59
La primera respuesta fue que no, y fue una respuesta correcta.
Ella pidió, por escrito y por el conducto que hay, consultar los registros de comunicación de la sala de manuscritos de los años cuarenta.
Le contestaron a los cinco días, con toda la educación del mundo, que aquello no son fondos: son archivos internos del establecimiento, que se rigen por su propio régimen, que una parte está en el servicio de archivos de la casa y otra no está en ninguna parte, y que en cualquier caso lo que se comunica a los lectores son las colecciones, no la administración.
Y luego la frase que lo cerraba todo: le rogamos precise el marco institucional de su solicitud .
El marco institucional de su solicitud era una mujer de cuarenta y dos años a la que su propio consorcio no le habría firmado un informe sobre aquel asunto ni aunque lo pidiera de rodillas.
Llamó a Cazenave el martes.
Se lo planteó por encima, como quien comenta un obstáculo, y le costó cuatro minutos llegar a la frase, y la frase le salió peor de lo que la había ensayado.
—Lo que le estoy pidiendo es que lo pida usted.
—Ya lo he entendido.
—No con una requisición. Eso deja pieza en el expediente, y si abre expediente y no hay nada, se acabó. Le estoy pidiendo que llame a alguien.
—Sí.
—Y es un favor. Lo sé.
—Deme dos días.
Tardó trece.
El 27 de julio le llegó un correo del servicio de archivos de la casa, con dos personas en copia, diciendo que en el marco de una verificación de procedencia instruida por la oficina central de lucha contra el tráfico de bienes culturales, se autorizaba el acceso de la doctora Aranguren, requerida como persona cualificada, a los fondos administrativos del periodo 1945-1955, tres jornadas, en la sala de trabajo interna, sin reproducción y con presencia de personal.
Cazenave se lo mencionó por teléfono como quien menciona un trámite.
—Ya está.
—¿A quién ha tenido que llamar?
—A un señor que en 2019 me hizo perder cuatro meses. Y le he dicho que se lo agradecía mucho.
—Comandante...
—Doctora, esto se paga solo. Cuando salga algo, sale en mi expediente. Y si no sale nada, no me ha costado nada. —Una pausa—. Y si le sirve de consuelo, el favor lo he pedido yo y por escrito, así que si esto acaba mal, acaba mal para mí.
La solicitud razonada la había escrito ella y él la había firmado casi entera.
Tenía dos páginas y un solo argumento, y el argumento era un precedente.
En 2005, en los Archivos Nacionales británicos, aparecieron veintinueve documentos falsos insertados dentro de expedientes auténticos de la Segunda Guerra: papel de época, tinta plausible, mecanografía correcta, y contenido explosivo.
Los cazó el laboratorio: el membrete estaba impreso con láser y las firmas iban trazadas a lápiz por debajo de la tinta.
Pero al hombre lo cazó la propia sala: las papeletas de petición, los registros de quién había pedido cada legajo y en qué fecha, y el cruce de esos registros con las signaturas afectadas.
La documentación de sala , escribió Inés, no se conserva por su interés, sino por inercia administrativa, y por eso mismo nadie la depura. Es el único testimonio de acceso que existe.
Le dieron el lunes, el martes y el miércoles, de nueve y media a cuatro y media.
La sala de trabajo interna es un cuarto con dos mesas, una ventana alta y un carro. Le sacaban las cajas de tres en tres. Había una técnica en la mesa de al lado que estaba con otra cosa y que le dijo el primer día que si necesitaba algo la avisara.
Lo que hay en esas cajas es basura.
No es una manera de hablar: es la categoría.
Papel de embalar doblado. Facturas de un encuadernador de la rue de Richelieu de 1947.
Talonarios de vales de comida del personal.
Impresos en blanco de tres modelos distintos.
Una grapadora rota envuelta en un periódico de 1953.
Circulares internas sobre el horario de verano.
Nueve cajas de residuo de oficina que nadie había abierto porque nadie había tenido nunca una razón para abrirlas y porque tirarlas exigía una firma que a nadie le apetecía poner.
Una caja así se hace en el suelo y con las dos manos.
Se baja del carro, se saca todo, se mira hoja por hoja lo que pueda llevar algo escrito y se vuelve a meter en el orden en que estaba, que es lo que se tarda de verdad.
A la tercera tenía las manos grises y el polvo en la boca.
La técnica de al lado le dejó encima de la mesa, sin decir nada, una mascarilla de papel.
El lunes hizo cinco cajas y no encontró nada.
El martes, en la séptima, debajo de un fajo de sobres sin usar y encima de un cartón de embalar, encontró tres talonarios encuadernados en cartoné negro.
Son carnets à souches .
Funcionan así, y funcionaron así durante décadas: el lector rellena la papeleta —el bulletin de communication — con la signatura, la fecha, el puesto y su nombre, y la firma; el impreso lleva debajo un papel carbón y una matriz unida por la línea de puntos; se arranca la papeleta y se va con ella al depósito, que es donde acaba y donde se pierde. La matriz se queda pegada al talonario.
Es decir: se conserva la copia de lo que pidió cada lector, encuadernada, por orden de fecha, en un cuaderno que nadie mira.
Los tres talonarios eran de 1949. Marzo-abril, mayo-junio, junio-julio.
Inés se puso guantes, que no hacían falta, y empezó por el segundo.
Las matrices son de un papel finísimo, azuladas, con la impresión del carbón corrida y floja, y donde el carbón dejó de marcar queda el surco de la plumilla, que hay que mirar de lado y con la luz rasante.
Cuatrocientas o quinientas por talonario.
Están las que se anularon, tachadas con dos rayas.
Están las de los mismos cuatro o cinco lectores que iban todos los días, que llenaron aquella sala de junio del 49 pidiendo cosas que a ella no le importaban nada.
Tardó cinco horas en llegar.
La signatura del volumen la tenía escrita a lápiz en la primera hoja de su cuaderno desde febrero, y la había leído tantas veces que ya no la leía: la reconocía por la forma, como se reconoce un número de teléfono.
La encontró tres veces.
13 de junio de 1949. Puesto 23. Cuatro volúmenes correlativos de la misma serie, y el suyo era el tercero de los cuatro.
17 de junio de 1949. Puesto 23. Uno solo, y era el suyo.
18 de junio de 1949. Puesto 23. Uno solo, y era el suyo.
La firma era la misma en las tres, y era pequeña, inclinada a la derecha, con la mayúscula separada del resto de la palabra y con la ge cerrada en dos tiempos.
Y en la casilla del nombre, en letra de imprenta y de su puño, ponía lo que ponía.
Inés estuvo mirando aquello un rato largo. Después miró el reloj, que marcaba las dos y veinte, y después escribió en su cuaderno la fecha, la hora y la referencia de la caja, del talonario y de la matriz, porque eso es lo que se hace.
Y después, porque en la autorización ponía sin reproducción , lo copió a mano.
Copió las tres matrices enteras, casilla por casilla, con las abreviaturas del impreso, la numeración del talonario y la posición de cada una dentro del cuaderno.
Dibujó también las casillas, a mano alzada, porque en un impreso la posición de un dato es un dato.
Y al llegar por tercera vez a la firma —pequeña, inclinada, la mayúscula suelta, la ge en dos tiempos— la copió despacio, siguiendo el trazo, que es como se copia una letra ajena y no como se firma la propia, y a media firma se paró con el lápiz levantado y no habría sabido decir por qué.
Tardó cuarenta minutos y le quedó una página y media de su letra en un cuaderno de anillas.
Que es, exactamente, lo mismo que tenía después del incendio de Albi: la transcripción de una investigadora, hecha a mano, que no vale nada como prueba.
La diferencia era que esta vez el original seguía existiendo, dentro de una caja, en un cuarto de aquella casa, con dos personas más sabiendo que estaba allí.
Luego siguió.
Hizo los otros dos talonarios enteros, y el miércoles pidió los de 1948, los de 1950 y los de 1951, que también estaban, y los hizo también, buscando la misma signatura en las setecientas y pico matrices que quedaban.
El volumen se pidió cuatro veces en cuatro años. Tres eran aquellas. La cuarta era de octubre de 1951 y la firmaba un señor de apellido alemán que resultó ser, cuando lo buscó aquella noche, un historiador del derecho muerto en 1968.
El miércoles a las cuatro y media devolvió las cajas y dio las gracias a la técnica.
En el tren de vuelta hizo la lista de lo que tenía, y era corta y era exacta.
Tenía que un hombre pidió aquel volumen tres veces en el mismo junio de 1949 y firmó por ello.
No tenía nada que dijera lo que hizo con el volumen encima de la mesa.