El Evangelio de las Cenizas 56
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Él dijo lo que había que decir: que entregar voluntariamente a la policía el papel en el que se apoya la propiedad de dos piezas reclamadas era, con perdón, regalarles el trabajo.

Maître Rieutord le contestó con mucha educación que aquel papel iban a acabar teniéndolo de todas formas, y que la diferencia entre conseguirlo por requisición y recibirlo por correo con una carta de la casa valía, el día de la vista, más que el papel.

El presidente científico dijo que estaba de acuerdo con maître Rieutord. Los otros tres dijeron que también.

Sentenac dijo que naturalmente, y tomó nota, y en la nota escribió la fecha y la palabra acordado .

Estuvo diez días con eso encima.

La cuenta que se hacía por las noches, con Claire dormida y el niño dormido, era muy simple y no había manera de que saliera de otra manera.

Si el certificado de 1946 se cae —si alguien demuestra que aquel señor no vio nunca esa tabla en 1937—, entonces el acta de octubre del 48 se queda sin respaldo.

Y si el acta del 48 se queda sin respaldo, lo que hay es una entrada de sesenta y una piezas con una procedencia inventada, protocolizada por un notario de Foix que se llamaba como él y que era su abuelo.

Y entonces no es un asunto de restitución. Es otra cosa, con otro nombre, y le alcanza al bufete, y al bufete lo lleva su hermana.

De la manera legal de apretar sabía bastante, porque llevaba seis años viéndola: cartas, plazos, un decano al teléfono, una comisión que aplaza un informe. Nada de eso es delito, casi todo funciona, y lo hacen otros, que es lo mejor que tiene.

Lo del 14 de julio no fue eso.

El edificio de la calle Bayard donde el consorcio tiene la planta segunda lo administra, desde hace veintidós años, el despacho de su familia. Contratos, derramas, seguros, la caldera. Él subía allí dos veces al año.

La llave se la dio la portera, que lleva desde 2011 y a la que conoce de nombre, y se la dio porque le dijo que venía a mirar una humedad en el techo de la segunda antes de pedir el presupuesto, y porque en veintidós años lo ha visto entrar a mirar cosas cuarenta veces.

—¿Le subo yo?

—No, no, tres minutos y me voy. Está usted con la fregona.

Eran las tres y cuarto de la tarde del catorce de julio y en aquella planta no había nadie. El catorce de julio no hay nadie en ninguna parte.

El despacho de ella era el tercero del pasillo, sin nombre en la puerta, con una etiqueta impresa que ponía el acrónimo del proyecto y un número.

Dentro: dos mesas, una de ellas vacía; una pared de estanterías con carpetas de archivo; un perchero; un calendario del año pasado. Dos pantallas apagadas. Un portátil cerrado encima de la mesa, con el cable puesto.

Y papel por todas partes, que fue lo que le animó.

Metió el portátil en la mochila con el cargador. Cogió, de la estantería, dos cajas de archivo de las que tenían el lomo escrito a mano, las que ponían un año y una palabra, y las bajó en dos viajes por la escalera de servicio hasta el aparcamiento.

Tardó catorce minutos en total. Al salir le dijo a la portera que la humedad venía del bajante y que lo hablaría con la comunidad.

En el coche, en el aparcamiento subterráneo de la plaza, con el motor apagado y treinta y cinco grados fuera, abrió las cajas.

En la primera había impresos de justificación de gastos de un proyecto europeo, de 2023 y 2024, ordenados por trimestres y grapados. Facturas de hotel. Billetes de tren. Un informe de auditoría de dieciocho páginas.

En la segunda había fotocopias. Cientos de fotocopias de folios manuscritos, en un latín apretadísimo, con anotaciones en los márgenes hechas a lápiz y en un castellano que él leía y no entendía, porque las palabras eran normales y las frases no querían decir nada: hand cambia f.

120 , cf. supra , ¿misma fórmula que 4v?

El portátil se encendió y pidió una contraseña, y a la tercera se bloqueó diez minutos, y él no volvió a intentarlo.

Estuvo cuarenta minutos allí abajo.

A los cuarenta minutos volvió a subir las cajas al despacho.

Eso no lo había planeado y lo hizo por lo mismo por lo que había bajado: porque en cuanto se sentó con aquello delante entendió que no le servía de nada y que dos cajas de justificación de gastos en el maletero de su coche eran, en cambio, un problema con su nombre.

Las dejó en su sitio, en el mismo hueco de la estantería, con el lomo hacia fuera.

El portátil no lo devolvió. El portátil ya estaba desconectado y movido y ella lo iba a echar en falta de todas formas, y devolver un portátil es entrar dos veces.

Y antes de irse, al recoger la caja que se le había torcido, vio en el suelo, medio metida debajo del mueble, una cartulina blanca del tamaño de la palma de la mano.

La cogió.

Estaba escrita a lápiz, con una letra pequeña y clarísima, por las dos caras.

Arriba, una cota y una fecha. Debajo, tres líneas en latín.

Debajo, dos líneas en castellano que empezaban por se sigue que y que él leyó tres veces sin sacar nada.

Y al pie, un signo de interrogación solo, con un círculo alrededor.

La dejó donde estaba, en el suelo, debajo del mueble, y luego se lo pensó y la puso encima de la mesa, y luego se lo pensó otra vez y la volvió a poner en el suelo.

Bajó, devolvió la llave y le preguntó a la portera por su hija, que estudiaba enfermería.

De vuelta, en la autopista, empezó a repasar y no paró en ochenta kilómetros.

Había tocado el picaporte de la calle, el de la puerta del pasillo, el del despacho, dos cajas, un cable, un portátil, una cartulina y el botón del ascensor del aparcamiento.

No llevaba guantes. No se le había ocurrido llevar guantes, y si se le hubiera ocurrido no habría subido con guantes en julio delante de una portera.

En el aparcamiento de la plaza hay cámara en la barrera y la barrera lee la matrícula.

La portera tiene una libreta en la que apunta a quién le da qué llave, porque se la hizo apuntar el propio despacho de su familia en 2014, después de un asunto con un fontanero.

Y él le había dicho una razón para subir —una humedad en el techo de la segunda— que era comprobable en cuatro minutos por cualquiera que subiera a mirar el techo de la segunda.

El portátil lo dejó aquella noche en el garaje de su casa, dentro de la mochila, dentro de una caja de herramientas vacía, debajo de la lona del quad de su cuñado.

Estuvo tres días pensando dónde tirarlo. Un contenedor de una gasolinera de la nacional. El punto limpio de Pamiers, que no pide identificación pero tiene cámara. El río.

No hizo ninguna de las tres cosas, porque todas exigían un viaje que había que explicar si algún día alguien preguntaba dónde había estado aquella tarde, y porque la caja de herramientas debajo de la lona no exigía nada.

Y el recuento de lo que sabía, después de haber entrado en el despacho de aquella mujer, era este.

Sabía que trabajaba en un proyecto con dinero europeo y que justificaba los gastos en plazo.

Sabía que tenía cuatro metros de fotocopias de documentos viejos.

Y sabía que escribía a mano, con lápiz, en unas cartulinas blancas que no estaban en aquella habitación.