El Evangelio de las Cenizas 53
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Los tres últimos días de aquella estancia los pasó en casa de su madre, y no por gusto: por el poder.

Se mudó el miércoles por la tarde, con la maleta y la caja de zapatos, desde el piso de Bea hasta el segundo derecha de la calle Olite, y su madre le hizo la cama del cuarto de siempre, que llevaba once años siendo el cuarto de la plancha.

A Bea le dijo que se iba tres días a casa de su madre por lo del poder, y Bea dijo que muy bien y que le llevara los pimientos si sobraban, y las dos hicieron como que aquello era una cuestión de metros.

La notaría era el viernes a las once y media.

Su madre tenía setenta y cuatro años y una semana con más cosas que la de Inés.

Los lunes y los miércoles, gimnasia en el centro cívico.

Los martes, la residencia. Los jueves, peluquería y una amiga.

Los viernes, la compra grande. Y todos los días, a las siete y media, un paseo de una hora por el mismo circuito, sola, con la radio en un auricular.

En el piso todo estaba donde había estado siempre y todo funcionaba. Las persianas se subían a las nueve y se bajaban a las tres en verano. La ropa se planchaba los martes. En la nevera había once tuppers etiquetados con cinta de carrocero y la fecha escrita con rotulador.

El miércoles cenaron bien. El jueves fue el día largo.

Por la mañana Inés fue sola a la residencia. Su madre había ido el martes y tenía la peluquería, y lo dijo así, con esas dos razones seguidas, y las dos eran verdad.

Estuvo cuarenta minutos. Su abuela estaba en el pasillo sur, junto a la ventana, con la manta de cuadros en las rodillas y las manos encima de la manta.

En la puerta de la habitación seguía la fotocopia de la foto de la nieve, pegada con celo por las cuatro esquinas y ya un poco curvada por la humedad.

Le habló de cosas. Del tiempo, del viaje, de que había estado en Logroño. Le dijo que Bea había sacado adelante un ternero que venía atravesado. Le cogió la mano y se la tuvo un rato.

Su abuela no dijo nada en cuarenta minutos. Dos veces giró la cabeza hacia la ventana y una vez, cuando Inés se levantó, le apretó los dedos.

No le preguntó nada. No se le ocurrió que hubiera nada que preguntar, o sí se le ocurrió, y lo dejó estar, que es distinto y es lo que fue.

Por la tarde discutieron.

Empezó por una tontería, como empiezan. Su madre estaba pasando a limpio una lista de la ropa marcada, y dijo, sin levantar la cabeza, que si Inés pensaba quedarse en Toulouse otro curso más se lo dijera con tiempo, porque entonces lo del poder había que hacerlo más amplio.

—Lo del poder es lo que hemos hablado.

—Lo del poder es lo que necesitemos.

—Mamá, no empieces con lo de Toulouse.

—Yo no he empezado nada. Yo he dicho una fecha.

Y luego, quince minutos después, ya sin lista y de pie las dos en la cocina, Inés dijo lo que llevaba dentro desde marzo.

—Necesito preguntarte una cosa del abuelo.

—Pregunta.

—¿Él viajaba a España antes de la guerra?

—Yo nací en el cincuenta y dos.

—Ya sé que naciste en el cincuenta y dos. Te pregunto si en casa se hablaba de eso. Si contaba que había estado aquí antes, en los años treinta, o en el Ariège, o en casas de gente con cuadros.

—En casa no se hablaba.

—De nada.

—De su trabajo no. Él llegaba, cenaba, contaba tres cosas divertidas y se metía en el despacho. Y tu abuela ponía la mesa. Eso era mi casa.

—¿Y tú no preguntaste nunca?

Su madre cerró el grifo, que llevaba abierto sin agua desde hacía un minuto, y se secó las manos en el paño, despacio, dedo por dedo.

—¿Sabes lo que estás haciendo, Inés? Me estás preguntando a mí para no preguntárselo a ella.

—Ella no habla.

—Ella no habla desde hace dos años. Antes habló noventa y seis. Y en esos noventa y seis años tú viniste a esta casa cuatro veces al año y te sentabas con ella en el sofá y le contabas lo de tus becas.

—No es lo mismo.

—Es exactamente lo mismo, pero da menos miedo.

Inés se apoyó en el marco de la puerta. Fuera hacía todavía sol y eran las ocho.

—Vale. Entonces te lo digo tal cual, mamá, y perdona.

En una fundación del Ariège hay dos tablas flamencas que salieron de un piso de Burdeos en el cuarenta y tres, y su procedencia se sostiene en un papel de 1946 firmado por tu padre en el que declara una cosa que muy probablemente sea falsa. Lo he tenido en la mano.

Su madre no se movió del fregadero.

—¿Y qué quieres que te diga?

—Quiero que me digas si te suena. Cualquier cosa. Una frase, un nombre, un notario de Foix.

—No me suena.

—¿Ni una vez, en veinte años, oíste hablar en esa casa de un notario?

—Inés, en esa casa no se hablaba —dijo, y fue la única vez de los tres días en que levantó la voz—.

¿Cómo te lo tengo que explicar? No era que hubiera un tema prohibido y los demás sí.

Es que no se hablaba de nada que no fuera de aquel día.

Mi madre preguntaba si había ido bien el tren.

Mi padre contaba lo del gato del vecino.

Y así cuarenta años. Y yo me fui a los diecinueve y me casé con un hombre que me contaba lo que había hecho por la mañana y me pareció el paraíso.

—Ya.

—Y ahora vienes tú y me dices que un papel de 1946. Bueno. ¿Y qué hago yo con eso?

—Nada. No tienes que hacer nada.

—Claro que tengo que hacer algo. Tengo que decidir si me lo creo. Y si me lo creo, tengo que decidir la otra cosa, que es la que tú no me estás preguntando y es la única que importa.

—¿Cuál?

Su madre colgó el paño en el asa del horno y lo estiró para que quedara recto.

—Si yo no pregunté nunca fue por prudencia. O por otra cosa.

Y salió de la cocina, y encendió la televisión del salón, y estuvo con ella puesta hasta las once y media sin mirarla.

El viernes desayunaron a las nueve, las dos, en la cocina.

Su madre le preguntó si quería el café con leche caliente o templada. Le contó que la vecina del cuarto se había caído en la bañera y que ahora tenía una barra. Le dijo que en la residencia habían cambiado al fisioterapeuta y que el nuevo era mejor.

Estuvo veinte minutos hablando y no dijo una sola palabra de la noche anterior, y lo hizo tan bien que a Inés le habría costado explicarle a un tercero que hubiera pasado algo.

A las diez y media su madre se puso los zapatos de calle y cogió la carpeta con las escrituras de la casa, la cartilla de la residencia y el carné, todo dentro de una funda de plástico con una goma.

El viernes a las once y media estaban las dos en la notaría, sentadas delante de una mesa, con los documentos de identidad encima.

El oficial leyó en voz alta la comparecencia, como se lee: nombre, apellidos, estado, domicilio, número del documento. Y leyó, del carné, Danièle Sarremejane Vernhes , con la e con acento grave, tal como se inscribió en el registro civil de Pamplona el 12 de febrero de 1952.

—Daniela —dijo su madre.

—Perdón. En el documento consta...

—Ya sé lo que consta. Se lo digo por si me llama.

Firmaron las dos. Su madre firmó Daniela con una a grande y redonda, y debajo, el apellido, y el oficial cotejó la firma con la del carné y no dijo nada, porque las firmas no tienen que parecerse al nombre impreso, solo tienen que parecerse a sí mismas.

En la calle se despidieron bien. Su madre le dio dos tuppers, uno de pimientos y otro de pollo, y le dijo que se los pusiera en la maleta de arriba para que no se aplastaran, y le dio un beso.

—Llámame el martes.

—Te llamo el martes.

Inés cogió el tren de las 15.40. Los tuppers llegaron enteros a Toulouse.