60
Porque ahora ya se podía comparar.
Durante nueve años había tenido un códice y ningún término de comparación impreso, y de pronto tenía cuatro testigos publicados, con su aparato, con su transcripción y con sus fotografías. Se pasó ocho meses colacionando.
Trabajaba en el despacho de casa, de nueve a doce de la noche, con las planchas de El Cairo abiertas en un atril y su propio códice al lado sobre los dos fieltros.
Hoja por hoja, columna por columna, con una regla de metal para no perder el renglón.
Anotaba en cuartillas de tres colores: blancas para lo que coincidía, azules para lo que faltaba en uno de los dos, y rosas para lo que decía cosas distintas.
Al final del invierno tenía dos mil trescientas cuartillas blancas, cuatrocientas y pico azules y cinco rosas.
El resultado fue el que ya sabía y fue mejor de lo que sabía: lo suyo era pariente de aquello y no era ninguno de aquellos. Las cinco lecturas propias seguían siendo cinco. La rama estaba ahí y ahora se podía dibujar.
Y no se podía enseñar el dibujo, porque para dibujarla había que decir de dónde había salido la sexta rama.
Y aquel invierno, por primera vez desde el 49, tuvo miedo de verdad.
Porque en el 54 la conexión era imposible: no había libro contra el que cruzar nada.
Y a partir del 59, la conexión estaba al alcance de cualquiera que tuviera en la mesa las dos cosas.
Ya no hacía falta ser él. Hacía falta ser un hombre con la traducción de El Cairo en una mano y un boletín de una sociedad de estudios del Ariège en la otra, y él llevaba siete años esperando a ese hombre.
Lo comprobaba cuatro veces al año y llevaba haciéndolo desde el 55.
Los boletines bibliográficos llegaban a la facultad por trimestres, gordos, con las entradas ordenadas por materias y con un índice de autores al final.
Él iba primero al índice de autores y buscaba su propio apellido, que es lo que hace todo el mundo y no se dice.
Después iba a la sección de orientalismo cristiano y leía las entradas nuevas una por una, títulos y resúmenes de cuatro líneas, buscando dos palabras juntas que no habían aparecido nunca.
Eran cuarenta minutos cada tres meses. Veinticuatro veces en seis años.
En veinticuatro veces no encontró nada, y cada vez que no encontraba nada se levantaba de aquella mesa con las dos cosas dentro a la vez, la de respirar y la otra, y las dos se le pasaban antes de llegar al aula.
En siete años, a las siete líneas las habían citado tres veces.
La primera, en el 56, un colega de Montpellier, en una nota a pie de página de un trabajo sobre otra cosa, para decir que el pasaje era curioso y que remitía a Sarremejane 1954.
La segunda, en el 58, en un boletín bibliográfico belga, una línea de resumen.
Y la tercera, en el 60, en un estado de la cuestión sobre el dualismo occidental publicado en Utrecht, donde el autor —que no había visto el folio, ni tenía por qué— incluía la deposición del tejedor en una lista de testimonios menores y le ponía, entre paréntesis, la palabra inédito hasta 1954 .
Así se hace una cita en un campo pequeño. No hace falta que nadie la compruebe: hace falta que alguien la copie, y que el siguiente copie al que copió. En el 54 aquello era un hallazgo de un profesor de provincias. En el 60 era un dato, y los datos no se discuten: se citan.
El segundo artículo lo escribió en la primavera del 61 y lo publicó en una revista mejor que la del 54, con comité y con difusión.
Dio un paso y dio solo uno.
Sostuvo, con veinte páginas y con el aparato que hacía falta, que el librito de la Cena secreta no se explica bien como composición búlgara del año mil, y que hay que suponerle un antepasado.
Y añadió, en el cuerpo del texto y sin subrayarlo, que ahora que los textos coptos del Alto Egipto están publicados se observan, entre aquella familia y ciertos testimonios occidentales tardíos, afinidades de contenido que convendría estudiar.
Y en la nota 31 puso, sin comentario, su propio artículo del 54.
La nota 32 la escribió, la leyó cuatro veces y la quitó.
En la nota 32 decía que el pasaje del tejedor presenta, en cinco lugares, lecturas que no coinciden con ninguno de los testigos publicados, y que esas cinco divergencias son congruentes entre sí.
Era la mejor nota que había escrito en su vida y era verdad, y la quitó porque un hombre que señala cinco divergencias congruentes está diciendo, a quien sepa leer, que ha tenido delante un sexto testigo.
Las separatas llegaron en octubre, cincuenta, en un paquete atado con cordel.
En aquella casa se leían. Eso venía de antiguo: cuando llegaba una separata suya, se ponía encima del aparador y quien pasara la cogía. Marcelle las leía todas. Las leía como se lee una cosa de la que uno entiende la mitad, saltándose las notas, y luego preguntaba dos cosas y las dos eran buenas.
Aquel domingo la cogió después de comer.
Él estaba en el sillón con el periódico y la niña, que tenía nueve años, estaba en el suelo con unos cromos.
Marcelle se sentó a la mesa de la cocina con la separata y con las gafas de cerca, que se había puesto aquel año, y estuvo con ella tres cuartos de hora.
Él la vio desde el sillón sin mirarla, como se ve a la gente de tu casa.
La vio pasar páginas. La vio volver atrás dos veces, y la segunda se quedó un rato en la misma. La vio levantarse, ir al aparador, coger la separata del 54 —que llevaba siete años en el mismo cajón, con las otras—, volver a sentarse y ponerlas una al lado de la otra.
Y después la vio quitarse las gafas y quedarse quieta, con las dos manos planas encima de la mesa, mirando la ventana del patio.
Estuvo así lo que él tardó en leer dos columnas del periódico.
Luego se levantó, recogió lo de la mesa, puso el agua a hervir y se acercó al sillón con las dos separatas en la mano.
—¿Esto es lo de Pamplona?
—Esto es de lo que hablábamos entonces, sí.
—¿Y esto de aquí?
Le señaló con la uña, en el artículo del 54, el pasaje sangrado en cuerpo menor.
Y él se lo explicó, encantado, durante veintitantos minutos.
Le explicó qué es una deposición y por qué un tejedor de un pueblo del Lauragais acaba declarando delante de un notario; y que aquello lo copiaron en el siglo XVII por orden de un magistrado que necesitaba papeles para un pleito; y que del original medieval no queda nada, y que por eso aquella copia es todo lo que hay.
Le explicó lo del hacedor del mundo que dice que no hay otro y lo del celo, y lo contó bien, porque era una buena historia y él la contaba bien.
Marcelle escuchó de pie, con el paño en la mano.
—¿Y esto lo viste tú? El papel.
—En junio del 49, en París. Tres días.
—Ya.
Se quedaron los dos así un momento. En la cocina empezó a sonar el agua.
—¿Y vas a seguir con esto? —dijo ella.
—¿Con qué?
—Con esto.
Henri dobló el periódico por la mitad y lo dejó en el brazo del sillón.
—Es lo que llevo haciendo veinte años, Marcelle.
—Ya lo sé.
—Pues eso.
—Vale —dijo ella.
Y se fue a la cocina a apagar el agua, y aquella tarde plancharon, y a las siete se llevó a la niña a casa de una compañera de clase.
Él estuvo hasta la una de la mañana con la carta de un colega de Lieja que le pedía la referencia exacta de la nota 31.