El Evangelio de las Cenizas 54
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El piso estaba en la tercera planta de una casa de la calle Pargaminières, con dos balcones a la calle y un patio detrás donde no daba el sol. Cuatro habitaciones. La de dentro, la que daba al patio, fue el despacho desde el primer día, y allí se subieron catorce cajas que ella no abrió.

En Toulouse Marcelle tenía veinticinco años y no conocía a nadie.

Su valle estaba a ciento veinte kilómetros y era otro mundo. En aquella ciudad, cuando decía de dónde era, la gente decía «ah, la montaña», y a partir de ahí ya sabía cómo iba a ir la conversación.

Lo de las fotografías empezó por trabajo suyo y no de él.

En el 53 y el 54 le acompañó nueve o diez veces a iglesias de pueblo, con la escalera de tijera en el techo del coche prestado, a fotografiar inscripciones.

Él sujetaba la escalera y ella subía, porque ella subía mejor.

Se compró un exposímetro con dinero suyo.

Se hizo un cuaderno con los datos de cada toma: hora, diafragma, tiempo, si había nube, si había que darle a la piedra con luz de lado.

En el 54 le pidió a un vecino de abajo, que era químico jubilado, que le enseñara a revelar, y montó el laboratorio en el cuarto de baño con dos cubetas y una tabla encima de la bañera.

En el 55 le pagaron por primera vez: la boda de la hermana de una vecina, doce mil francos y las copias.

En el 58 tenía cliente fijo en dos parroquias, una lista de bodas para todo el verano, y un ampliadora de segunda mano en el cuarto del patio.

La niña empezó la escuela en el 56.

Se llamaba como la madre de él y en casa la llamaban de las dos maneras, la francesa y la de allí, según quién. En la escuela la llamaban por el apellido. Aprendió a leer deprisa y a los seis años preguntaba cuarenta veces al día.

Y aquí es donde hay que contar cómo era aquella casa, y se cuenta con las manos.

Cuando alguien preguntaba algo que no tocaba, Marcelle hacía tres cosas, siempre en el mismo orden, y las hacía sin pensarlas.

La primera: seguir con lo que tuviera entre manos. No parar. Si estaba cortando, cortaba; si estaba doblando una sábana, la doblaba, y la doblaba a la misma velocidad. Un par de manos que se paran contestan antes que la boca.

La segunda: contestar a la pregunta con un dato exacto. No con un no, ni con un ya hablaremos, que eso llama la atención. Con una cifra o con un nombre. Con lo que se pagó, con quién estaba, con qué día era.

Y la tercera: preguntar ella. Cualquier cosa. Si el pan de la esquina sigue subiendo. Si el hijo aprobó.

Le funcionaba siempre. Le funcionó con las mujeres de los colegas en las cenas, que preguntaban cómo se habían conocido ellos dos —«en Saint-Girons, en el cuarenta y seis, él necesitaba pasar unos papeles y yo conocía a la gente que los pasaba», y a partir de ahí, la anécdota de las placas de vidrio, que era graciosa y era verdad—.

Le funcionó con su suegra, mientras vivió. Le funcionó con el cura.

Y le funcionó con la niña, que era lo que costaba.

Porque una niña de seis años no pregunta por educación: pregunta porque quiere saber, y si le contestas con un dato exacto se queda tres segundos y vuelve por otro sitio. Con la niña había que hacerlo dos y tres veces seguidas. Y a la tercera, la niña miraba, y se callaba, y se iba a jugar.

Eso, con los años, se aprende por los dos lados.

El despacho lo limpiaba él.

Ella barría el pasillo hasta el marco de la puerta y allí se paraba, y desde el 52 hasta el 58 no entró en aquella habitación más que dos veces: una para colgar una cortina y otra el día que se rompió una cañería. Las dos veces él estaba delante.

Eso no lo pactaron nunca ni lo dijeron nunca, y con los años se le puso en el cuerpo: pasaba la escoba, llegaba al marco, levantaba la escoba y se daba la vuelta, y lo hacía mientras pensaba en otra cosa, como quien esquiva un mueble que lleva veinte años en el mismo sitio.

De todo aquello Marcelle no habló nunca con nadie, y llevaba la cuenta.

La cuenta era esta, y se la sabía como se sabe uno una tabla.

En el cuarenta y tres, con dieciséis años, pasó a diecinueve. Fueron cuatro viajes: seis, cinco, tres y cinco. Dos aviadores, un belga, gente de París, dos hermanos de Perpiñán y un hombre que lloró todo el camino y que llegó.

Y hubo un vigésimo.

Fue en el tercer viaje, en el de tres, en enero, con nieve nueva.

Era un hombre de unos cincuenta años, gordo para aquello, con zapatos de ciudad, que se sentó a los mil doscientos metros y dijo que descansaba diez minutos.

Ella le dio diez y le dio veinte. Llevaba otros tres detrás y las horas de luz que llevaba, que eran seis.

Le dijo que se levantara. No se levantó.

Le dijo que si no se levantaba en aquel momento, ella seguía con los otros dos, y que él tenía que bajar por donde habían subido, y que si bajaba despacio y por la derecha, en dos horas estaba en la borda.

El hombre dijo que sí y que enseguida iba.

Ella subió con los otros tres y los pasó, y al hombre lo cogieron aquella noche o al día siguiente en el camino de abajo, y de él supo, en el cuarenta y cinco, que había muerto en un campo del este.

Diecinueve y uno.

Nunca se lo contó a nadie tampoco, ni siquiera cuando en el cincuenta y ocho vinieron a darle una medalla a un vecino y en la cena alguien preguntó quién había pasado gente por aquellos puertos.

Marcelle estaba sirviendo el vino. Siguió sirviendo el vino, dijo el nombre de un hombre de Seix que había pasado a mucha gente y que había muerto en el cincuenta y uno, y preguntó si al vecino le daban la medalla en la prefectura o en el ayuntamiento.