El Evangelio de las Cenizas 58
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Del portátil se ocupó deprisa y sin darle importancia.

Se lo habían llevado del despacho la semana que estuvo fuera, sin forzar la puerta y sin tocar nada más, y estaba cifrado y no tenía dentro nada que no estuviera en el servidor; en el impreso de la aseguradora, en el apartado observaciones , escribió: sustracción no violenta, sin daños en accesos .

Y se olvidó, porque tenía otra cosa.

La otra cosa la había empezado en mayo y la terminó en la sala de lectura de Richelieu, en tres semanas de julio, y era el trabajo más aburrido que había hecho en su vida.

Consistía en poner las siete líneas al lado de todos los testigos publicados del texto egipcio, uno a uno, palabra por palabra, en las ediciones críticas modernas, con su aparato. Cuatro testigos: tres de un lote y uno de otro, dos versiones largas y dos cortas.

Y las siete líneas no coinciden con ninguno.

Eso no era la noticia. Una traducción medieval al latín, hecha desde un romance, desde un griego perdido, desde un copto, no tiene por qué coincidir con nada: se espera que no coincida.

La noticia estaba en cómo no coincide.

Hay cinco lugares. En los cinco, la cláusula dice una cosa distinta de lo que dicen los cuatro testigos publicados.

Y en los cinco, la cosa que dice es coherente con las otras cuatro: no son cinco errores sueltos, son cinco lecturas que van juntas y que sostienen una misma manera de contar el pasaje.

Un número. El orden de dos frases. Una negación donde los otros ponen una afirmación.

Un segundo nombre que en los publicados va en tercer lugar y aquí va en segundo.

Y la glosa, que en los publicados cuelga de un nombre y aquí cuelga de otro.

Cinco divergencias congruentes no son un traductor distraído.

Son un texto distinto. Son una rama.

Y una rama no se recuerda: se copia.

Lo dijo en voz alta aquella tarde, una vez y sin adornos: una lectura variante solo puede venir de un manuscrito.

Lo comprobó dos veces más antes de creérselo, porque las cinco divergencias podían ser cuatro si una de ellas era un error de la edición de 2011, y se pasó un día entero con el volumen delante para ver si el editor había leído mal. No había leído mal. Eran cinco.

Se lo contó a Cazenave el jueves, en un café de la calle Richelieu, con las fotocopias encima de la mesa y la gente de al lado hablando de un divorcio.

Él la dejó terminar y después hizo lo que hacía, que era preguntar como si no supiera nada.

—Entonces existe un manuscrito que no consta.

—Existe, o existió. Y ahí caben dos cosas y no una, y las digo las dos porque si digo solo una ya estoy eligiendo.

La primera: que la cláusula sea auténtica, que en 1245 un tejedor oyera de verdad leer un libro de esa familia, y que ese libro estuviera en el Lauragais y se perdiera como se pierde todo.

Eso sería el hallazgo del siglo y no lo he descartado.

—¿Y la segunda?

—Que alguien tuviera delante un manuscrito de esa familia, en el siglo que sea, y escribiera esas siete líneas en un blanco de un volumen del XVII.

—¿Y cuál es?

—No lo sé. Y da igual, porque las dos exigen exactamente el mismo paso siguiente.

—¿Cuál?

—Encontrar el manuscrito, o encontrar a quien lo tuvo.

Cazenave removió el café y no dijo nada durante unos segundos, que en él es mucho.

—Yo esto no se lo he preguntado —dijo—. Que conste. Usted me lo ha contado en un café.

—Que conste.

—¿Y no hay una máquina? Perdone la pregunta de policía. Con las falsificaciones de ahora hay análisis. ¿No se puede saber si esa tinta es de 1660 o de 1900?

—De 1900 se sabría —dijo Inés—. Y no por la tinta: por la fecha.

Se lo explicó con la cucharilla encima del mantel.

El carbono catorce fecha el soporte y no la tinta, así que un análisis de aquel volumen diría, con toda solemnidad, que el papel es del siglo XVII.

Lo que sí hay, para lo moderno, es otra cosa. En los años cincuenta y sesenta se hicieron pruebas atómicas en la atmósfera y todo lo que se fabricó o creció a partir de entonces lleva la marca. Es el método que caza los falsos recientes, y los caza en dos semanas.

—Y aquí no sirve.

—Aquí no sirve, porque la marca empieza a mediados de los cincuenta. Y esto, sea de quien sea, es anterior.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque está impreso en 1954.

Y ahí estaba la única fecha firme que tenía, y era una sola.

Las siete líneas están transcritas, con su folio, en un artículo de 1954.

Eso quiere decir que en 1954 estaban en el volumen.

Ni un día después. Lo que no tenía —y lo dijo, porque no decirlo habría sido hacer trampa— era la otra mandíbula: nadie ha visto ese folio antes de 1954 y ha dejado constancia de lo que había.

Sin eso, la cláusula puede ser de 1660, de 1780 o de 1953, y no hay manera de estrechar.

—Bien —dijo Cazenave—. Entonces hagamos lo mío, que es lo único que sé hacer. Si es falsa, alguien la escribió. ¿Quién puede?

—Ese es el trabajo que he hecho este mes.

Lo había hecho por intersección, que es como se hace, y lo había hecho con bibliografías, que es lo menos glorioso que existe.

Primer eje: quién, entre 1900 y 1960, había trabajado de verdad los registros de inquisición occitanos, hasta el punto de saber cómo se comporta un cuaderno de la colección, cómo abrevia el segundo escribano y en qué folio se releva con el primero.

Segundo eje: quién, de esos, podía escribir una mano del XVII sin que se le notara. Eso no lo puede hacer cualquiera y hay que haberlo practicado.

Tercer eje: quién tenía acceso a ese volumen. En una casa donde se pide con papeleta y se firma.

—¿Y cuántos salen?

—Cinco.

—¿Cinco en sesenta años?

—Cinco. Es un campo pequeñísimo, comandante. Y de esos cinco, dos murieron antes de 1930 y me sobran, así que quedan tres, y uno es mi abuelo, y ya lo sabe usted y ya lo sé yo, y le pido que no me lo diga en voz alta esta tarde.

Cazenave asintió una vez.

—¿Y el otro eje?

—¿Qué otro eje?

—Usted ha dicho que para escribir eso hay que haber tenido delante un manuscrito egipcio. Ese eje. ¿Cuántos de los tres?

Inés se quedó con la taza en la mano.

—Ninguno —dijo—. De ninguno de los tres consta que leyera copto en su vida.

—Entonces su lista no vale.

—Mi lista prueba que tres personas pudieron escribirlo. Lo que no puedo probar de ninguna es que supiera qué escribir.

Se quedaron los dos mirando las fotocopias.

—Pues es ahí —dijo Cazenave—. Déjese de la letra y de la tinta, que eso no lo va a ganar nunca. Yo con esto llevo veintiséis años: cuando no puedes probar que alguien hizo una cosa, pruebas que estuvo donde había que estar. Búsqueme quién tuvo delante ese volumen, con nombre y con fecha.

Inés recogió las fotocopias y las metió en la carpeta, y se quedó con las manos encima de la carpeta.

—Es que eso sí se puede —dijo.