57
Estuvieron cuatro días arriba antes de la tormenta.
Durmieron dos noches en una choza de pastor sin techo, en un rellano, con la capa de Hugon estirada encima de los dos. El tercer día Duran no pudo cargar y anduvieron tres horas en toda la jornada.
La cueva se la había dicho un chico en el valle, a finales de septiembre, con las manos y con dos palabras: peña grande, enebro, agua a la izquierda.
La boca está detrás del enebro y hay que entrar de lado. Dentro hay ocho o nueve pasos de sala, con el techo bajando, y un hogar de piedra a la derecha con ceniza vieja, y en la hornacina de la izquierda había leña.
Encendieron. Duran se sentó pegado al fuego con la manta de la mujer de la pared y estuvo temblando una hora sin parar, y después dejó de temblar, que era peor.
La lluvia empezó de noche.
No fue lluvia de valle. Fue agua de la que cae de lado y no para, y a las dos horas el viento metía el agua por la boca de la cueva, y el fuego se apagó dos veces, y la sala de delante era un sitio con charcos y con corriente.
Al fondo la sala se estrecha y hay un agujero por el que se pasa a gatas.
Guiraut lo tanteó con las manos. Salía aire y el aire venía seco.
—Ahí dentro no hay viento —dijo.
—Ahí dentro no hay fuego.
—Ahí dentro no hay viento.
Pasaron a las tres de la madrugada, o por ahí.
Pasó Duran primero porque tenía que pasar primero. Son cuatro o cinco brazas de gateo con el techo a un palmo de la espalda, y en dos sitios la piedra baja y hay que girar la cabeza para meterla.
Y por el suelo del gateo corre el agua, y esa noche iba con dos dedos.
Guiraut pasó el segundo. Empujó el fardo por delante, por el suelo, a golpes de codo, y el agua le corría por dentro de las mangas.
Dentro se puede estar de pie.
Es una sala del tamaño de una cocina. El suelo es de arcilla y hay piedra suelta. La pared de la izquierda gotea y por ahí es por donde sale el agua hacia el gateo. La de la derecha está seca.
Se pusieron en la de la derecha.
Estuvieron dos días.
No había fuego. En aquella sala no se puede encender, porque no hay por dónde salga el humo, y el que lo intenta se ahoga en un cuarto de hora. A oscuras, y a la temperatura que tiene esa piedra todo el año, que es la de una bodega.
Guiraut hizo lo que se hace.
Le quitó a Duran la ropa mojada y la escurrió, y la extendió encima de una piedra.
Le puso encima la capa de Hugon, que estaba mojada por fuera y seca por dentro.
Salió dos veces al gateo, a por la manta y a por el odre y el pan, y la segunda vez tardó mucho porque a oscuras no encontraba la boca del agujero.
Le dio agua ocho o diez veces. Le dio pan y no lo cogió.
El tiempo se pasa hablando, porque en la oscuridad, si uno se calla, el otro cree que se ha ido.
Guiraut le habló casi todo el rato. Le contó lo del molino. Le dijo dos veces que la yesca se la había dado Poitevin en la chopera de Oloron, y no el diácono en Usson, porque Duran lo había dicho al revés, y las dos veces Duran dijo que sí.
Duran habló bastante el primer día. Habló del camino y de una pared, y preguntó dos veces si habían pasado ya el puerto grande, y las dos veces Guiraut le dijo que sí y a la segunda le dijo además que faltaba poco.
El segundo día habló poco y respiraba con un ruido.
A la noche del segundo día, o lo que Guiraut contó como la noche del segundo día, Duran dijo que tenía calor y quiso quitarse la capa, y Guiraut se la sujetó por el cuello y se la dejó puesta. Estuvieron así un rato, él con las dos manos en el cuello de la capa y el chico debajo.
Después Duran se quedó quieto. Guiraut le puso la mano abierta en el pecho y la tuvo puesta un rato largo, y luego se la puso en la boca, y luego otra vez en el pecho.
Le cerró los ojos con el pulgar. No se sabe si le hacía falta.
Lo arrastró tres pasos hacia el fondo, hasta la pared del final, tirando de él por debajo de los brazos, y lo dejó de espaldas, con la cabeza hacia dentro.
En aquel suelo no se cava. Es arcilla dura con piedra, y él no tenía con qué.
Así que anduvo a gatas por la sala buscando piedras con las manos. Las hay sueltas por todas partes, de las de un puño y de las de dos manos, y por la izquierda, junto a la pared que gotea, las hay más grandes.
Las fue trayendo de una en una y de dos en dos. Las traía a gatas, empujándolas o cargándolas contra el pecho, y las iba poniendo encima del chico, empezando por los pies, que es lo que se puede hacer sin verlo: se pone la mano en el borde de lo que ya está puesto y se pone la piedra al lado.
No las contó. Después, cuando ya estaba, calculó por el rato que había tardado y le salió que serían noventa o cien.
Le quedaron los dedos abiertos por las uñas y las rodillas en carne viva, y eso lo supo dos días más tarde, cuando se lo vio, que es una manera de decir, porque lo que hizo fue tocárselos.
Al acabar se sentó con la espalda en la pared de la derecha y estuvo así lo que estuvo.
Después se acordó del fardo.
Lo tenía a dos pasos, donde lo había dejado al entrar, en el suelo, junto al sitio por donde entra el agua.
Lo cogió y pesaba más.
Deshizo la vuelta de cuerda y abrió el cuero, y el cuero salió despegado en tiras.
Metió los dedos y no encontró cantos. Buscó el corte, que es por donde se abre un libro, y por donde tenía que estar el corte había una cosa blanda y fría, con la superficie lisa, que cedía cuando se apretaba y que no se separaba en hojas.
Metió la uña. Sacó un trozo.
En septiembre, en el valle de abajo, se le habían pegado dos hojas por la esquina de abajo y él no las había separado, para no romperlas, y desde septiembre sabía dónde estaban aquellas dos esquinas: en el cuadernillo cuarto, contando por el lomo, a un tercio del libro.
Fue con los dedos hasta el cuarto cuadernillo, contando por el lomo.
Ya no había cuadernillos.
Lo volvió a envolver en lo que quedaba del cuero, lo ató con la cuerda y lo puso encima de una losa plana que hay en un hueco de la pared, a la altura de la rodilla, en el lado seco.
Y salió a gatas por el agujero, y por el gateo ya no corría el agua, y en la sala de fuera había luz gris en la boca, y afuera había parado.