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En el andén de Foix había un hombre con una carpeta y una camisa de manga corta, buscando a alguien con la cara del que no sabe a quién busca.
—¿Doctora Aranguren? Aurélien Sentenac, de la administración de la Fundación. ¿Le llevo eso?
—No hace falta.
—Que sí, mujer, que son cuatro escalones y aquí el ascensor lleva un mes.
Le cogió la bolsa de viaje —no la de mano, que ella no soltó— y bajó delante, y en el coche, un utilitario con una silla de niño detrás y migas de galleta en la tapicería, le fue contando la ciudad como se la cuenta uno a un forastero: aquello es el castillo, esa calle en verano no se puede, aquí hay un sitio donde se come bien y no le van a cobrar de más.
Treinta y ocho años, quizá cuarenta. Educadísimo. La clase de persona que en dos minutos te ha dicho tres cosas útiles y ninguna sobre sí mismo.
La sede está en una casa del siglo XIX en las afueras, con jardín delante y una placa de latón.
La recibió el secretario del patronato, un hombre mayor con americana a pesar del calor, que le dedicó veinte minutos y que fue amabilísimo. Le enseñó las dos salas de exposición. Le contó la casa.
Y le contó el origen, que se lo contó entero, porque es lo que se cuenta.
Que en los años cuarenta hubo aquí cinco personas de la comarca a las que les dolía que el patrimonio del Ariège se estuviera vendiendo por Europa a trozos.
Que uno de ellos, el que puso el dinero, tenía además otra razón: durante la ocupación se había visto lo que se había visto en estos valles, gente de fuera removiendo las cuevas del Sabartès, con camiones y con permisos, buscando quién sabe qué.
Que se llevaron cosas. Que nadie sabe qué se llevaron ni adónde fue.
Y que la Fundación nace en 1948 de ahí: de la decisión de reunir y proteger aquí lo que quedaba, antes de que se lo llevara alguien más.
Lo mismo, con las mismas palabras, estaba en el folleto que le dieron en la entrada, en la primera página, con una fotografía de una cueva.
Inés dijo que era una historia muy bonita.
No dijo lo otro, que le habría llevado cuarenta minutos y una bibliografía: que en el Sabartès no hubo tal excavación, que lo que hubo fue un aficionado alemán rondando por aquí a principios de los treinta, y que la leyenda de los camiones nazis en estas montañas es una invención de posguerra que lleva ochenta años creciendo sola.
No lo dijo porque estaba en casa ajena, porque el hombre tenía setenta y muchos años y porque había ido a ver unas cajas.
En la vitrina del pasillo, entre los recuerdos del patronato, había un documento enmarcado con una cartela.
Era una pieza de un expediente del tribunal de comercio de Foix, de octubre de 1932.
Una lista de acreedores. Un alemán que había tenido un hotel-restaurante en un pueblo de aguas del valle, que lo había llevado a la quiebra en dos temporadas y que debía dinero a un carnicero, a una lavandería y al proveedor de vinos.
El nombre del alemán era el que era.
La cartela decía: Testimonio de la presencia en el Ariège del escritor y explorador alemán que buscó en estas montañas el tesoro de los cátaros.
Es decir, que el único rastro documental que aquel hombre había dejado en aquella comarca era una deuda de hostelería, y que la casa lo exhibía en una vitrina sin entender lo que estaba exhibiendo.
Inés estuvo delante de la vitrina un minuto largo. Después subió a trabajar.
La sala era el antiguo comedor, con una mesa grande y una lámpara.
Le habían puesto tres cajas de cartón, un plato con dos lápices y una jarra de agua, y le habían sentado enfrente, a una mesa pequeña, a una chica en prácticas que estaba pasando etiquetas a una base de datos y que no la miró en cuatro horas.
El fondo estaba ordenado. Eso hay que decirlo: alguien lo ordenó en los años noventa, con criterio y con paciencia, y hay un inventario mecanografiado de sesenta páginas con su índice.
Y el fondo era, casi todo, gestión.
Actas de patronato. Contabilidad. Correspondencia con el departamento por las subvenciones.
Dosieres de obra: uno por pieza, con su ficha, sus fotografías en blanco y negro de los años sesenta, los partes de restauración, los préstamos a exposiciones con sus condiciones de embalaje y transporte, y las pólizas.
Las pólizas eran lo interesante y lo único que se llevó. Una colección privada se retrata en lo que asegura: lo que vale de verdad para la casa es lo que sube de valor declarado cada quince años, y ahí se ve qué piezas son el patrimonio y cuáles son el relleno.
Las dos tablas flamencas subieron de valor declarado en 1979 y otra vez en 2004.
Los dos dosieres de obra de esas dos tablas estaban, y dentro había lo que había: la ficha, cuatro fotografías, el parte de una limpieza de 1986, la póliza y una fotocopia de un certificado de 1946.
Fotocopia. Y no de las de ahora: una fotocopia de las de los años ochenta, con el gris sucio y los bordes negros.
Preguntó por el original.
Y se lo contestaron enseguida, sin ninguna incomodidad, porque era verdad y era administrativamente impecable: los originales de la documentación de procedencia de las piezas reclamadas están, desde el año pasado, en el despacho de los abogados de la Fundación, en Toulouse, porque hay un procedimiento civil abierto y esa documentación es prueba.
—Puede usted pedírsela a maître Rieutord —dijo el secretario—. Yo se lo digo de su parte, si quiere.
A la una y media bajó. Sentenac estaba fuera, apoyado en el coche, a la sombra del muro, con el teléfono en la mano.
—¿Qué tal ha ido?
—Bien.
—Le he apartado mesa en el sitio ese que le dije. Está a siete minutos andando y le he dicho que va de mi parte. Yo la espero aquí y la subo luego, que a las tres abren otra vez.
—No hace falta que me espere.
—Es que tengo que estar de todas formas.
La esperó. Comió ella sola en un sitio con manteles de papel, un menú de dieciséis euros y una televisión con el volumen bajo, y al volver el coche estaba en el mismo sitio y él estaba dentro, con la ventanilla bajada y la radio puesta.
Trabajó hasta las seis. A las seis bajó las tres cajas y no había nada más.
Al salir se le cayó del bolso un papel doblado en cuatro, en el escalón, y él se agachó antes que ella.
Lo cogió, se le abrió por el doblez al levantarlo, lo miró el tiempo que se mira una cosa que se ha recogido del suelo —dos segundos, quizá tres— y se lo devolvió con la cara hacia ella.
—Tenga. Se le ha caído esto.
Era la fotocopia que le había mandado el comandante Cazenave en junio: el segundo párrafo de un certificado, sin firma y sin el tercero, con la descripción de una tabla de roble de treinta por veintidós.
—Gracias.
—Nada. —Se limpió la mano en el pantalón—. ¿Vamos?
En el trayecto a la estación, él le preguntó lo que preguntan las personas amables.
—¿Y usted qué busca, exactamente?
—Un papel de 1946.
—Ah, de los antiguos.
—De los antiguos.
—Pues aquí eso es lo que hay —dijo—. Yo llevo seis años y me sé de memoria las facturas de la caldera y no me sé lo de antes. Todo eso es anterior a mi abuelo, casi.
Le sacó la bolsa del maletero, se la dejó en el andén y esperó a que llegara el tren, porque quedaban cuatro minutos y le pareció raro irse.
Estuvieron esos cuatro minutos hablando del calor y de que su hijo empezaba el colegio en septiembre y de que en esta zona en agosto no queda nadie.
Cuando el tren arrancó, Inés lo vio por la ventanilla, en el andén, saludando con la mano.