez o doce segundos.
No es que dudara entre dos respuestas: es que las dos cosas estaban dentro de la misma habitación de su cabeza y no tenían etiqueta.
Aquella frase la había leído él, con sus ojos, encima de una mesa, y la había escrito él, con su mano, en un blanco de dos dedos, y las dos memorias eran igual de suyas y tenían el mismo peso y el mismo tacto.
Y las dos venían con lo suyo alrededor, que es como vuelven los recuerdos: el olor de la sala, el frío del pasamanos de la escalera, el pañuelo doblado encima del muslo, el ruido del carro de las devoluciones. Las dos eran de la misma semana y de la misma mesa.
Se levantó, fue al armario, sacó la separata del 54 y lo miró.
Estaba en las dos. Naturalmente que estaba en las dos.
Se rio un poco, solo, y volvió a la mesa, y anotó en el margen de la cuartilla, para sí mismo: cuidado con citar de memoria . Y no pensó más en ello aquel día ni ninguno de los siguientes.
En mayo se paró todo.
La facultad estuvo cerrada, y luego ocupada, y luego cerrada otra vez. Se suspendieron las clases y se suspendieron los exámenes de junio, y en la sala de profesores hubo dos reuniones en las que se dijeron cosas que no se olvidan.
Henri fue a las dos y en las dos habló poco.
Lo que dijo, la segunda, lo dijo de pie y en tres frases: que a él le habían negado una plaza en el veintisiete por no tener padrino, que le parecía razonable que los chicos quisieran otra cosa, y que él tenía sesenta y seis años y no era quién para explicarle a nadie cómo se cambia una casa.
Después se fue a su casa y estuvo cinco semanas trabajando en la mesa del despacho, con la ventana al patio abierta, mientras a novecientos metros de allí había asambleas de cuatrocientas personas.
Su hija tenía dieciséis años y bajó al centro tres veces, y las tres veces él la llevó en coche hasta la esquina de la plaza y la esperó a las nueve en el mismo sitio, y Marcelle no dijo ni una palabra de nada de aquello, ni a favor ni en contra, y una tarde bajó con la cámara y volvió con cuatro carretes.
Los reveló ella misma aquella noche, cargando el tanque a oscuras con una toalla en la rendija de la puerta, y de madrugada, ya con la luz roja puesta, tiró los contactos; a la mañana siguiente había cuatro hojas secándose con pinzas de la ropa en un hilo encima de la bañera.
No enseñó ninguna. Las guardó en un sobre con la fecha, y el sobre en una caja.
En junio se retomó lo que se pudo y él corrigió pruebas en julio.
El artículo salió en octubre.
Lo reseñaron en tres sitios y en los tres bien, y en uno de los tres el reseñista decía que era la exposición más completa de la hipótesis y que a partir de ahora había que contar con ella aunque no se compartiera.
Así es como una cosa se instala.
No se instala porque se demuestre: se instala porque deja de ser cómodo escribir sobre ese asunto sin nombrarla.
Primero hay un artículo. Después hay una nota que lo cita.
Después hay un manual que resume la nota y le pone «según algunos autores».
Y a los quince años hay una generación entera que ha leído «según algunos autores» y que ya no va a ir a mirar el folio, porque el folio ya lo miró alguien.
En diciembre le llegó una carta de un joven de veintiséis años, de la universidad de allá arriba, que estaba empezando una tesis sobre el notariado languedociano.
Eran cuatro folios escritos a mano y muy bien escritos.
Le decía que el artículo le había cambiado la manera de mirar su propio material.
Le hacía tres preguntas, y las tres eran buenas, y la segunda era tan buena que Henri la estuvo pensando dos días.
Y en la última página, con la torpeza exacta de un hombre joven que admira a otro, le decía que si alguna vez pasaba por Toulouse le gustaría mucho conocerlo.
Henri le contestó ocho folios.
Le contestó las tres preguntas, le recomendó once títulos con su edición y su año, le dijo que la segunda pregunta se la había hecho él a los treinta años y que seguía sin tener respuesta, y lo invitó a comer cuando quisiera y a quedarse en su casa si le convenía, que sitio había.
Vino en marzo, se quedó dos noches y comieron los cuatro.
Era alto, comía deprisa, se reía con la niña, que ya tenía diecisiete años y estaba de exámenes, y a la segunda cena ya discutía con Henri de tú a tú sobre una cronología y tenía razón en la mitad.
Marcelle le hizo un retrato en el balcón, con la luz de las cinco, y le dio dos copias antes de que se fuera.
La última noche, con la mesa recogida y la casa en silencio, el chico le preguntó por la deposición del tejedor.
Henri le contó lo de siempre y se lo contó bien: el volumen mandado copiar en el siglo XVII, los dos escribanos, el original medieval que no está en ninguna parte, el blanco de dos dedos entre una deposición y la siguiente.
—¿Y usted lo ha visto? El folio.
—Tres días, en el cuarenta y nueve.
El chico se quedó un momento con el vaso en la mano.
—Qué suerte —dijo.
—Sí.
Se acostaron a la una y media. Al día siguiente lo acompañó a la estación, le llevó él la maleta hasta el andén, y le dijo que escribiera cuando quisiera y que no tardara.